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El Rey en el que pocos creían

El entonces Príncipe sabía que en Europa Monarquía y democracia o van unidas o no hay Monarquía. Y tuvo claro que el sistema democrático era el único capaz de dotar a España de la paz social y de la estabilidad política que no había tenido en siglo y medio

Torcuato Fernández Miranda felicita a Adolfo Suárez en presencia del ReyEFE

En los últimos años que precedieron a la muerte de Franco, pocos creían que el Príncipe Juan Carlos pudiera traer la democracia tras 39 años de dictadura. Existía la creencia generalizada de que todo estaba atado y bien atado por las Leyes Fundamentales, por el Gobierno, las Cortes, el Consejo Nacional del Movimiento y el Ejército.

Corrían entonces por tertulias y mentideros noticias sobre las muchas propuestas y proyectos que se presentaban al Príncipe con lo que había que hacer. Unos proponían mantener el franquismo sin Franco, otros poner en marcha una cierta apertura política o una democracia plena; y la oposición de izquierda exigía la ruptura total y un gobierno provisional como había ocurrido en Portugal un año antes.

Pero la España que dejaba Franco no era el Portugal de Oliveira Salazar y Marcelo Caetano, sumido en una guerra colonial y en el atraso económico. Porque entre 1960 y 1975 las políticas desarrolladas tras el Plan de Estabilización hicieron que la economía española creciera una media anual del 7%; la que más creció del mundo tras la de Japón. Ese cambio económico generó un cambio social con una amplia clase media que nunca habíamos tenido, y una clase trabajadora que había salido de la pobreza, cuando no de la miseria. Y la experiencia histórica enseña que en el mundo occidental todo cambio social acaba exigiendo antes o después un cambio político.

El plan de Torcuato

El entonces Príncipe sabía que en Europa Monarquía y democracia o van unidas o no hay Monarquía. Tuvo claro que ese era el único sistema para dotar a España y a la Corona de una estabilidad de la que habían carecido en más de siglo y medio. Pero ninguno de los planes y proyectos que le presentaban le daban la menor garantía de poder alcanzar ese objetivo. Salvo uno.

En sus años de estudiante universitario tuvo un profesor de Derecho Político que le mostró un camino del que nadie le había hablado. Torcuato Fernández Miranda, que llegó a ser ministro Secretario General del Movimiento, le hizo ver que el camino hacia la democracia era posible utilizando las leyes del régimen que permitían cambiarlo todo con la aprobación del Gobierno, de las Cortes, del Consejo Nacional del Movimiento y un referéndum nacional. Pero nadie creía entonces que los mayores reductos de lealtad al régimen estuvieran dispuestos a permitir su desmantelamiento, porque sería su suicidio político y personal. Nadie salvo Fernández Miranda.

El camino del cambio

Él sabía que el franquismo carecía de una base doctrinal, de un cimiento ideológico y programático que permitiera su supervivencia más allá de la vida del general. El régimen era sólo Franco y nada más; al contrario de lo que defendía Kelsen, era una pirámide invertida, sin base ni sustento una vez desaparecido él. Fernández Miranda convenció a su alumno de que ese era el camino del cambio, porque los hombres del régimen acabarían aceptando esa realidad.

No había un plan detallado y concreto, sino una estrategia de fondo que debería conducir a la democracia por una vía pacífica y legal -de la ley a la ley- según las circunstancias del momento político en que se produjera el fallecimiento del general.

Incluso el mismo Franco fue consciente de que las cosas serían muy distintas tras su muerte. Su sobrino Nicolás Franco Pascual de Pobil me contó que dos años antes le habló a su tío en el Pazo de Meirás de la necesidad de hacer cambios en el régimen antes de su fallecimiento. Franco le cortó en seco: «No me cuentes nada -le dijo-, eso os corresponde hacerlo a vosotros».

Adolfo Suárez y Torcuato Fernández Miranda saludan al Rey en junio de 1977EFE

Cuando el general murió fueron muchos los que más allá de nuestras fronteras esperaban ver de nuevo el espectáculo de enfrentamiento y violencia que dimos desde 1814. Pero a su decepción le siguió el pasmo. Porque el Rey nombró a Torcuato Fernández Miranda, presidente de las Cortes y del Consejo del Reino. Unos meses después consiguió la dimisión de Carlos Arias como presidente del gobierno y nombró sucesor a Adolfo Suárez en julio de 1976.

Todo ocurrió en año y medio

En sólo cinco meses la Ley para la Reforma Política, que desmontaba toda la estructura jurídica del régimen, fue aprobada por el Consejo de Ministros, por el Consejo Nacional del Movimiento, por las Cortes y por los españoles en referéndum, gracias a la habilidad política y al coraje personal de Adolfo Suárez. Y seis meses después, el 15 de junio de 1977, hubo elecciones libres. No fue fácil poner en práctica el guion de Fernández Miranda, pero Suárez lo supo convertir en una realidad llamada la Transición. Todo ocurrió en año y medio.

Aurelio Delgado, cuñado y hombre de confianza de Adolfo Suárez, me contó que cuando el 5 de julio de 1976 se instalaron en la sede de la Presidencia del Gobierno en Castellana, 3 entró en el despacho del presidente, le enseñó el artículo que Ricardo de la Cierva había publicado en El País contra el nombramiento de Suárez con el título «Qué error, qué inmenso error» y le preguntó: «¿Lo has visto?», Suárez lo miró y con sonrisa burlona le dijo: «No tienen ni idea de lo que vamos a hacer».

Visto con la perspectiva que dan cincuenta años, es evidente que el Rey tuvo tres aciertos. Detectó que el cambio social que se había producido en España en los últimos quince años exigía un cambio político; hizo suyo el proyecto de Fernández Miranda entre los muchos que le ofrecieron; y eligió a Adolfo Suárez para liderarlo, ponerlo en práctica y gestionar la transición a la democracia.

El pueblo español reconciliado fue el otro gran protagonista porque renunció por primera vez desde 1812 a la inestabilidad política -siete Constituciones y 136 gobiernos en poco más de un siglo- y al enfrentamiento fratricida con cuatro guerras civiles.

Y eso ocurrió porque hace cincuenta años un joven Rey en el que pocos creían descorrió el cerrojo que abrió la puerta del camino a la libertad.

A los españoles de hoy les toca mantenerlo limpio del lodo con que algunos quieren embarrarlo.