Fernando de Rosa

La política de Mónica Oltra vuelve

Cuando un diputado, un alcalde o un presidente autonómico recibe amenazas, no se está atacando solo a una persona, se está atacando a la democracia

Act. 09 may. 2026 - 04:40

Ha sido anunciar Mónica Oltra su vuelta a la política valenciana y comprobar como volvemos a la amenaza como sustitutivo del argumento. Da miedo presenciar cómo estamos volviendo a la política del año 2011, es decir a aquellos momentos en los que se coaccionaba por parte de izquierda valenciana a distintas figuras de la derecha.

Así pues, en las Cortes Valencianas la diputada de Compromís María José Calabuig ha llegado a amenazar al president Carlos Mazón advirtiéndole que iba a acabar como Rita Barberá. En todo el hemiciclo resonó, como una bomba de racimo, esa frase lanzada por la diputada que se autodenomina como seguidora «ferviente» de la manera de hacer política de la candidata a la alcaldía de Valencia Mónica Oltra. En seguida muchos recordaron el sufrimiento que sufrió Rita, un verdadero calvario jaleado precisamente por los diputados que, como María José Calabuig, lanzaban todo tipo de improperios y organizaban «escraches» en la puerta de su casa.

En democracia, las discrepancias se resuelven con palabras, votos y debate público. O al menos así debería ser. Sin embargo, en las últimas semanas hemos asistido a un fenómeno inquietante: amenazas directas contra diputados y dirigentes de la derecha, difundidas en redes sociales y otros espacios públicos, que han encendido todas las alarmas sobre el clima político que la extrema izquierda de Compromís parece dispuesta a normalizar, imitando lo ocurrido en los años 2011 y siguientes.

No me refiero a los debates duros e intensos, que forman parte del juego democrático, sino de intimidaciones explícitas, mensajes que cruzan cualquier línea roja y que proceden de entornos vinculados a la izquierda más radical. Resulta paradójico que quienes se presentan como guardianes de la convivencia sean, en ocasiones, los primeros en realizar comportamientos que la erosionan, utilizando siempre la misma palabra talismán: «fascistas», para ocultar sus propias actitudes intimidatorias.

Las amenazas a cargos del Partido Popular no son un episodio aislado, ahí están las amenazas a las que me he referido con anterioridad, dirigidas recientemente al presidente de la Generalitat Valenciana, Carlos Mazón, que han sido denunciadas públicamente y que han generado preocupación en amplios sectores sociales. Aunque intenten blanquear su política de todos conocida con un halo casi «místico». No hay más que ver la entrevista que le hicieron en la Sexta a Mónica Oltra, en la que le presentaron como una víctima, olvidando cual ha sido su trayectoria en la política valenciana, y quién ha sido la verdadera víctima de su gestión en la Consellería de Bienestar Social, una niña agredida sexualmente todas las noches.

No se trata de victimismo ni de exageración: se trata de constatar un patrón. Cuando la izquierda pierde el control del relato, siempre optan por señalar, acosar o amedrentar a quienes representan opciones políticas distintas. Y lo más grave no es solo el acto en sí, sino la tibieza con la que ciertos medios de comunicación reaccionan ante estos comportamientos, como si la gravedad dependiera del color político del amenazado. La ironía amarga de la doble vara de medir.

Resulta difícil no indignarse ante quienes exigen tolerancia cero por cualquier crítica que consideren ofensiva, pero guardan un silencio sorprendente cuando las amenazas recaen sobre dirigentes de la derecha. La defensa de la convivencia parece ser, para algunos, un principio intermitente, que se activa o desactiva según convenga.

Pero la democracia no funciona así. La democracia exige coherencia. Exige que la condena sea unánime, sin matices, sin excusas y sin silencios calculados. Esta es la responsabilidad de todos. La política puede ser apasionada, pero nunca debe ser peligrosa. Y cuando un diputado, un alcalde o un presidente autonómico recibe amenazas, no se está atacando solo a una persona, se está atacando a la democracia.

Porque la democracia se cuida con hechos, no con discursos. La convivencia no se protege con pancartas ni con lemas, sino con responsabilidad, y esa responsabilidad empieza por reconocer que ninguna causa política justifica la intimidación, que ninguna ideología otorga licencia para amenazar y que ningún representante público debe sentirse desprotegido por pensar distinto.

No podemos olvidar que cuando la amenaza sustituye al argumento, la democracia deja de ser un espacio de libertad para convertirse en un terreno de miedo. No podemos permitir que vuelva la política del odio como medio de conseguir el poder, no consintamos que las camisetas descalificadoras, las pancartas de manos ensangrentadas y los gritos tensionen nuestra sociedad. Por eso, en definitiva, es imprescindible que no vuelva el sistema «Oltra» de hacer política.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas