Fachada exterior de la Basílica de la Merced en Barcelona
Historias de Barcelona
La iglesia de Barcelona que esconde a simple vista un talismán contra la peste negra
El ancla de la Basílica de la Merced, símbolo de fe y protección frente a la peste y la muerte
En la Basílica de la Merced de Barcelona, en la fachada que da a la calle Ample, si uno observa con detenimiento, podrá ver un ancla de piedra. La puerta de entrada a esa fachada no siempre estuvo allí. Cuando se decidió derribar la iglesia de San Miguel, para ampliar la Plaza de San Jaime, en 1870, se optó por desmontarla piedra a piedra y levantarla en ese lateral de la Basílica de la Merced, para que, aunque la iglesia desapareciera, se conservara al menos la fachada.
Pues bien, ese ancla tiene un significado profundo. La Merced es la patrona de los navegantes. El ancla simboliza la protección que la Virgen ofrece a los marineros y pescadores de Barcelona. En la iconografía cristiana, el ancla es un símbolo tradicional de la fe y la esperanza en la salvación.
Aparte de representar el ancla de la fe y un exvoto, para los marineros era como un talismán. Se dice que, si un marinero sobrevivía a una gran tempestad, debía tocar el ancla o rezar ante ella como señal de que su ancla espiritual le había mantenido a salvo del naufragio. También está asociada a la peste negra que asoló Barcelona. Entre los siglos XIV y XVII, la mayor parte del comercio que llegaba a la ciudad lo hacía por mar. Esos barcos eran fuente de enfermedades, sobre todo de la peste bubónica, que viajaba en las bodegas y en el pelaje de las ratas que desembarcaban en las Atarazanas.
En aquellos siglos, la base de la ciencia médica consideraba que la peste era la corrupción del aire. Esta teoría se basaba en las enseñanzas de Hipócrates y Galeno. El origen era la miasma, un aire cargado de vapores venenosos y fétidos. Pensaban que ese aire surgía de materia orgánica en descomposición, pantanos, excrementos o vapores liberados por los terremotos.
Al respirarlo, los espíritus vitales del cuerpo se corrompían, alterando el equilibrio de los cuatro humores: la sangre, la flema, la bilis negra y la bilis amarilla. Para salvaguardarse, se idearon unas máscaras que se rellenaban con perfumes y hierbas aromáticas. De esta manera se filtraba la miasma y se evitaba respirar el aire corrupto.
Durante esos siglos, en Barcelona fallecieron unas 45.000 personas por culpa de la peste. Los brotes más fuertes fueron en 1348, 1589 y 1651. Se dice que, en uno de esos brotes, los ciudadanos y marineros supervivientes decidieron que la oración no era suficiente. Necesitaban un símbolo físico que actuara como contrapeso espiritual. De ahí el origen de ese ancla en la Basílica de la Merced.
La tradición popular explica que se bendijo un ancla que había servido en una nave que sobrevivió a una tempestad sin bajas. Posteriormente, se trasladó esa simbología a la piedra de la basílica, tallando un relieve exacto. La creencia popular sostenía que, al fijar ese símbolo en un lugar sagrado, el aire de la ciudad dejaría de ser un vehículo para la muerte. La corrupción del aire desaparecería gracias a ella, y Barcelona se libraría de la miasma.
Las cadenas del puerto
Aparte de la historia que acabamos de contar, en aquel sitio está enterrado un cofre donde se guardan las llaves de las antiguas cadenas que cerraban el puerto de Barcelona. Durante la Edad Media era común que los puertos importantes se cerraran por la noche o ante la amenaza de piratas y flotas enemigas. Existían grandes cadenas de hierro extendidas de un lado a otro de la bocana. Con el tiempo y la modernización de las defensas, las cadenas originales fueron retiradas, pero su simbolismo permaneció.
Aquellas llaves fueron entregadas a la Virgen de la Merced dentro de un cofre de madera noble. Estas se escondieron en algún rincón de la basílica. Se cuenta que se depositaron o enterraron debajo del ancla. El motivo es que, bajo la protección del ancla y de la Virgen, la muerte, personificada como un invasor que busca entrar en el hogar de los hombres, no podría encontrar la cerradura de la ciudad. Mientras el ancla sujetaba la vida, las llaves bloqueaban el paso de la muerte.
Interior de la Basílica de la Merced, en Barcelona
La actual Basílica de la Merced se construyó en el siglo XVIII sobre la base de la original, que era gótica. Esta estaba junto a lo que se conocía como la Muralla de Mar. El mar llegaba a lo que hoy es el Paseo de Colón. Con lo cual, la basílica formaba parte de la primera línea de defensa de la ciudad. Se construyeron túneles y pasillos internos que conectaban con los baluartes, para que el enemigo no viera a los soldados. Esos túneles, debajo de la basílica, tuvieron que ser sellados. Eso sí, durante la Guerra Civil sirvieron para esconder personas y tesoros artísticos.
La imagen de la Virgen se le atribuye al escultor, orfebre y arquitecto Pere Moragues, una talla policromada y dorada, hacia 1361. Es una pieza maestra del gótico catalán. Se cuenta que la base de la estatua, o el propio mueble del camarín donde se sitúa, tiene compartimentos secretos. En la antigüedad, se creía que la Virgen miraba hacia el mar para vigilar la entrada de la ciudad. El hecho de que el camarín esté situado en un plano elevado permitía que existiera una comunicación vertical, una trampilla o conducto, desde los pies de la Virgen hasta los túneles inferiores de la muralla.