Compromís: del supremacismo a la sumisión política
Esa doble vara de medir es incompatible con cualquier pretensión de liderazgo moral
Hay momentos en política en los que el silencio no es prudencia, es cobardía. Y lo que estamos viendo en Compromís, de la mano de dirigentes como Àgueda Micó o Joan Baldoví, no es otra cosa que la renuncia consciente a los principios de la decencia política.
Compromís nació como una fuerza que prometía limpiar la política valenciana, exigir ejemplaridad y plantar cara a cualquier atisbo de corrupción. Hoy, sin embargo, ese relato se ha convertido en un eslogan vacío. Porque cuando el PSOE se ve envuelto en escándalos, investigaciones judiciales o registros tan graves como el de su sede en Ferraz, la reacción de estos dirigentes no ha sido la de exigir responsabilidades, sino la de desaparecer, minimizar o directamente callar. Incluso en diversas declaraciones públicas han justificado la corrupción socialista atribuyendo a los jueces una trama golpìsta.
Y ese silencio tiene nombres y apellidos. Àgueda Micó, como dirigente orgánica, debería haber sido una de las primeras en alzar la voz con claridad. Pero lejos de eso, ha optado por la comodidad del discurso ambiguo. Mucho énfasis en reivindicaciones internas, mucha retórica valencianista… pero una clamorosa falta de firmeza cuando se trata de señalar a su socio político en Madrid. Esa doble vara de medir es incompatible con cualquier pretensión de liderazgo moral, aunque la bandera del supremacismo, que siempre ha enarbolado, se quedó como un simple trapo desgarrado cuando se dedicó a bailar, reír y aplaudir en un acto electoral tras descubrirse la agresión sexual a una menor y de cuya ocultación va a ser juzgada Mónica Oltra.
Joan Baldoví, durante años presentado por cierta izquierda mediática como una voz firme contra la corrupción en el Congreso, ha terminado convertido en una pieza más del engranaje que sostiene al sanchismo. Su capacidad para los titulares no se ha traducido en resultados reales. Ocho años apoyando al Gobierno de Pedro Sánchez y la Comunidad Valenciana sigue infrafinanciada, sin reforma del sistema y sin avances estructurales. Mucho gesto, mucha intervención, pero poca eficacia. Y cuando la corrupción asoma en su socio de Gobierno, su contundencia desaparece, se convierte en una simple sombra incapaz de articular palabra alguna contra la la cloaca en la que se mueve el socio mayoritario de la izquierda, que cada vez es más mayoritario, al contrario que Compromís que cada vez se va empequeñeciendo a medida que va aumentando su silencia en la lucha contra la corrupción.
El silencio de Compromís es cada día más sangrante. Siempre han alardeado de ser la izquierda de la superioridad ética, pero su tibieza frente a los escándalos del PSOE roza lo incomprensible. Quien se presenta como garante de la regeneración democrática no puede permitirse mirar hacia otro lado cuando surgen sospechas graves. O se está contra la corrupción siempre, o no se está nunca. No hay término medio. Pero claro, es más fácil envolverse en banderas éticas que en renunciar a seguir apoyando a un gobierno corrupto, las palabras se las lleva el viento, pero es más difícil de prescindir de los cargos que suponen apoyar en Madrid a Pedro Sánchez.
Lo que han hecho estos dirigentes es, en la práctica, unir el destino de Compromís al del PSOE, sin exigir nada a cambio. Ni financiación justa, ni inversiones reales, ni avances tangibles para la Comunidad Valenciana. Nada. Ocho años de apoyo sostenido para acabar justificando lo injustificable o guardando silencio cuando más necesario era hablar.
Y eso tiene una lectura clara: Compromís ha pasado de ser una supuesta herramienta al servicio de los valencianos a convertirse en un aliado subordinado del poder central. Han elegido sillones antes que principios, estabilidad política antes que coherencia y silencio antes que dignidad. Porque cuando un partido que presume de ética calla ante la corrupción de su socio, deja de ser parte de la solución para convertirse en parte del problema.
La política exige valentía, no cálculo. Exige coherencia, no oportunismo. Y hoy, ni Micó, ni Baldoví, ni el resto de lideres de este conglomerado de la izquierda radical, están a la altura de lo que prometieron. La regeneración que proclamaban se ha quedado en papel mojado, sustituida por una realidad mucho más cruda: la de un proyecto político que ha renunciado a ser incómodo para el poder a cambio de seguir dentro de él.
Los valencianos no necesitan portavoces que miren hacia otro lado. Necesitan representantes que digan la verdad, incluso cuando es incómoda. Y eso, hoy por hoy, Compromís ha dejado de serlo. Y habrá que recordarlo, cada vez que alardeen de ética, en cada uno de los pueblos y ciudades en los que presenten candidaturas. Los ciudadanos no pueden votar unas siglas que tapan la corrupción, porque no son referentes de nada.