El edificio civil más antiguo y mejor conservado de Pontevedra
El edificio civil más antiguo y mejor conservado de Pontevedra: una casa ligada al vino que hacía de campanario
Se alza en pleno casco histórico de la ciudad del Lérez y es un inmueble que condensa siglos de historia urbana, actividad económica y vida cotidiana
Pontevedra es hoy una de las ciudades europeas más reconocidas por su modelo urbano basado en la movilidad peatonal. El tráfico restringido en su centro histórico ha transformado el casco antiguo en un espacio amable, silencioso y pensado para caminar. Este cambio ha permitido que el patrimonio no solo se conserve, sino que se experimente de forma directa, sin el ruido ni las barreras del coche.
Recorrer la zona monumental es casi un viaje en el tiempo. Calles estrechas, plazas abiertas y edificios de piedra conforman un conjunto urbano que fue declarado Conjunto Histórico-Artístico en 1951. Entre todos sus elementos destaca un inmueble discreto pero fundamental para entender la evolución de la ciudad y que es considerada la construcción civil más antigua y mejor conservada de Pontevedra.
Entre la nobleza y el comercio de vino
Se trata de la Casa das Campás o lo que es lo mismo, la Casa de las Campanas, uno de los mejores ejemplos de arquitectura civil tardogótica en Galicia. Su construcción se sitúa entre finales del siglo XV y el primer tercio del XVI, en un momento de expansión económica en el que Pontevedra mantenía intensas relaciones comerciales con el interior de Galicia.
El edificio fue levantado por miembros del linaje de los Puga, vinculados a la localidad de Ribadavia y a la producción vitivinícola del Ribeiro. De hecho, su fachada conserva escudos heráldicos que permiten identificar estas conexiones familiares y económicas, reflejo de una época en la que el vino era uno de los principales motores comerciales de la región.
La relación del inmueble con el vino no fue simbólica, sino completamente funcional. Más adelante, el edificio pasó a manos del Monasterio de San Salvador de Lérez, que lo utilizó como bodega para almacenar las rentas en especie que recibía, especialmente vino ‘ullao’, producido en las tierras del entorno del Ulla y otras zonas del arzobispado de Santiago. En años de producción media, la bodega llegó a almacenar hasta 12.000 litros de vino, distribuidos en toneles y pipas, lo que convierte al edificio en un auténtico centro logístico del comercio vitivinícola medieval.
Uno de los aspectos más singulares de la historia del edificio explica precisamente su nombre y su relevancia dentro del tejido urbano medieval. En el siglo XVI, la cercana iglesia de San Bartolomé el Viejo no contaba con campanario propio, una carencia que condicionó durante décadas la vida religiosa del entorno. Esta limitación obligó a recurrir al carillón del entonces conocido como edificio de los Puga, situado en las inmediaciones, para convocar a los feligreses a los oficios religiosos, asumiendo un papel central en la organización cotidiana del barrio.
El sonido de aquellas campanas se convirtió en una referencia temporal y social para los vecinos. Marcaban las horas, regulaban la vida comunitaria y servían como llamada a la oración, hasta el punto de que su alcance acústico delimitaba también, de forma casi simbólica, la propia jurisdicción espiritual de la parroquia. Allí donde llegaba el repique, llegaba también la influencia de San Bartolomé.
De bodega a espacio universitario
Con el paso de los siglos, la Casa de las Campanas experimentó múltiples transformaciones. En el siglo XX, su planta baja acogió el conocido ‘Bar Pitillo’, un establecimiento de hostelería que se convirtió en punto de encuentro en la posguerra.
Este local marcó una etapa de uso popular del edificio, alejada de su pasado aristocrático y monástico. Tras un periodo de abandono en los años 80, el inmueble fue adquirido por el Ayuntamiento de Pontevedra a comienzos del siglo XXI. Se inició entonces un proceso de restauración que respetó su estructura original y permitió su recuperación integral.
Desde 2006, el edificio es sede institucional del campus pontevedrés de la Universidad de Vigo. Sus más de 1.400 metros cuadrados albergan despachos, salas de exposiciones, aulas tecnológicas y espacios para conferencias, integrando la actividad académica en un entorno histórico único.
Como ocurre con muchos edificios antiguos de Galicia, esta casa también está rodeada de relatos y leyendas. Uno de los más persistentes vincula el inmueble con el pirata pontevedrés Benito Soto, conocido como uno de los últimos grandes corsarios del Atlántico. Según la tradición oral, Soto habría escondido un tesoro en algún punto del edificio antes de su captura y ejecución en 1830. Aunque no existe evidencia histórica que lo confirme, la leyenda ha contribuido a reforzar el aura de misterio que envuelve al inmueble.