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Elisa Beni, en la redacción de El Debate

Elisa Beni, en la redacción de El DebateVictoria Weil

Entrevista | Escritora y periodista

Elisa Beni: «El presidente del Gobierno tiene a su entorno procesado o en juicio o a la espera de juicio y resulta que no tiene ninguna responsabilidad en nada»

«A los demócratas leales» más que una dedicatoria, es una declaración de principios de la periodista y escritora Elisa Beni en su concienzudo análisis de porqué y cuándo se jodió España en Cómo matan a mordiscos nuestra democracia (Esfera de los Libros).

Con nombres y casos concretos, no hay buenos en esta historia, se dan las claves de los principales fallos cuando se intenta acaparar el poder de forma pornográfica sin ningún control ni escrúpulo. «Desde la llegada de la mayoría absoluta de Aznar», que se «precipitó bajo el Gobierno de Zapatero, tocó fondo con Rajoy y empeoró a pasos agigantados bajo la égida de Pedro Sánchez» se cuentan todo tipo de maniobras, ahora a la vista de todos, de la degeneración de nuestra democracia.

La vehemencia y coherencia de Beni no tienen límites, ni siquiera cuando un ministro tuitero le ha señalado para buscar su linchamiento. Ella le hinca el diente a la crisis de nuestro sistema para desmenuzarla con la esperanza de que todavía se pueda bordear el precipicio.

–«Cómo matan a mordiscos nuestra democracia» es un relato minucioso donde ni el PP ni el PSOE salen indemnes de tratar de poner a los árbitros del sistema judicial de su parte con el consiguiente deterioro del sistema democrático. ¿El objetivo es neutralizar el tercer poder del Estado?

–No solamente el Poder Judicial, que es el más importante, sino todos los controles. El poder siempre va a ser expansivo y va a querer controlarlo todo, y aún más el Poder Ejecutivo. Las democracias están construidas pensando en controlar esos excesos, y tienen engranajes de control. ¿Qué suele intentar hacer el poder? Griparlos, acabar con ellos. Hay una línea continua que va más allá de las críticas y que pretende decirnos que el Poder Judicial no está legitimado, que no ha sido elegido democráticamente y no tiene derecho a controlar a los que gobiernan. Se lo hemos oído decir a miembros de nuestro Gobierno actual y a Trump, cuando los jueces le pararon los pies. En el fondo, es la constatación de una campaña para eliminar el prestigio o la fe de los ciudadanos en el tercer poder. Y es peligrosísimo, porque socava uno de los pilares más importantes del sistema democrático.

–Afirma que el enfrentamiento y el intento de deslegitimación del Gobierno presidido por Pedro Sánchez contra el prestigio del Poder Judicial es inaudito. ¿Se le ha ido de las manos o es una táctica consciente para anularlo?

–Es una táctica consciente. Al principio pensaba que hacían afirmaciones que deberían haberse callado. Una cosa es criticar o incluso comentar una sentencia con la frase que se utilizaba antes: «La acato, aunque no la comparto». Tampoco es que no haya habido otros episodios anteriores de este tipo de invasión. En la obra cito el caso de Marino Barbero, juez encargado de instruir el primer caso de corrupción de un partido que fue la financiación irregular del PSOE, el caso Filesa. Ese magistrado del Supremo acabó colgando la toga y yéndose de tal tenor fueron las presiones a las que fue sometido.

Ahora da la sensación de que la cuestión es más grave y sostenida. Algunas de las intervenciones, cuando Podemos gobernaba con el PSOE, sobre la falta de legitimación democrática de los jueces que no emanaban de las urnas, preconizaba un sistema parecido al que se ha puesto en marcha en México, que es elegir los jueces por los ciudadanos, un sistema con muchos problemas, que algunos partidos quieren implementar y es el PSOE de Sánchez el que se está dejando llevar a esa postura.

–¿Cree que ese abismo abierto por el presidente no tiene vuelta atrás?

–Espero que la tenga y que seamos capaces de retrotraer el sistema a los cauces de los que nunca debió salir. También es una interpelación directa a la oposición. Es lícito criticar las líneas rojas que está pisando el actual Gobierno, pero eso vale si quien llegue después al poder es capaz de resistirse a la tentación de utilizar esos engranajes a su favor y dar un paso atrás y limpiar el sistema. Casi siempre, todo lo que ha estropeado un Gobierno, el siguiente lo ha mantenido. Hay algunos pequeños casos de retoques, como Dolores Delgado, que siendo ministra de Justicia arregló una decisión que había tomado el Gobierno de Mariano Rajoy para que los plazos de instrucción fueran más cortos y ver si así caducaba sus casos de corrupción. Pero realmente no suele suceder. Es el caso de la famosa ley mordaza de Rajoy, que nunca se ha derogado como prometió el Gobierno actual. Cuando se abren vías de control, el siguiente partido suele decir: «Ahora me toca a mí». Y eso nos puede llevar al precipicio.

Yo también estoy aquí metiéndome con Peinado y defendiendo a la mujer de mi jefe

–Las presiones del poder político al jurídico están a la orden del día. Hemos escuchado al ministro de Justicia, Félix Bolaños, y a otros tres en el Consejo de Ministros atacar al juez Juan Carlos Peinado por el procesamiento de Begoña Gómez. ¿Es una anormalidad democrática?

–Es absolutamente insólito. Nunca en los años de democracia se había llegado a esa escenificación en la rueda de prensa del Consejo de Ministros. No solamente son ministros del Gobierno recriminando a un juez concreto y señalándolo, sino que se hace visualmente a la salida del Consejo. De facto, el tema ha sido tan grave que no solamente las tres principales asociaciones de jueces, excluyendo a Jueces para la Democracia, han salido a explicar que no es tolerable en una democracia, sino también la propia Junta de Jueces de Instrucción de Madrid. Se pone en la picota a un juez como ejemplo de lo que le sucederá a los que tengan que ver este asunto de la mujer del presidente del Gobierno. Es realmente iliberal y antidemocrático. Imagínese ver cómo le arrastran por el fango, le buscan en su vida privada, que el ministro llamé a la presidenta del Consejo para que le expediente o el presidente del Gobierno le ponga una querella. Algo inaudito. Clarísimamente es una llamada a aquel magistrado que tenga que formar el jurado que juzgue a Begoña Gómez, de lo que le puede pasar. Eso es intentar intimidar al Poder Judicial y es inadmisible. Confío en una judicatura que ha sido capaz de resistir hasta los embates del terrorismo.

Además, en esa rueda de prensa había codazos entre los ministros, como en aquellos cinco días en Ferraz, para decir: «Yo también estoy aquí metiéndome con Peinado y defendiendo a la mujer de mi jefe». Es una cosa bastante patética y bochornosa. Lo único que hay que agradecer es que los dos ministros jueces hasta el momento han permanecido callados al respecto.

–¿Está la Justicia defendiéndose del ministro de Justicia?

–Es también muy fuerte que a estas alturas el Consejo General del Poder Judicial no se haya plantado, porque su misión es defender la independencia judicial. Si realmente hay un momento en el que hay que defenderla es este. ¿Qué sucede? Al haberse llegado a un CGPJ votado por cuotas, que en su día el Constitucional dijo que no podía hacerse, hay un sector que se niega a reprocharle a este Gobierno nada.

–¿La ley no es igual para todos si eres el hermano o la mujer del presidente?

–Eso dicen ellos, pero realmente el juez Peinado es un señor que lleva instruyendo causas décadas. Este señor juez ha ejercido su jurisdicción en múltiples asuntos, por tanto, la mujer del presidente del Gobierno no es nadie especial y tiene el mismo juez que han tenido tantos ciudadanos.

A la infanta, sí. A Begoña Gómez, no

–¿Se aplaude a Manos Limpias cuando sentó a la infanta en el banquillo y se le llama ultraderechista cuando sienta a la mujer del presidente?

–Es curiosa la reacción con respecto a la acusación popular. Explico en el libro que ya Alberto Ruiz-Gallardón intentó en la época de Rajoy mutilar la acusación popular para darle el monopolio al Ministerio Fiscal, al que también le quería dar la instrucción. Gallardón en su día diseña un panorama igual al que ha diseñado Bolaños: controlo la acusación popular, la dejo casi ineficiente, y a la par le doy la instrucción al fiscal. Significa que solamente va a poder acusar un organismo que está demasiado dependiente del Ejecutivo. Eso es tremendamente peligroso.

En el fondo es esa sensación de cuando los gobiernos tienen problemas de corrupción, intentan cortar el paso a esas acusaciones, que permite a la ciudadanía acusar cuando la Fiscalía no lo hace. Es el ejemplo del caso Nóos, a la izquierda le pareció estupendo que Manos Limpias sentara en el banquillo a la infanta, mientras que ahora Manos Limpias es un organismo de la ultraderecha que no tiene derecho a acusar a Begoña Gómez. A la infanta, sí. A Begoña Gómez, no.

–Escribe que considerabas a Ruiz-Gallardón el peor ministro de Justicia de la historia, ¿hasta que ha llegado Bolaños?

–Ruiz Gallardón fue un ministro nefasto para la Justicia española y finalmente no salió sus planes porque fueran escandalosos, sino porque intentó hacer una reforma de la ley del aborto, que Rajoy entendió que no era el momento. Luego ha habido ministros insustanciales, que no han hecho nada, y el siguiente es el ministro Bolaños con una serie de leyes que no han salido porque Junts per Catalunya no las ha votado, porque así se hubiera producido un cambio tan sustancial en la Justicia española que la hubiera dejado irreconocible. Un cambio no a mejor en términos democráticos, sino a peor. Nos hemos salvado de momento de churro, pero esos anteproyectos están presentados y había un corpus legislativo bastante peligroso.

–¿Esas leyes hubieran convertido a Pedro Sánchez en el Orbán del Sur?

–No le llamo Orbán del Sur, pero sí hay un capítulo que se titula «Cómo hacer goulash con la democracia», y explicó cómo Orbán, que llegó con una mayoría absoluta al poder diciendo que iba a defender la democracia, empezó a socavarla desde dentro. Primero tocó el Poder Judicial, después los medios de comunicación y el sistema electoral. Por tanto, debemos estar alerta siempre, porque cualquier mandatario que tome esa senda nos lleva a menos democracia.

Ahora la gente no dimite ni cuando la juzgan

–«Dimitir es un nombre ruso», escribe. ¿La responsabilidad política se ha terminado diluyendo en estos tiempos?

–Ahora la gente no dimite ni cuando la juzgan. Es el caso del fiscal general del Estado. Ese mecanismo democrático no funciona. El presidente del Gobierno es un señor que tiene ahora mismo a la espera de juicio a su mujer y a su hermano, sentado en el banquillo a su mano derecha en el partido, y en instrucción a su otra mano derecha. En otros tiempos, reconocer que no sabe elegir a sus colaboradores le hubiera llevado a dimitir. Es como si todo fuera ajeno. ¿Qué pasa cuando se gripa el sistema y además la gente se acostumbra? Es como la rana que se le va subiendo la temperatura del agua. En cualquier otro sitio hubiera sido un escándalo. En este país ha dimitido un ministro de Justicia porque estaba cazando sin tener licencia en Andalucía con el juez Baltasar Garzón, que estaba instruyendo un caso contra el PP. O ha dimitido Carlos Dívar, presidente del CGPJ, porque se había ido los fines de semana y había pasado el hotel de Marbella. Ahora el presidente del Gobierno tiene a su entorno procesado o en juicio o a la espera de juicio, y resulta que no tiene ninguna responsabilidad en nada. Esto es grave porque nos presenta a un gobernante que carece de responsabilidad sobre sus actos. Ni es responsable de sus elecciones ni es responsable de nada de lo que sucede.

–Leí en un periódico: «La única manera de asumir la responsabilidad política por el escándalo del caso Ábalos sería la dimisión del presidente, pero no dimite para no perjudicar el proyecto de coalición progresista». ¿Algunos medios se han olvidado de fiscalizar al poder?

–Es otro pilar que está en el libro: el control de la prensa, el cuarto poder, que antes podía descubrir escándalos de corrupción, de nepotismo, y esos líderes políticos caían, pero ahora tampoco funciona. Nos lleva a aquella frase famosa de Trump: «Yo podría salir a disparar a la Quinta Avenida y me votarían igual». Ese es un grave peligro para la democracia. Cuando el líder puede hacer lo que sea y piensa que puede seguir siendo votado por los ciudadanos. También hay un déficit democrático de la propia ciudadanía que no es consciente de la labor de control que tiene en las urnas. Ir a las urnas no es ir a un partido de fútbol, sino revalidar al que lo hace bien y expulsar del poder al que lo hace mal.

Se está haciendo dejación del control. Particularmente los periodistas que no son capaces de posicionarse frente al poder, me parece que están fallando en algo. Hay veces que te dicen: ¿Por qué no críticas a la oposición? La oposición no tiene poder. La tarea del periodista es controlar al que tiene el poder. Les ha pasado a periodistas conservadores con la corrupción del Partido Popular y le debería pasar a los progresistas con lo que está sucediendo ahora.

–¿Ahora los medios que fiscalizan al poder se han convertido en tabloides, en pseudo medios, y publican bulos o fake news?

–Creo que aquí entra la popularización de las redes sociales. Es muy fácil implementar mecanismos de desinformación, de llevar el punto de mira hacía lo periférico. Y es una tentación muy grande para los gobernantes utilizar estos nuevos medios para manipular. No tengo dudas de que siempre han intentado sustraerse de alguna manera al control de la prensa. Ahí tenemos el plasma de Rajoy. Por cierto, los periodistas empezamos a fallar cuando aceptamos que no se admitieran preguntas.

Un rato se lincha a jueces y otro a periodistas

–Con el plasma de Rajoy hubo crítica en todos los medios, pero no ocurre igual con las comparecencias sin preguntas...

–Vuelvo a las redes sociales, que han hecho muy fácil señalar y linchar. Un rato se lincha a jueces y otro a periodistas. En este país hay ministros del Gobierno señalando a periodistas que después son linchados en las redes. Yo tuve que pedir el amparo de la Asociación de la Prensa por el señalamiento que me hizo Óscar Puente. Hay gente que tiene más agallas o estamos más pirados, y si me señalan, voy a tener hordas de gente hostigando, insultándome, pero voy a hacer lo que creo que toca. A lo mejor a otros no le apetece tanto y es más fácil retrotraerse a las trincheras y no cruzar por delante de la línea de fuego. El periodismo me gusta precisamente por ser ese terreno en el que atraviesas de trinchera a trinchera, a pecho descubierto.

–¿Le ha afectado el señalamiento de Óscar Puente?

–Me ha indignado, porque es muy infantil en el fondo y un poco patético. ¿Por qué me señala Óscar Puente? Porque soy una persona que les votó y no estoy dispuesta a aplaudirles con las orejas. Ellos no quieren que alguien que procede de su entorno les critique, y digan que esto no es el PSOE de toda la vida. Entonces, ¿qué hacen? Le vamos a denigrar, a convertirla en alguien que no tiene moral y se ha vendido. No es una crítica honesta y real. Sigo haciendo lo mismo. Unas veces me insulta y lincha la ultraderecha y otras la izquierda.

Digo con la misma honestidad que es absolutamente inaceptable que se utilicen los medios del Estado, en este caso la Policía, para intentar proteger a un partido político, que es el caso que se juzga ahora en Kitchen. Y entonces me aplaudían. Pero cuando empecé a decir que Mónica Oltra desprotegió a una menor que estaba bajo su tutela, porque ella era la consejera, con la sospecha de que fuera para proteger a su marido, que era el abusador, entonces no controlo nada de temas jurídicos.

–Otro caso que analiza es el del fiscal general del Estado condenado por revelar información reservada para dañar políticamente a Isabel Díaz Ayuso.

–Le dedico un apartado porque me parece realmente grave. Es un tema muy doloroso porque tenía muy buena relación con Álvaro García Ortiz. Se lo dije a él directamente cuando empezó este asunto. La Fiscalía no puede hacer eso. He sido jefa de prensa de la Fiscalía de Madrid, porque fui directora de comunicación del TSJM y sé cómo funciona. Esa teoría de que había que salir a desmentir un bulo, porque el honor de la Fiscalía estaba en juego. ¡No puedo creérmelo! Le puse a él un ejemplo en su despacho: si publica un periodista una información inexacta sobre el caso de la financiación irregular del Partido Socialista, que está bajo secreto, e inmediatamente la Fiscalía hace una nota contando la verdad. ¿A qué no? Te podrá decir: La Fiscalía se abrió a negociar después de que se lo había pedido el abogado. Punto. El derecho de defensa se vulnera con esa frase entrecomillada que al día siguiente se utiliza desde Moncloa para decir que es un delincuente confeso, lo cual técnicamente también es mentira.

Poner las instituciones al servicio de la propaganda del partido me parece un deterioro gravísimo. Y fue muy doloroso ver al fiscal general del Estado, revestido con esa dignidad, sentado en una sala de justicia. Nunca se debería haber producido por respeto a lo que representa. Había quien decía que él quería dimitir. No lo sé. No lo hablé con él. Pero en todo caso quién quería que estuviera sentado y que no dimitiera era el presidente del Gobierno. Es uno de los episodios que muestran la degeneración democrática de este país.

–Su caso se va a llevar al Tribunal Constitucional, ¿se ha convertido en una sala de recursos del Tribunal Supremo?

–Hace mucho tiempo que lo convirtieron en una especie de tribunal que parece estar por encima, cuando la cúspide del Poder Judicial en España es el Tribunal Supremo. Cuento en el libro, que un viejo magistrado me dijo que en este país cuando quieren hacer que una cosa parezca seria y tenga enjundia le llaman tribunal, aunque no forme parte del Poder Judicial. Han intentado convertirlo en un órgano que puede controlar las sentencias del Tribunal Supremo. Y eso tiene un peligro. El Tribunal Constitucional español está diseñado como un órgano de interpretación política de la Constitución y sus miembros son nombrados directamente por el Gobierno, el Consejo, el Congreso y el Senado. Con ese percentil de nombramientos no puedes anular decisiones de una justicia independiente.

–En su libro hace un repaso de los métodos de manipulación del sistema judicial, uno es forzar las competencias para traer los asuntos a Madrid, ¿quisieron así instrumentalizar la no agresión a Sánchez en Paiporta?

–Sí. Es lo mismo que ocurrió con el tema de la agresión a los guardias civiles en Alsasua. La Audiencia Provincial de Navarra y el instructor se habían declarado competentes, porque era una agresión, y se trajo a la Audiencia Nacional y les metieron en la cárcel por terrorismo, cuando aquello era una bronca en un bar. E igual se quería traer lo de Paiporta, porque en la Audiencia hubiera mareado un poquito más la perdiz de esa agresión a Sánchez que no existió.

«¡Qué digan quién es M. Rajoy!». Claro que se sabe, ¡por Dios!

–Al principio del juicio de Kitchen se descartó imputar a Dolores de Cospedal por las escuchas de Villarejo, cuando hay audios de este comisario de todo tipo, ¿no se mide con la misma vara?

–Comparar porque unas cintas sí valen y otras no, en cada caso se validan en función de los peritajes, si son o no pertinentes, y se ha ponderado durante la instrucción. Es una cosa que me pone muy nerviosa cuando la veo. ¿Por qué esto sí y esto no? Y añaden: «Estos son los jueces españoles». ¡Vamos a ver!

–O el M. Rajoy…

–Está explicado muchas veces y lo hago también en el libro. Los jueces no son idiotas y sabían que M. Rajoy era Mariano Rajoy. La sentencia de Gürtel dice que no queda claro que fuera un apunte inicial y no hecho a posteriori por Bárcenas para vengarse. Eso es lo que no está demostrado, que el apunte fuera original, pero como aquí no se lee nada, y además queda para siempre: «¡Qué digan quién es M. Rajoy!». Claro que se sabe, ¡por Dios!

–¿Qué solución hay cuando «matan la democracia» mientras la sociedad está inerme y los socios de coalición miran para otro lado?

–La solución tendría que venir de un programa de Gobierno para el futuro que estuviera reflejado retrotraer todas esas derivas legislativas y volver a poner las líneas rojas donde estuvieron. Es duro renunciar a la tentación de controlar el Consejo, el Constitucional, etc. La única solución es volver a establecer una cultura democrática en la ciudadanía. Y esto se complica porque en el resto del mundo también está pasando lo mismo. ¡Fíjate como está Estados Unidos que es la democracia por antonomasia! La democracia no es perfecta, pero es una forma de Gobierno bastante refinada, que cuando se la empieza a tratar a mazazos, sufre mucho, y es complicado volverla a poner en pie.

–Por sus opiniones, ¿le tildan de facha?

–Por encima de todo soy demócrata, por eso le he dedicado el libro a los demócratas leales. Cuando nací había una dictadura y viví la muerte del dictador con casi 12 años. Me enteré antes de lo que se podía decir en la calle, de lo que pasaba, de los esfuerzos que se hicieron en esa Transición que ahora se denigra, y hasta donde fuimos capaces de llegar cuando la sangre corría por las calles de este país. Yo he bajado a clase mientras limpiaban los bomberos con las mangueras la sangre de un asesinato y no solamente de ETA, que mató a muchísima gente, sino que en aquella época había atentados de la Triple A, de los guerrilleros de Cristo Rey, del GRAPO, y de un montón de grupúsculos. Demonios, conseguimos por encima de la violencia, y eso sí era violencia política, con el riesgo de una involución militar, hacer ese viaje juntos. Me gustaría morir en una democracia sana y potente y dejar a las generaciones que vengan lo que hemos disfrutado todo este tiempo y no una cosa degradada. Para mí eso está por encima de cualquier otra cosa. Y que al menos los partidos institucionales estuvieran dispuestos a mantener el andamiaje institucional como estuvieron durante tanto tiempo hasta que llegaron unos a decirnos lo del bipartidismo. ¡Qué grandes engaños salieron de las plazas del 15 M! Algo que parecía tan fresco, y qué de frescos salieron de allí. Y no han dicho la verdad, porque lo que pretendían no era más democracia, sino alterarla y hacer otro tipo de régimen con subterfugios.

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