Imagen de un satélite en órbita
Se agudiza la disputa por el espacio ultraterrestre
La sucesión de ciertos hechos o circunstancias recientes apuntan a un incremento de la militarización del espacio, cuando no a la «weaponización» del mismo
En un artículo publicado el pasado mes de mayo, mencionaba que, a pesar de que el espacio exterior constituye un espacio común global en el que el acceso debería ser libre y continuo para todos, la realidad demuestra que las Grandes Potencias se afanan, cada vez más, en obtener capacidades que permitan implementar un control efectivo del espacio para garantizar su acceso continuado y proteger sus actividades espaciales, al tiempo de poder negar a otros el empleo de sistemas satelitales o degradar la información que se obtiene de ellos, cuando están en juego los intereses nacionales o la libertad de actuación propia en el espacio. Además, señalaba que esta competencia estratégica que se vive en el dominio espacial por el control en las actividades espaciales se ve reflejada en el incremento de eventos nada pacíficos –desde el punto de vista de la seguridad– realizados por algunos actores principales en los últimos años.
Pues bien, parece evidente que el devenir de los acontecimientos agudiza la disputa que las Grandes Potencias mantienen por este nuevo dominio: el espacio ultraterrestre. Y es que la sucesión de ciertos hechos o circunstancias recientes apuntan a un incremento de la militarización del espacio, cuando no a la «weaponización» del mismo, tomando como válido este concepto (como traducción de weaponization). A pesar de no estar incluido en el diccionario de la Real Academia Española, este concepto –bastante generalizado– asume, en términos generales, la instalación o el empleo de armas (convencionales) en el espacio ultraterrestre, no contraviniendo explícitamente el Tratado sobre los principios que deben regir las actividades de los Estados en la exploración y utilización del espacio ultraterrestre, incluso la Luna y otros cuerpos celestes de 1967, comúnmente llamado Tratato del Espacio Exterior.
Pero, ¿a qué hechos recientes nos referimos? Lejos de ser una lista exhaustiva, a continuación, se incluyen aquellos que considero de mayor relevancia. En primer lugar, según publicaba The insider (09.07.2026), en relación a una investigación conjunta entre The Insider, Der Spiegel y Le Monde, documentos secretos procedentes de una serie de foros militares encubiertos revelaban un plan conjunto entre Rusia y China para neutralizar el sistema Starlink de Elon Musk, así como una colaboración en el desarrollo de armamento –mucho más profunda de lo que cualquiera de los dos países estaba dispuesto a admitir–. Desde sistemas de defensa aérea y antimisiles hasta capacidades de drones potenciadas por inteligencia artificial, la cooperación entre Moscú y Pekín estaría permitiendo a las fuerzas armadas rusas seguir el ritmo de las innovaciones ucranianas, al tiempo que brindaba a China la oportunidad de probar sus sistemas en condiciones de combate. Si bien la amenaza de un endurecimiento de las sanciones occidentales sigue imponiendo límites a su asociación, Rusia y China continúan avanzando en varios proyectos conjuntos; ante esta situación, antiguos oficiales militares estadounidenses habrían expresado su preocupación sobre la determinación de Washington para detener esta deriva.
Por otra parte, desde hace varios años existe un debate abierto en la Fuerza Espacial estadounidense (en adelante, USSF, del inglés, US Space Force) sobre las «operaciones militares en el espacio cislunar», región del espacio que existe entre la Tierra y la Luna, incluida la propia órbita lunar. Una vez definido en 2018 el espacio como warfighting domain por EE.UU. –diríamos que un paso más allá de lo establecido en 2019 por la OTAN como dominio operativo–, en el entorno de la USSF ya se trata esta cuestión de una forma abierta, máxime cuando, en mayo de 2025, el presidente Trump presentó el plan de desarrollo del sistema espacial de defensa antimisiles Golden Dome.
En tercer lugar, según establece el Global Counterspace Capabilities (abril de 2026) –publicación de referencia a nivel mundial sobre las capacidades denominadas contra espaciales (del inglés, counter-space)–, ya son trece los países que desarrollan capacidades que «hipotéticamente» pudieran ser contrarias al empleo pacífico. Y digo hipotéticamente porque entre ellas pueden encontrarse sistemas «cinéticos» (aunque también no cinéticos) que no contravienen el Tratado del Espacio Exterior de 1967; éste prohíbe, de forma expresa, la instalación de armas nucleares o de destrucción masiva en el espacio, pero no trata –en absoluto- sobre sistemas convencionales ni tampoco profundiza –a este respecto– a qué denomina «empleo pacífico del espacio ultraterrestre».
En cuarto lugar, en los conflictos recientes y actuales (como las operaciones estadounidenses contra el programa nuclear iraní en 2025 y en Venezuela en enero 2026, así como en el conflicto ruso-ucraniano), se ha podido constatar un empleo –abierto– de actividades u operaciones contra espaciales no cinéticas de carácter ofensivo, actividades que no solo afectan a nivel operativo, sino también a nivel global. Prueba de ello son los continuos efectos perniciosos y peligrosos que la perturbación del GPS, por parte de la Federación de Rusia, está produciendo en diferentes áreas geográficas –algunas de ellas no tan cercanas a Ucrania–.
Finalmente, a estos eventos o circunstancias se han sumado –en los últimos meses– tres noticias que dejan clara la deriva que está tomando el espacio con respecto a un empleo, digamos, «no pacífico»:
–Los compromisos presupuestarios estadounidenses que se están realizando en relación con ciertos elementos del sistema espacial Golden Dome.
–El anuncio israelí (julio de 2026) del desarrollo de un sistema de energía dirigida (tipo láser) a ser instalado en el espacio.
–El reconocimiento –por primera vez– de EE. UU. sobre el despliegue de armas (sin especificar) en la órbita terrestre (septiembre de 2026).
Todos estos acontecimientos parecen sugerir un punto de inflexión en la competencia estratégica y estrategia de disuasión que las Grandes Potencias han venido desarrollando en los últimos años en este dominio y que –guste o no guste– van a tener una gran repercusión en el resto de naciones en el contexto internacional. Parece obvio que resulta necesario analizar en profundidad esta cuestión y tenerla muy en cuenta a efectos de planeamiento y de establecimiento de futuras estrategias. En particular, el empleo activo de capacidades no destructivas en los conflictos militares destierra una idea equivocada –de algunos– sobre que los sistemas ofensivos empleados en el dominio espacial son cosa del futuro.
Y ello, además de los efectos negativos que dichas capacidades tienen en actividades civiles y cotidianas, como es el caso de la interferencia rusa del GPS en el conflicto en Ucrania en lo que respecta a la seguridad aérea y marítima, o en el conflicto en Oriente Medio entre Irán e Israel en junio de 2025. En este último, la interferencia de dicho sistema de navegación afectó a una media diaria de 970 buques en el estrecho de Ormuz, reduciendo el tráfico en un 20 %. Estos hechos demuestran que la interferencia de los Sistemas de Navegación Global por Satélite ha pasado de ser una amenaza ocasional para convertirse en un método de confrontación habitual en regiones de conflicto.
Resulta evidente –para terminar– que la deriva descrita en estas líneas demanda, de forma explícita y urgente, una regulación de carácter internacional que intente normalizar y «pacificar» el empleo de un entorno que supuestamente constituye un Patrimonio de la Humanidad en beneficio de todos.
- José M. Martínez Cortés es analista del Instituto para el Bien Común Global de la Universidad Francisco de Vitoria.