Fernando de Rosa

La creativa izquierda valenciana

Morant, Bernabé y Baldoví, tan dados a alegar una falsa supremacía moral de la izquierda, deben pedir perdón antes de pedir el voto a los valencianos

En la Comunidad Valenciana podemos presumir de nuestra gastronomía, patrimonio o nuestra capacidad innovadora. Pero, visto lo visto, algunos dirigentes de la izquierda parecen empeñados en añadir otra seña de identidad: la habilidad casi artística de moldear un currículum como si fuera arcilla política. Y siempre, según informaciones publicadas por distintos medios, con una tranquilidad que solo puede explicarse por la ausencia total de principios morales.

El episodio más reciente lo protagoniza el ministro valenciano Arcadi España. Según han denunciado diversos medios periodísticos, se presentaba como consultor financiero cuando su experiencia real habría sido la de becario. La corrección posterior en la web oficial —pasando de «consultor» a una fórmula más gaseosa— no hizo sino reforzar la sospecha de que para la izquierda valenciana la precisión biográfica es opcional. Como recordó el portavoz popular en las Cortes Valencianas, Fernando Pastor, «ser consultor y ser becario no es lo mismo». A la vista de los acontecimientos, parece que para el flamante ministro de Hacienda parece que falsear su currículum es un simple «pecado de juventud» que se subsana con un auto borrado.

Tampoco es un caso aislado la delegada del Gobierno, Pilar Bernabé, ya que tuvo que rectificar su biografía después de que recogiera dos licenciaturas que nunca llegó a completar. La versión corregida —«inició sus estudios»— ha sido incluso alabada por la izquierda mediática palmera como una muestra de la «ética política» de Pilar Bernabé, y hemos leído e incluso visto como periodistas genuflexos a la Delegación del Gobierno han afirmado que la mentira de Bernabé sobre sus estudios fue un simple error, a pesar de que estuvo reflejado durante años en su currículum público, sin que la candidata a la alcaldía de Valencia lo corrigiera, no se sabe si por vanidad o por dejadez. Por lo visto, el verbo iniciar tiene más prestigio que el verbo terminar.

También ha sido muy creativo el líder de Compromís Joan Baldoví. Hemos conocido por los medios periodísticos que figuraba como «licenciado en Magisterio», una titulación inexistente. Antes de la normativa «Bolonia» era diplomatura y después grado, pero nunca licenciatura. La rectificación exprés en Les Corts demostró que, cuando hay prisa, la izquierda puede ir más rápida que la luz.

La ministra de Ciencia, Diana Morant, merece un capítulo propio ya que tampoco ha escapado al escrutinio y eso que es la encargada de las Universidades, por lo que debería ser más escrupulosa en el control del falseamiento de los currículums. Según informaciones difundidas por distintos medios, su perfil oficial generó debate por formulaciones académicas que posteriormente fueron matizadas. Para algunos analistas, este episodio encaja en un patrón ya demasiado reconocible: currículums que se ajustan al momento político como si fueran un documento editable en tiempo real.

La paradoja es evidente, mientras miles de valencianos acreditan cada mérito con rigor milimétrico para poder opositar o para acceder a sus puestos de trabajo, los líderes de la izquierda valenciana, aquellos que nos van a pedir el voto dentro de un año para gestionar los asuntos públicos, corrigen, matizan o reinterpretan sus biografías con una naturalidad que roza lo impune. Y todo ello envuelto en solemnidad institucional, como si la flexibilidad académica fuera un derecho adquirido. La creatividad, dicen, es un talento, pero quizá no era este el tipo de creatividad que los valencianos esperamos encontrar en quienes pretenden representarnos. Si falsean su propia biografía qué no podrán falsear a la hora de gestionar los asuntos públicos. Da miedo pensarlo.

Pero si hay un episodio que ha dejado huella en el escándalo de los currículos de la izquierda valenciana es el del excomisionado de la dana, José María Ángel. Su nombre apareció en titulares durante meses por diversas informaciones periodísticas que señalaban la falsificación de su titulación, utilizando incluso un burdo documento con el que se pretendía acreditar una carrera universitaria falsa. Esta mentira le posibilitó poder ocupar puestos de funcionario e incluso labrarse un prestigio que era simplemente humo, pero un humo muy negro que ha llevado a que la Justicia le investigue. Para muchos observadores, el caso no solo evidenció fallos de control, sino también una preocupante sensación de impunidad, protegida por el partido socialista.

Las informaciones difundidas por prensa describieron un entramado donde la opacidad parecía más protagonista que la propia exigencia pública de que se supiera la verdad, a lo que contribuyó la izquierda valenciana que intentó negar la realidad echando mano de su «manual de resistencia» sanchista: era todo un bulo alentado por los «fachas». Siguiendo el modelo de Pedro Sánchez utilizado para el caso de la falsa Cátedra de su mujer Begoña Gómez. Pero lo más grave, según apuntaron varios análisis, fue la erosión de confianza que dejó tras de sí: cuando un cargo creado para coordinar una catástrofe natural acaba siendo noticia por cuestiones que atentan contra la verdad, el daño no es solo personal, sino institucional. A ello se sumó la atención mediática sobre su esposa, Carmen Ninet, funcionaria de la Diputación de Valencia. Diversos medios señalaron que su situación administrativa y profesional también tenía muchas sombras.

La creativa izquierda valenciana ha generado un verdadero cóctel de desconfianza, desgaste y sensación de engaño hacia la ciudadanía. Porque cuando un responsable público queda envuelto en polémicas que obligan a revisar decisiones, contratos o nombramientos, el impacto no se limita a un dirigente concreto, sino que afecta a la credibilidad de toda la clase política. Por eso tanto Morant, Bernabé y Baldoví, tan dados a alegar una falsa supremacía moral de la izquierda, deben pedir perdón antes de pedir el voto a los valencianos.

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