La exjefa de ETA Soledad Iparraguirre, 'Anboto' (c), sale este martes de la cárcel de Martutene de San Sebastián
Tribunales
La Fiscalía renuncia a recurrir la semilibertad de la que ya disfruta la terrorista Anboto
La que fuera jefa militar de ETA y a la que se le imputan más de una docena de asesinatos ha obtenido el permiso para poder salir de prisión, durante el día, pese a que todavía continúa en segundo grado penitenciario
María Soledad Iparraguirre, alias Anboto, jefa militar de ETA durante más de una década, durante la que se le imputan más de una docena de asesinatos que llevaban asociados más de 600 años de cárcel, ha podido salir de prisión, este lunes, para disfrutar de un régimen de semilibertad, duramente criticado por amplios sectores de la judicatura española. La maniobra –que no es la primera vez que se produce en el caso de un preso terrorista y le permite abandonar la cárcel de lunes a viernes, con regreso únicamente para dormir– no será recurrida por la Fiscalía que es, en este tipo de casos, junto con la propia beneficiada, la única que puede cuestionar la medida de excarcelación parcial anticipada.
Y es que, si bien desde el Gobierno central han insistido en que no se trata de una libertad total ni un tercer grado formal, sino de una posibilidad prevista en el artículo 100.2 del Reglamento Penitenciario, son muchos los jueces y fiscales que afean la interpretación «forzada» de la norma que ha hecho el Ejecutivo vasco del PNV (en su potestad transferida de gestionar las prisiones) para permitirlo.
No en vano, se trata de una figura, de carácter excepcional, que permite a reclusos en segundo grado (el más habitual en condenas largas) salir durante el día para realizar actividades laborales, formativas o de voluntariado, siempre que presenten un plan individualizado y regresen a dormir a prisión.
La fórmula, que sus defensores consideran un paso intermedio hacia la reinserción, cuando el cumplimiento de la condena está muy avanzado, no resulta nada ortodoxa para los supuestos de etarras condenados. Una decisión que se enmarca en una tendencia creciente en los últimos meses que se otorgaba, hace unas semanas, a Garikoitz Aspiazu, alias Txeroki. En el caso de Anboto, el Ejecutivo vasco defiende que se trata de una aplicación puramente técnica y legal de la normativa penitenciaria vigente, orientada a la resocialización, pese al informe no vinculante de la Fiscalía de la Audiencia Nacional (que avaló la medida en el caso de Txeroki, a cambio de que éste pidiese perdón a las víticmas) y que la última palabra recae en el Juzgado Central de Vigilancia Penitenciaria.
Sin embargo, la noticia ha desatado una indignación generalizada entre las víctimas y sus asociaciones. El Colectivo de Víctimas del Terrorismo (Covite), presidido por Consuelo Ordóñez (hermana del asesinado Gregorio Ordóñez), calificó la medida de «escandalosa, inaceptable e injustificable», destacando la gravedad del historial de Anboto y su rol como una de las dirigentes más sanguinarias.
Por su parte, la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT) la describió como un mazazo y un «tercer grado encubierto», ya que evade controles más estrictos. En último término, Dignidad y Justicia, a través de Daniel Portero, hijo del asesinado fiscal Portero, habló «asco» y denunció que la administración penitenciaria vasca decide sin depender directamente de jueces o fiscales.
Lo cierto es que la Administración Penitenciaria tiene la potestad de asumir una serie de decisiones que solo pueden ser fiscalizadas por el juez de vigilancia penitenciaria en virtud de un recursos instado por la Fiscalía o por el propio afectado. Lo que, a efectos prácticos garantiza el blindaje de las posiciones más favorables políticamente hablando.
No en vano, en el actual contexto político, el Gobierno Vasco (PNV-PSE) ha iniciado una flexibilización sistemática del cumplimiento de las penas por los etarras, facilitada en virtud de los acuerdos suscritos con el PSOE. Y, si bien, no se trata de una excarcelación total (Anboto sigue condenada y debe volver a prisión por las noches y fines de semana), para muchas víctimas representa una humillación y una falta de justicia reparadora, en especial, porque no existe prueba pública del arrepentimiento explícito de los terroristas, ni pago efectivo de responsabilidades civiles, en la práctica.
Así las cosas, el escándalo de Anboto ilustra la tensión persistente en España entre la reinserción penitenciaria, la legalidad vigente y el dolor de las víctimas del terrorismo que, difícilmente, pueden ser conciliados cuando se «estiran las costuras del ordenamiento» para favorecer a los condenados. Mientras el sistema penitenciario avanza en su aplicación progresiva, las asociaciones exigen un mayor rigor en la aplicación de la ley y memoria hacia quienes sufrieron los atentados de ETA.