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Enrique Fernández-Miranda, duque de Fernández-MirandaThorun Javier Piñeiro

Entrevista  Fernández-Miranda: «Mi padre le dijo a Don Juan Carlos que podía jurar las leyes de Franco porque tenían el instrumento para cambiarlas»

Se cumplen 50 años de una de las frases más enigmáticas de la Transición: «Estoy en condiciones de ofrecer al Rey lo que me ha pedido»

Ahora se cumplen 50 años de una de las frases más enigmáticas de la historia reciente de España: «Estoy en condiciones de ofrecer al Rey lo que me ha pedido». La pronunció Torcuato Fernández Miranda, entonces presidente de las Cortes, el 3 de julio de 1976. Unos pensaban que lo que le había pedido Don Juan Carlos era que el Consejo del Reino le propusiera tres nombres para elegir entre ellos al nuevo presidente del Gobierno, tras la dimisión del franquista Arias Navarro. Pero no, lo que le pidió el Rey era mucho más difícil: que el nombre de Adolfo Suárez estuviera en esa lista. Medio siglo después El Debate entrevista a su hijo, Enrique Fernández-Miranda, duque de Fernández-Miranda.

¿Cómo se conocieron su padre y el Rey Juan Carlos?

—Cuando mi padre era director general de Enseñanza Universitaria en 1960 con el ministro Rubio García-Mina se encargan de organizar la educación universitaria del Príncipe Juan Carlos, y él se ocupa de la enseñanza del Derecho Político, lo que hoy es el Derecho Constitucional. Empieza entonces una relación muy especial, porque mi padre tenía 44 años y el Príncipe 21 años. La primera vez que se ven es en la Casita del Príncipe en El Escorial. Empieza una clase teórica, y él tiene la sensación de que el Príncipe se aburre tantísimo que, a partir de ese momento, deja de dar clases y empiezan a hablar de todo. En política arrancan con Alfonso XIII, la República, el propio franquismo… y empiezan a hablar del futuro. También empiezan a lanzar señales de lo que quieren que sea el futuro. Cuando a mi padre lo nombran ministro secretario general del Movimiento, toma posesión con camisa blanca (lo habitual era hacerlo con la camisa azul de falange) y él comentaba: «Me he quedado sin los de la camisa azul y no me han entendido los de la camisa blanca». Era un primer mensaje de lo que pretendían hacer. Por lo tanto, empiezan a conocerse en 1960 y la relación especial se mantiene hasta la muerte de mi padre.

¿Por qué cree que el Rey eligió la «receta mágica» de su padre para ir a una democracia, entre las que le proponían otras personas?

—Porque se establece una relación muy especial de confianza entre el Príncipe y mi padre. El momento más importante es cuando Franco le pide a Don Juan Carlos que jure las leyes fundamentales y los principios del movimiento para ser proclamado Príncipe de España y, por lo tanto, sucesor a título de Rey. Don Juan Carlos le dice a mi padre que él cree en Dios, que sabe que jurar es poner a Dios por testigo y que él no tiene ninguna intención de dar continuidad ni al Movimiento ni a las Leyes Fundamentales. Que qué hace. Entonces mi padre le plantea por primera vez su gran argumento: «De la ley a la ley». La Ley de Sucesión establece en el artículo 45 cómo se pueden modificar o derogar todas las Leyes del Movimiento. Por lo tanto, le dice a Don Juan Carlos que puede jurar esas leyes porque tiene el instrumento en sus manos dentro de la ley para cambiarlas una detrás de otra. Ese es el punto álgido de la relación entre los dos, de una confianza creciente, de una serie de conversaciones que culminan cuando llega el momento de hacer realidad lo que tantas veces han hablado. Por eso, yo creo que la solución que se establece a través de la Ley de Reforma Política es la que efectivamente acaba cuajando.

¿Por qué su padre no tenía miedo a la democracia, y otros muchos sí?

—Yo creo que él, al ser catedrático de Derecho Político, de Derecho constitucional, sabía muy bien lo que eran las democracias populares, la democracia popular que él mismo padeció durante la II República, él y su familia, en situaciones en ocasiones dramáticas. Y sabía que la democracia liberal, la democracia de los grandes países libres del mundo, era la solución que España tenía que encarar; que no había otra posibilidad de futuro que una democracia homologable con el resto de las naciones libres. Creía en ello y trabajó para que eso fuese posible desde un punto de vista jurídico. Además, yo creo que el gran acierto de Don Juan Carlos en su momento fue ir eligiendo a las personas con capacidades determinadas difícilmente sustituibles. Mi padre jugaba la baza de su conocimiento jurídico y de su capacidad de gestión y de dirección política, como después demostró en la Presidencia de las Cortes.

El Rey dudó entre nombrarle presidente del Gobierno o del Consejo de las Cortes y, aunque su padre prefería ser presidente del Gobierno, considero que era más útil para España como presidente de las Cortes. ¿Por qué?

—El Rey le da a elegir entre ser presidente del Gobierno o presidente de las Cortes. Mi padre le dice que cree que su labor de futuro debe establecerse en las Cortes. Era presidente de las Cortes y presidente del Consejo del Reino y, por lo tanto, tenía en sus manos el futuro a través del planteamiento legislativo que él quería poner en marcha. Como presidente de las Cortes, marca una auténtica revolución en las Cortes franquistas: por primera vez da paso a los grupos parlamentarios y al procedimiento de urgencia para que los proyectos de ley planteados por el Gobierno pasen directamente al Pleno, y no a través de comisiones que pueden boicotear cualquier iniciativa novedosa. Por lo tanto, abre lo que él cree que es la única vía posible para ese gran argumento: ir de la ley a la ley desde la dictadura de Franco a la democracia liberal en la que creían Don Juan Carlos y él.

En aquel momento, al presidente del Gobierno lo elegía el Rey entre los tres nombres que debía proponer el Consejo del Reino. El Rey quería que uno de esos nombres fuera el de Suárez ¿Cómo podía influir su padre en los 17 miembros del Consejo?

—Para elegir un presidente del Gobierno, el Consejo del Reino tenía que proponer una terna al Rey. En aquel momento la persona en la que Don Juan Carlos estaba pensando, y mi padre apoyaba obviamente, era Adolfo Suárez, una persona joven que podía responder los planteamientos de la estrategia que Don Juan Carlos diseñaba y mi padre apoyaba desde el punto de vista jurídico. Fue una votación muy complicada. Primero empieza por reunir el Consejo del Reino cada semana para que nadie supiese qué se trataba en cada momento. Hasta entonces, el Consejo del Reino solo se reunía para las ternas de la Presidencia de las Cortes y del del Gobierno. Mi padre lo convoca todas las semanas y en una semana determinada aparece la posibilidad, una vez que dimite Arias Navarro, de tener que presentarle al Rey una terna. Entonces él establece tres grupos de candidatos: democristianos, tecnócratas y falangistas. A medida que se presentaban distintas ternas, los que no eran votados por nadie desaparecían. Fue complicadísimo durante cuatro horas, hasta que efectivamente aparecen tres candidatos: Federico Silva Muñoz, Gregorio López-Bravo y Adolfo Suárez. Entonces es cuando mi padre sale y dice a los periodistas: «Estoy en condiciones de ofrecer al Rey lo que el Rey me ha pedido». No era solamente la candidatura de Adolfo Suárez; era la terna y que fuera Don Juan Carlos quien propusiese a Adolfo Suárez como presidente del Gobierno.

Algunos de los que no fueron elegidos, como Manuel Fraga o José María de Areilza, se llevaron una enorme decepción.

—No tenían el perfil que Don Juan Carlos estaba buscando. El Rey quería un hombre joven, vinculado al franquismo pero con una voluntad clara de renovación, de modernización, de apertura, de paso de la dictadura a la democracia. Y Adolfo Suárez reunía esas condiciones. La gran cualidad de Don Juan Carlos es elegir a las personas adecuadas para los papeles adecuados. Y Adolfo Suárez era un perfecto relaciones públicas, un encantador de serpientes, un hombre con una gran capacidad de negociación y de diálogo y, por lo tanto, era la persona que hacía falta para completar esas funciones.

El duque de Fernández-Miranda, en la redacción de El Debate

El duque de Fernández-Miranda, en la redacción de El DebateThorun Javier Piñeiro

Su elección fue una sorpresa para todo el mundo e incluso Ricardo de la Cierva le dedicó el artículo en El País de «Qué error, que inmenso error». Y bueno, en realidad el anuncio del Rey casi que deprimió a muchísima gente que esperaba un cambio más rápido a la democracia y no creía que Suárez lo fuera hacer.

—Efectivamente fue decepcionante para mucha gente, pero estaba todo perfectamente planificado y decidido. La figura de Adolfo Suárez después se vio que jugó un papel muy importante hasta las primeras elecciones generales de 1977, que ganó la UCD. El problema es que después se consideró más importante de lo que era, abandonó la protección de Don Juan Carlos y los consejos de mi padre y se le complicaron las cosas, a medida que él navegaba demasiado solo.

Pero en el momento de la elección de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno, solo confiaban en él el Rey y su padre.

—Era una confianza bastante importante, bastante potente, lo suficiente como para que efectivamente fuese nombrado presidente del Gobierno. Entonces se pusieron en marcha una serie de mecanismos que llevaron a la presentación de la Ley para la Reforma Política, en donde ya damos un salto cualitativo en el desarrollo de la Transición. En aquel momento la relación entre mi padre y Adolfo era estrechísima, hasta el extremo de que Adolfo Suárez lleva por primera vez al Consejo de Ministros un primer texto de la Ley para la Reforma Política que es un auténtico desastre, no se aprueba en el Consejo de Ministros y despierta una preocupación inmensa a Adolfo. Ese mismo viernes llama a mi padre y le dice: «Torcuato, esto no funciona, esto no va para adelante». Y le responde: «No te preocupes el lunes tendrás un texto que te puede servir». En su casa de Navacerrada mi padre redacta el primer borrador de la Ley para la Reforma Política, que entrega el lunes siguiente a Adolfo Suárez y le dice, entre otras cosas: «Este texto no tiene padre». Suárez lo presenta en el siguiente Consejo de Ministros y, como le he oído decir tanto a Aurelio Menéndez como a Rodolfo Martín Villa, los dos identifican en el texto el estilo de Torcuato.

—¿Ese texto era la Ley de Reforma Política?

—Ese documento acabó siendo la Ley para la Reforma Política, obviamente matizado y mejorado en el trámite parlamentario correspondiente. Ahí se pone en marcha aquel anuncio que mi padre le hace a Don Juan Carlos cuando Franco le obliga a jurar las leyes del Movimiento para ser proclamado Príncipe de España. El artículo 45 de la Ley de Sucesión decía que se podían derogar o modificar todas las Leyes del Movimiento con un proyecto de ley aprobado en las Cortes y con un referendo. Y esas dos cosas se producen con la Ley para la Reforma Política, que después efectivamente se aprobó en referéndum de forma absolutamente masiva. De la ley a La ley es cuando ya cuaja, entre otras cosas, no solamente para la tranquilidad de todos los españoles, porque la cosa va funcionando, sino también para la tranquilidad de don Juan Carlos, que ve efectivamente que aquello que Torcuato le anunciaba en el en el año 60 y poco funciona. El agradecimiento es tanto que le nombra duque de Fernández Miranda y le hace caballero de la Orden del Toisón de Oro, que es una distinción muy, muy especial.

De hecho, muchos años después Don Juan Carlos mantiene la foto de su padre en el despacho.

—En un momento determinado, el Rey Juan Carlos me dijo que no tenía ninguna foto de mi padre. Le dimos esa foto con un pequeño marco y él la puso en la estantería junto a las fotos de toda su familia. Tenían una relación muy especial, casi paterno-filial, que cuajó cuando llegó el momento de hacer realidad aquello de lo que tantas veces habían hablado.

El Rey Juan Carlos también habla mucho de su padre en sus memorias, «Reconciliación».

—Efectivamente, hay un reconocimiento muy importante en unas memorias que creo que son muy oportunas y necesarias, sobre todo porque, ya que poca gente hemos sido capaces de defenderle lo suficiente, tiene que ser él mismo el que se reivindique y ponga en valor lo mucho que hizo por España en aquel período de la Transición. La relación de mi padre con Don Juan Carlos fue perfecta toda su vida. Es más, cuando mi padre falleció en Londres, en el año 80, el Rey organizó un funeral en la capilla del Palacio Real para él.

Es muy excepcional que se oficie un funeral en la Capilla Real para una persona que no es miembro de la Familia Real.

—Una excepción, sin duda alguna. Estábamos invitados a aquel funeral la familia y el Consejo de la Diputación de la Grandeza. También estaba invitado Adolfo Suárez con su esposa, pero no quiso asistir. El acontecimiento fue extraordinario y vino a demostrar lo especial que mi padre era para Don Juan Carlos y el servicio que le prestó durante tantísimos años. Es decir, del año 60 al año 80, en el que fallece, los dos mantienen unas relaciones óptimas.

¿Siguieron viéndose después, cuando la democracia estaba avanzando?

—Sí, incluso cuando mi padre dejó de ser presidente de las Cortes y pasó a ser senador por designación real, seguían viéndose y hablando de temas tan espinosos como la ordenación territorial en la Constitución. Entre otras cosas, mi padre se opuso al concepto de nacionalidades equiparable a regiones. Desde la UCD le dijeron: «O te callas o te vas». Él se fue del grupo parlamentario, que fue primera plana del diario ABC en su momento, pero hasta el último instante las relaciones fueron muy intensas. Después, el Rey Juan Carlos fue especialmente cariñoso con mi madre y con todos nosotros, con todos sus hijos.

O sea que su padre previó el lío que podía provocar lo de las nacionalidades en la Constitución, que precisamente ahora es noticia con el proyecto de plurinacionalidad.

—Él efectivamente se opone y presenta una enmienda para que desaparezca el concepto de nacionalidades equiparable al de regiones. Eso le obliga a abandonar el grupo parlamentario de la UCD en el Senado, a pasarse al Grupo Mixto y a no firmar la Constitución. Es de los pocos parlamentarios, diputados o senadores constituyentes, que formalmente no firma el texto de la Constitución. Todo por ese inconveniente que él consideraba muy grave y que lamentablemente yo creo que en buena medida el tiempo le está dando la razón.

Resultaría decepcionante para él que, después de 20 años poniendo en marcha la democracia en unas circunstancias muy difíciles, al final no firmara la Constitución.

—Para mi padre era absolutamente insuperable el concepto de nacionalidades. Fue definitivo para su actitud ante la Constitución, un texto que, por otro lado, tiene inmensas virtudes, nos ha proporcionado el periodo de paz, de democracia y libertad más largo de la historia de España con nuestra Monarquía constitucional, haciéndola posible y siendo garante de su continuidad y de su estabilidad. Puede ser que hoy día, contemplada con distancia, la Constitución pueda tener algunas lagunas, pero es un documento perfecto que nos permite convivir pacíficamente.

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