La playa de la Ribera en aquellos años de 1960

La playa de la Ribera en aquellos años de 1960

El portalón de San Lorenzo

El baño en Córdoba a mediados del siglo XX

«Al final del baño tenías derecho a una ducha en la famosa chorrera, un manantial de agua muy fría»

Ahora, con las altas temperaturas continuas que estamos padeciendo, los que permanecemos en Córdoba nos acordamos de todas aquellas personas afectadas por los incendios, muy especialmente de las de Castilla y León que han servido de mofa para un ministro de este Gobierno con sus tuis. El ministro en cuestión, que llegó al puesto de mandamás de los transportes en sustitución del presunto corrupto José Luis Ábalos, parece ser que está muy sensibilizado con el calor. Desde luego que experiencia no le falta con la cantidad de trenes que se le paran bajo toda la solana del mundo en medio de cualquier páramo. Este es el tipo de personajillos que llegan al poder en esta democracia nuestra, sin tener ni zorra idea de lo que tienen entre manos porque, como diría él mismo, sólo los han puesto para hablar y hablar e intentar confundir a todo el mundo sobre la inutilidad y corrupción observada en este Gobierno.

Pero olvidemos el calor azuzado por estos impresentables y acordémonos de aquellos años que a mediados del siglo XX, cuando todavía la gente no se iba de forma masiva de veraneo a la playa, trataban de refrescarse en su río o en sus arroyos, y como apenas existían coches, todo el mundo iba andando por muy alejado que estuviera el sitio donde tomar los baños. Una ventaja que tenían estos desplazamientos sin coche era que la gente bebía a gusto del consumidor.

Había varias charcas en el arroyo Pedroches visitadas por la chiquillería para el disfrute y el baño. Una concretamente debajo del Puente de Hierro, otra al lado del Sombrero del Rey, y una tercera más abajo en el recodo de Burros Muertos. En esta última charca un sobrino del panadero Manuel Morte, de San Lorenzo, al intentar subir a un poste metálico de la luz para coger un nido, fue despedido por una descarga que lo electrocutó, muriendo en el acto tras la caída. Allí quedó en el suelo en su simple ropa de baño, siendo un recuerdo que nos afectó sobremanera. También había una especie de pileta en la misma explanada de la Choza del Cojo.

La Alameda del Tiritar, era un paraíso por su abundante vegetación que proporcionaba frescas sombras para pasar jornadas de perol y baños incluso cuando apretaba fuerte la canícula. Toda la alameda era regada por el arroyo de Rabanales, por aquellos tiempos sin la fábrica de cerveza, muy limpio, claro y abundante. Además, su buena comunicación con el barrio de Cañero hacía que mucha gente se decantara por esta alameda tan cercana para veranear.

En el Molino de Lope García

El Molino de Lope García, estaba ubicado en una zona igualmente exuberante en vegetación, apropiada para el disfrute del perol, en una finca llamada, como el molino, Lope García, que tenía incluso una cancela metálica de acceso.

El Molino de Lope García (1960)

El Molino de Lope García (1960)Picasa

El molino era la referencia de todo aquel paraje por su amplitud. Había grupos de personas que, para estar más independientes, cruzaban a la otra orilla, utilizando los servicios informales de una barca. También acudían otros a varias islas intermedias. Pero la mayoría se quedaba en esta parte, la orilla que había desde el Molino de Lope García hasta el Molino de Carbonell.

Cerca de Lope García había una fuente de agua potable y en las mismas dependencias del molino podía adquirirse tabaco, refrescos, cervezas, e incluso vino. Últimamente, hasta montaron un pequeño ambigú, donde se alquilaban incluso los bañadores.

Los puentes de los meses de julio y agosto muchísimas personas pernoctaban allí, entre el cante y la bebida… que raramente era agua. Que se supiera no había un servicio de orden establecido, ni de vigilancia preventiva. Más de uno hubo que sacarlo a rastras cuando después de la ‘torta’ que tenía pretendía tirarse al río e ir a nado hasta Gibraltar. Afortunadamente no pasaba nada para lo que podía pasar.

En los días laborables también iba gente a bañarse, bien los que estaban de vacaciones, los que hacían la ‘rata’ en el colegio, o los plateros que holgaban el lunes por la tarde. Así que había gente que un día sí, y el otro también, merodeaba por allí. Para ellos era como estar en un ambiente de playa en agradable compañía. En estos menesteres estaba muchas veces ocupados los Copado, los Canario, los Porras, los Ignacio o los Fermín, en su mayoría plateros, como hemos dicho, y que se costeaban un nivel muy superior a los demás. Era una época en que abundaban aquellas enormes cámaras (ruedas hinchadas), que el que la llevaba vacilaba como si de un Ferrari del baño se tratara.

Con el paso del tiempo se deterioró la diversión del Molino de Lope García, sobre todo por las noches y a determinadas horas. Junto con la suciedad paulatina de las aguas decayó este retiro de baño y relax para Córdoba. Al final las autoridades prohibieron los baños públicos en aquella zona por la excesiva contaminación de las aguas del río.

A todos los chavales de aquella época nos queda el recuerdo del ‘boquerón’ del molino, que era el estrechamiento por donde pasaba encauzada el agua para mover la rueda de molienda. Este ‘boquerón’ tenía profundidad y el agua pasaba a mucha velocidad. Pues bien, con todo el peligro que ello pudiera suponer, era cosa de que todos los jóvenes tomásemos como un honor el haberlo pasado.

Puente de Santa Matilde

Puente de Santa MatildeRevista Almuk

La charca de la Teta

Según me comentó el popular Candy, Cándido Sánchez García, antiguo lechero de San Lorenzo, y tío abuelo del Queco, famoso autor de la canción el ‘Aserejé’ y del himno del Córdoba CF, esta charca se formaba en la desembocadura de Arroyo de Santa Matilde, en la zona de la Cuesta de la Pólvora, por donde está ahora ese avión inservible. Allí se bañaban los nenes pequeños de todo aquel castizo barrio de Santiago y aledaños de la Ribera. Mientras ellos se mojaban en el agua, los hermanos mayores, amigos o familiares de más edad, jugaban al fútbol en aquellos llanos que se formaban después de desmantelar los huertos de invierno a orillas del río.

Allí jugó al fútbol y se bañó muchas veces José Pedrosa, jugador del Córdoba CF y el Atlético Tetuán, que se casaría con una hija de Fernando Fernández (dueño del Bar Chaleco), y en su época de vecino de la calle María Auxiliadora, nos contaría que allí jugaría toda la Córdoba que amaba de alguna forma la práctica del fútbol. Recordaba a Amaro, Iglesias, Luisito, Arenas, Pedrito, Torres, Rodrí, e incluso nos diría que por allí pasaría Pepe Villalonga, el que fuera jugador del Once Rojos (Equipo del Colegio de la Merced) y que luego sería en el campo profesional, entrenador del Real Madrid de las primeras Copas de Europa, y seleccionador nacional de la Selección Española ganadora de la primera Copa de Europa con el famoso gol de Marcelino en el año 1964. También nos llegó a relatar las veces que presenció cómo su amigo Manolin ‘El Boca’ entrenaba a su sobrino Miguel Reina Santos como portero, con aquellos enormes disparos a puerta que le propinaba. Y es que llegado el verano aquel lugar junto a los campos del Colegio Salesiano (Oratorio Festivo) era los únicos sitios idóneos para jugar al fútbol.

Otro de los personajes célebres de la Charca de la Teta fue sin duda el Chico Fortuna, Manuel Rey Almoguera, siempre se jactó de haber sido buen amigo de Pepe Villalonga, al igual que de los hermanos Efrén que formaron parte de su charpa de jóvenes. Fue el Chico Fortuna el que nos comentó, que sería precisamente el Chato Efrén el que le puso el apodo de Chato Villalonga, porque en aquellos paseos que solían hacer los domingos por la calle Gondomar, este se quejaba más de una vez, en que no olía a ninguna chavala que le gustara, a lo que el Chato Efrén le contestó: «Cómo la vas a oler si eres tan chato como yo».

Y hablando del Chico Fortuna diremos que de joven jugó al fútbol de portero y lo hizo jugando en el Fortuna, equipo de los Salesianos.

En 1936, al Chico Fortuna lo llevaron a Barcelona para que jugase en la llamada Olimpiada del Trabajo, que se organizó en protesta por la Olimpiada oficial que presidió Hitler en Munich. Cuando ni tan siquiera había llegado a Barcelona estalló la guerra y como pudo se fue para Madrid.

Allí, sin trabajo ni ocupación, y con su juventud a cuestas, fue de un sitio para otro, hasta que se puso enfermo del pulmón. Cuando llegó la democracia incluso le concedieron una paga por mutilado de guerra en el bando republicano… cuando él nunca pisó la guerra.

El Chico Fortuna fue un gran comunicador, muy templado y de una corrección exquisita. A pesar de su operación de pulmón no volvió a sentirse enfermo jamás. Fue uno de los fundadores de aquella festiva Peña Deportiva el Príncipe de Casa Manolo, por la que pasaron buenos personajes de Córdoba, como Diego Fernández, Manolo Milla, Julio Castro, Cristóbal Fernández, Fernando ‘El Nano’, Luis Caballero, Manolo Sánchez, Francisco Medina o Mariano López. Esta peña viajó por toda España siguiendo al Córdoba CF. Al parecer, según nos contaron, sería por una operación ocular y posterior complicación por lo que murió a los 76 años. Su entierro significó un duelo impresionante en la iglesia de San Lorenzo.

Estadio del Arcángel, con los llanos que se formaban debajo del terraplén de la Cuesta de la Pólvora, A la derecha empezaba la vegetación del Soto.

Estadio del Arcángel, con los llanos que se formaban debajo del terraplén de la Cuesta de la Pólvora, A la derecha empezaba la vegetación del Soto.

En el Soto

Detrás del estadio del antiguo Estadio del Arcángel, en dirección a la Huerta del Arenal, había una orilla llena de tarajes formada sobre un gran banco de arena, perfecta para el baño. A pesar de que se estaba en plena zona de corrientes se formaban unas lagunas de cierta profundidad como consecuencia de haberse sacado arena. Los más atrevidos se lanzaban en espectaculares saltos, quizás en clara competición con los de la orilla de enfrente (La Madrileña), que igualmente aprovechaban para el baño, toda su orilla de forma harto espectacular.

La ventaja que tenía El Soto era que por allí cerca había buenos árboles, ciruelos, membrillos y algunas higueras, a los que se acudía después de la larga jornada del baño, con ánimo de comer algo. También pudimos observar gente que hacía carbón con los troncos de los tarajes o igualmente otros buscando su guiso de caracoles. Todo se aprovechaba.

Los saltadores de los barandales

Por la zona de los barandales, próxima a donde se cayó desgraciadamente el autobús al río, solían tirarse desde las barandillas algunos bañistas, y lo curioso es que muchos de ellos salían luego por una boca de alcantarilla situada detrás de la Cruz del Rastro, ante la mirada sorprendida de cualquier viandante.

Los más veteranos, hablaban de la pequeña embarcación a motor denominada La Gasolinera (1920-1935) que partiendo como base de las escalerillas solía dar un paseo que consistía en ir al Puente Romano y volver. En cada viaje podía llevar hasta veinte personas. Lucía de noche unas luminarias en forma de adornos colganderos que resaltaban muy bien en la oscuridad de la noche. El viaje costaba quince céntimos de peseta.

Los saltos en el Molino de Martos (1950)

Los saltos en el Molino de Martos (1950)

En el Molino de Martos

Dejamos para el final lo que quizás cuando se habla de baños en Córdoba en el río sea el primer sitio e imagen que se le viene a la mente a la mayoría. El amigo Paco Muñoz, con sus interesantes entradas en su magnífico blog ‘Notas Cordobesas’ nos trae recuerdos que no tenemos más remedio que expresarlos mediante la palabra. Hace tiempo nos obsequió con su atinado comentario sobre «la higuera que por estos parajes hizo posible la conquista de Córdoba», y disfrutamos de su relato, metiéndonos de lleno en el túnel del tiempo y recordando anécdotas de nuestra querida Córdoba…

El Molino de Martos en la actualidad, convertido en Museo e inundado por la vegetación

El Molino de Martos en la actualidad, convertido en Museo e inundado por la vegetación

… A mediados de los años cincuenta, nos encontramos con Carlos Ruiz Velasco (1926-1998), un cordobés nacido en la calle Roelas 12, hombre culturalmente «abierto» y amante de la naturaleza. Fue pionero en Córdoba en la tecnología de las máquinas de escribir, de sumar y de calcular en lo fue toda una institución. Era hijo de José Ruiz Lozano (1879-1954), que fuera capataz del servicio de bomberos de Córdoba, puesto en el que sucedió a su padre José Ruiz Lara (1839-1897), que murió a consecuencia de una caída mientras sofocaban un incendio en la calle Alfaros 62.

El tal Carlos, que era pariente nuestro, heredó de su padre y de su abuelo este sentido del socorrismo y sería él quien se preocupó de acompañarnos durante aquellos años 1955-1960, a aquellos baños del Molino de Martos para enseñarnos a nadar.

Para ir al Molino de Martos nuestro recorrido desde San Lorenzo era, Arroyo de San Lorenzo, Borja Pavón, Cruz Verde, Ravé y Tinte. El camino de vuelta era el mismo, con la salvedad de que algunas veces, después del baño, al pasar por la calle Tinte, la taberna de Ordóñez, con su olor agradable siempre a boquerones fritos, era algo demasiado tentador y más de una vez por la piquera pedíamos algún refresco y un plato de boquerones. De aquella experiencia se acordarán Pepe Estévez, Manuel Afán, José Montero, Inocencio Montes y algunos más como los tristemente ya desaparecidos Antonio López y Rafael Morales.

Carlos nos acompañaba a aquellas instalaciones del Molino de Martos, convertido en un lugar de baños aprovechando la zona de un pequeño peñón que sobresalía del conjunto que formaban los Peñones de San Julián. La familia que regentaba los baños del Molino era la de Alfonso Caballero Galisteo ‘El Mondraga’ (1925-2005), personaje singular y agradable de aquellos entornos, que terminó regentando una taberna en el paseo de la Ribera esquina con la calle que va para el Potro.

En el Molino existían dos niveles de vestuario. Arriba el que pudiéramos llamar «el pesetero», que era el que utilizábamos los tiesos, y donde sólo te guardaban la ropa en una taquilla única. En cambio el de abajo parecía de otro mundo, pues además de que había como una especie de taquillas individuales, al final del baño tenías derecho a una ducha en la famosa chorrera, un manantial de agua muy fría que brotaba de forma espléndida del muro que lindaba con el molino. Para ducharte tenías que hacerlo cogido a una soga que pendía de una oportuna argolla, para mayor seguridad. El agua fría y cristalina te quitaba de forma inapelable todas las impurezas que te hubiera dejado el baño en el río.

Una vez entregada la ropa en el vestuario te dirigías a los Peñones de San Julián, lugar idóneo para aquellos que querían ejercitarse en la natación. Allí nadabas en semicírculo, pasando del «aquí tapa» hasta llegar a «aquí se hace pie». De esta forma, poco a poco ibas aumentando el radio y cada vez hacías trayectos más largos. Aquellos desaparecidos Peñones de San Julián dividían el río en dos importantes brazos: uno remansado hacia la derecha, que se abría al llegar al Molino formando una amplia extensión alagunada de agua con su corriente, que propiciaba los saltos y el disfrute desde el trampolín, y el otro brazo, más rápido y peligroso, discurría por la orilla de Villa Cachonda (Barrio Viejo). Entre los dos se formaba una isla llena de vegetación salvaje a base de juncos, flores exóticas y los clásicos «puros», tributo muy apreciado de todo el que se llegaba a la isla. Esta isla por lo general era «Water» para casi todos los bañistas.

En el Molino de Martos podías observar a gente que charlaba, gente que leía el periódico ‘Córdoba’, el diario ‘Pueblo’, el diario ‘Marca e incluso a algunos se les veía leer el periódico ‘Madrid’, que ya era harina de otro costal. Allí se apreciaba cierta variedad y nivel en los bañistas, y lo mismo había un erudito poeta del grupo Cántico que un simple zapatero que leía su novelas de Marcial Lafuente Estefanía.

También había claro está, algunos mirones. Pero no cabe duda de que los que más expectación despertaba eran aquellos saltadores desde la «torvas», aquel trampolín alto del molino, desde donde se pavoneaban los más capaces con sus saltos y posterior entrada en el agua. Es justo recordar a El Copado, El Canario, El Tormenta, El Vale, el Don Juan, El Latas, El Chapu, El Duque, El Dobao y sobre todos a Fra-Polo, apodo que se le puso a un singular Francisco Márquez Polo (1914-1994), que hizo muchas y diversas tareas, incluso practicar el boxeo.

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