Fundado en 1910

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, visita el Puesto de Mando Avanzado de la zona afectada por los incendios forestales de la sierra oesteEduardo Parra / Europa Press

De lunes a lunes

Menos poner la mano por los corruptos, y más contra el fuego

El «cambio climático», que comienza a percibirse más como «verdad distorsionada» que como «verdad incómoda», es una herramienta que permite al gobernante aparentar preocupación sin tener que arremangarse

Cuando la piel de toro arde por todos lados, con la Comunidad de Madrid como kilómetro cero de una España abrasada en la que los pirómanos de los montes y de la política se dan la mano, hay que discernir entre lo que los gobernantes hacen y lo que dicen al refutarse por lo general. Por eso, cuando «Noverdad» Sánchez alardeaba hace dos meses del «mayor despliegue antiincendios» con una parafernalia sin parangón para ahora certificarse que muchos hidroaviones están obsoletos y eran insuficientes ya el verano de 2025, por lo que ha habido que urgirlos a los socios europeos, todo se ha revelado un enorme decorado de cartón piedra. Como las «aldeas Potemkin» con las que el amante y valido de Catalina la Grande velaba a la zarina la realidad de la Crimea conquistada cuando la nave imperial surcaba el Dniéper.

No todo se puede prever, desde luego, pero lo que no cabe consentir es vivir en la mentira con la verborrea de un cambio climático que no apaga incendios por mucho que se invoque, sino que lo nutre y propaga al ser una excusa para no hacer nada desde la confortabilidad de una buena conciencia que genera un efecto placebo entre los biempensantes hasta que la lengua de fuego hace que los sueños devengan en pesadilla. Es lo que Benito Arruñada, catedrático de la Universidad Pompeu y Fabra, cataloga con tino de «Arder por devoción».

De ahí que ayer hiciera muy bien Felipe VI cuando, sobre el terreno, además de felicitar con justeza la colaboración entre administraciones aboliendo aquel reprobable «quien quiera ayuda que lo pida» de Sánchez con la DANA de Valencia, reclamara un ejercicio de reflexión sobre aquello en que se está fallando y que es mucho sin que sea fácilmente reversible debido a los tabúes y al sectarismo imperantes. No en vano el «cambio climático» se ha transfigurado en el «becerro de oro» de esta nueva religión laica de masas crédulas que sacralizan la naturaleza hasta que, habiendo alejado a la gente del agro, combustiona como una tea con la que alumbran a esa deidad a la que dan culto con el fanatismo de las tribus precolombinas ofrendando sacrificios humanos a sus ídolos.

Don Felipe conversa con vecinos desalojados por los incendiosGTRES

Como avizoró Jean-François Revel, lo incomprensible sobreviene cuando muchas inteligencias, incluso las más elevadas, se resisten a la evidencia o se acomodan a lo políticamente correcto como el mismo autor de «El conocimiento inútil» ejemplifica en el director de un influyente rotativo sueco al que telefoneó para interesarse sobre si pensaba corregir una noticia falsa favorable al sandinismo -ese régimen nicaragüense al que su sátrapa Raúl Ortega refrenda que no convocará elecciones para que no venza la oposición- y su respuesta fue de aúpa: «¡Estás loco! No tengo ganas de que me tachen de reaccionario».

Nada que ver con aquello de que, en cualquier controversia, la razón siempre está de parte de quien tiene buenos argumentos, como aprendió de niño David Friedman, hijo del Premio Nobel de Economía Milton Friedman. Nunca entendió que, al rebatir alguna aseveración de su profesor con una sencilla prueba, éste se encogiera de hombros remitiéndose a que era lo que figuraba en el libro de texto. A su juicio, es lo que había ocurrido con los agoreros de la explosión demográfica que, lejos de desatar un colapso planetario, expandió el bienestar y aminoró el hambre pese a crecer la población en la posterior cincuentena, y lo que estaba a punto de suceder con el «cambio climático» al tomar su lugar en la agenda pública.

Sin duda, lo favorece que el «cambio climático», que comienza a percibirse más como «verdad distorsionada» que como «verdad incómoda», es una herramienta que permite al gobernante aparentar preocupación sin tener que arremangarse bajo el subterfugio de lo que Friedman padre denominó «la tiranía del statu quo» por la que no se acuerda providencia significativa alguna sobre cuestiones clave. Registrándose cambios climáticos desde al menos el Diluvio Universal, como corroboran las sucesivas glaciaciones e igniciones de volcanes que han operado modificaciones planetarias drásticas, nunca había sido el lucrativo negocio político de hoy soportado por innúmeros estudios sin rigor cuya financiación se incrementa en proporción a lo alarmante de sus conclusiones. Ya lo alertó hace un cuarto de siglo Juan José Dañobeitia, director de la misión científica española en la Antártida, cuyas palabras de entonces a «Expansión» le hubiera arrojado hoy al ostracismo como a Ramón y Cajal cuando reprobó los trapicheos con los que se topó en su guarnición militar española en Cuba.

Fotograma de un vídeo que muestra cómo se incendian los alrededores del Pantano de San Juan

Al entrar la política por la puerta, el cambio climático ha saltado por la ventana de la ciencia, al tener más que ver con la primera que con la segunda, luego de transitarse de «la nueva Edad de Hielo» por la caída de temperaturas acaecida entre 1940 y 1975 al «calentamiento global» del que hizo caja el expresidenciable norteamericano Al Gore aprovechando el huracán Katrina para publicitar su mendaz documental «Una Verdad Inconveniente» en cuya gira mundial a bordo de su avión particular -una refinería volante- recaló en 2007 en Sevilla, cuyo consistorio socialista destinó 120.000 euros -más que todo el presupuesto para arbolado- a subvencionar su aparición estelar.

Sin embargo, como advirtió Maquiavelo, cuando el ímpetu de la naturaleza arrasa con todo, el hombre queda obligado a adoptar precauciones que amengüen ulteriores arremetidas. Para tal fin, hay que estar a las cosas para que las llamas no se cobren vidas, derruyan haciendas y arruinen el patrimonio común porque siempre es posible atenuar los perjuicios bien pertrechados. No es el bagaje de un Estado que es un cascarón vacío cuya yema vale para que el inquilino de La Moncloa abone su renta a sus socios tras comprar la investidura al prófugo Puigdemont al que prometió poner a recaudo de la Justicia para luego dispensarle la amnistía que tenía por ilegal e injusta.

Impávido como un ave disecada, Sáncheztein apela a un pacto de Estado por el «cambio climático» cuando los únicos acuerdos que suscribe son con los enemigos declarados de ese Estado para pervivir en La Moncloa, así como contra la «desinformación» cuando hace de ésta un arma bien para destruir al rival. Debiendo predicar menos y dar más trigo, difícilmente puede obrarlo quien encizaña la convivencia y circunscribe su prioridad a granjearse su impunidad para sus corrupciones familiares y de partido. Entre tanto, su can Óscar Puente espumajea su rabia contra las comunidades del PP apropiándose de la Unidad Militar de Emergencias como si fuera milicia de partido.

El ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente,EFE

Como en agosto de 2025 cuando bromeó con que, «en Castilla y León», «está calentita la cosa» y este principio de julio con los treces muertos de la localidad almeriense de Los Gallardos por las flamas originadas por un poste eléctrico fuera de servicio, ahora tilda de «mamarracha» a la presidenta madrileña Ayuso, mientras el delegado del Gobierno, Francisco Martín, ironizaba con la «carta de tres párrafos» con la que la Comunidad solicitó la emergencia de interés nacional como si anduviera más pendiente de la póliza que la dantesca peripecia de los desventurados vecinos.

Pero, claro, Puente no debe los galones a su gestión después de los 47 muertos en la catástrofe ferroviaria de Adamuz, sino a sus dotes energúmenas exhibidas cuando su «Puto amo», después de negarse a felicitar al triunfador de los comicios de julio de 2023, le soltó la rienda para que le diera réplica a Feijóo en una investidura fallida que se transfiguró en cuadrilátero donde, a base de gresca, atrapara la cartera de Transportes. En ese brete, qué pacto nacional contra el cambio climático puede colegirse con un Gobierno sometido voluntariamente a una coalición de minorías, cuyo único interés -como se comprueba con la sistémica corrupción- estriba en drenar la alternancia y beneficiarse de un agónico Ejecutivo cuya sonda aprieta con sus manos.

En definitiva, Sánchez pone el foco en el cambio climático mientras descuida soluciones que palie lo que barre bajo la alfombra verde. De ahí que el negacionismo más tóxico y nocivo no sea el del «cambio climático», sino dejar las fuerzas de la naturaleza a su inercia impidiendo la labor de quienes son tan precisos para el conservacionismo del medio ambiente y el tejido socioeconómico de la España que vacía con sus nefandas políticas democidas. En ese terreno, quien antepone poner la mano por ZP, el de las joyas llovidas del cielo, que contra el fuego que asola España está resultando un gobernante pirómano que arribó a La Moncloa no para sofocar fuegos, sino para encenderlos y expandirlos cual Nerón contemporáneo.