Protesta con pistolas de agua contra un autobús turístico, hace unas semanas en Barcelona
Turismo
The Guardian advierte a los turistas británicos que quieran volar a Barcelona este verano: «Tened cuidado»
El rotativo inglés advierte de la masificación turística de la capital catalana y critica los ataques con pistolas de agua a los visitantes
A medida que se acerca el verano, Barcelona se prepara para –literalmente– hacer el agosto con los turistas que visitan la ciudad. Como el año anterior, la llegada en masa de extranjeros atraídos por el Mediterráneo, Gaudí o el manido combo siesta/fiesta también propicia el regreso de otra postal habitual: el boicot de las plataformas antituristas, con imágenes como manifestantes disparando a los visitantes con pistolas de agua.
Lo recuerda, entre otros, el periodista canadiense Stephen Burgen, afincado en Barcelona desde hace casi 25 años, en una columna para The Guardian publicada este martes que se convirtió rápidamente en lo más leído del periódico británico. En el texto, titulado «¿Pensando en un viaje a Barcelona este verano? Ten cuidado: esto es lo que encontrarás», se critica tanto la masificación turística de la capital catalana como los ataques a los viajeros.
«Manifestantes en Barcelona usaron pistolas de agua para apuntar a los turistas que visitaban la Sagrada Familia el mes pasado», escribe Burgen, señalando que «más acciones de este tipo se esperan» en localidades turísticas de toda España a medida que se acerca la temporada alta turística.
El periodista escribe el texto en primera persona, desde su perspectiva como vecino de Barcelona desde hace dos décadas y media, y en él habla de la llegada de sus compatriotas como de una «invasión» que se recibe «con una mezcla de pavor y resentimiento». «Para los que estamos en el extremo receptor, el turismo de masas se siente cada vez más extractivo, hasta el punto de ser una forma de colonialismo corporativo», redacta Burgen.
«Marketing incesante»
El canadiense recoge actitudes habituales entre los residentes de Barcelona –como evitar las Ramblas si no es imprescindible, no ir a la «atestada» Barceloneta o lamentarse por los turistas que copan los autobuses para subir al Park Güell– y lamenta el «incesante» énfasis que lleva a que «cada día la ciudad sea menos ella misma y más similar a la idea que tiene de Barcelona un departamento de marketing».
Burgen compone en su pieza una elegía por los negocios locales que son expulsados de la ciudad a medida que esta se «ahueca», con «bares tradicionales y tiendas reemplazadas por bares de tapas, pizzerías y tiendas de souvenirs». También tiene palabras de empatía hacia los turistas que vienen y se topan con esta homogeneización: «¿Qué nueva experiencia cultural viene de viajar a Barcelona para hacer cola por unos huevos benedict en un lugar llamado Brunch & Cake?», se pregunta.
Sin embargo, también reconoce que «no hay compradores sin vendedores» y que la «venta de la ciudad» ha contado con la complicidad de «hosteleros, propietarios y una obediente autoridad local». Con todo, «sea cual sea la solución, atacar a individuos con pistolas de agua es a la vez inútil e injusto», porque «todos viajamos, todos somos la infantería del colonialismo corporativo», dice.