El vicepresidente Carlos Cuerpo y el ministro Félix Bolaños en el Senado
Cómo el PSOE pasó de maltratar al Senado a obsesionarse con él
En esta legislatura, los socialistas han hecho el vacío a la Cámara Alta -empezando por Sánchez- y retorcido la ley para recortar sus poderes como castigo a la mayoría absoluta del PP. Ahora les interesa
Las elecciones del 29 de noviembre han despertado un repentino interés del PSOE por el Senado después de que, en esta legislatura, los socialistas hayan hecho todo lo posible para degradar la Cámara Alta a camarín. Incluido recortar sus poderes retorciendo la ley, porque eso fue lo que hicieron para despojarlo de su capacidad para vetar los objetivos de estabilidad del Gobierno: utilizaron una enmienda intrusa metida con calzador en la Ley de paridad, que nada tenía que ver pero que pasaba por allí.
En la Moncloa y en Ferraz asisten expectantes al desenlace de las negociaciones entre el PP y Vox para llegar un acuerdo que, a su vez, neutralice el que alcanzaron el PSOE y Frente Amplio la semana pasada, por el que concurrirán al Senado en coalición electoral.
La obsesión de la izquierda no es tanto ganar en la Cámara Alta como evitar que el PP y Vox puedan alcanzar una mayoría de tres quintos. Ello les daría la llave para cambiar la actual mayoría de izquierdas en el Tribunal Constitucional (7-4) por una conservadora de forma inmediata. Y, en el medio plazo, también la posibilidad de repartirse los diez vocales del Consejo General del Poder Judicial que elige el Senado, sin necesidad de acordar nada con el PSOE.
Se da la circunstancia de que, desde noviembre de 2023, Pedro Sánchez y los socialistas han sometido al Senado a un vacío sin precedentes, como castigo por la mayoría absoluta que han tenido los populares la última legislatura. El propio presidente dejó de acudir a las sesiones de control semanales en la Cámara Alta el 12 de marzo de 2024, y solo volvió a rastras cuando el PP lo citó a la comisión de investigación del caso PSOE, en octubre de 2025. «Esto es un circo», se quejó reiteradamente durante su transcurso.
Al PSOE no le gustaba que el Senado creara comisiones de investigación, ni que enviara proposiciones de ley al Congreso para su debate (en vano, porque ahí estaba Francina Armengol para no permitir que pasaran de la Mesa del Congreso). Ni tampoco que recurriera al Tribunal Constitucional en defensa de sus competencias, ni que ralentizara la aprobación definitiva de algunas leyes que iban llegando del Congreso.
Pero el capítulo más descarado fue cuando, en junio de 2024, el Ejecutivo reformó la Ley Orgánica de Estabilidad Presupuestaria y Sostenibilidad Financiera por la puerta de atrás para despojar a la Cámara Alta de la capacidad de vetar la única ley que hasta entonces podía vetar: la senda de estabilidad. Es decir, los objetivos de deuda y déficit públicos, cuya aprobación es condición sine qua non para presentar los Presupuestos. Pero es que, además, los socialistas lo hicieron para nada, porque el Consejo de Ministros no aprobó las cuentas públicas ni ese año, ni en 2025, ni en 2026. Antes de disolver las Cortes, todavía el ministro de Hacienda, Arcadi España, aseguraba que los Presupuestos llegarían al Congreso antes del final de este año.
La triquiñuela que utilizaron fue una enmienda introducida con calzador durante la tramitación de la Ley Orgánica de representación paritaria y presencia equilibrada de hombres y mujeres, que a su vez reformaba la Ley Orgánica de Estabilidad Presupuestaria y Sostenibilidad Financiera, sin tener nada que ver una con otra. De esta manera, si el Senado vetaba los objetivos de estabilidad, el Congreso podía levantar el veto por mayoría simple (más síes que noes). Y así se quedó para la posteridad.
La letrada de la Comisión de Igualdad del Congreso llegó a alertar en un informe de que este ardid podía ser inconstitucional, dada la «evidente la falta de conexión material entre la enmienda y la iniciativa que se tramita». Pero a los socialistas les dio igual. La Ley de paridad fue el caballo de Troya que utilizaron únicamente porque se trató de la primera ley orgánica que iba a aprobarse después de la de la amnistía. Como la Ley de Estabilidad Presupuestaria es orgánica, solo se podía reformar a través de sí misma o de otra ley orgánica.
Para los socialistas, mientras el Senado ha tenido mayoría absoluta del PP ha sido una cámara de «segunda lectura» y un estorbo. El ministro de la Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes, Félix Bolaños, llegó a afirmar: «La soberanía nacional recae en las Cortes Generales, pero en particular en el Congreso». Ahora les interesa más que nunca. Están obsesionados, más bien.