Lo que no son cuentas, son cuentosSamuel Díaz

El gasto público, el dogma intocable

Nuestra economía padece una enfermedad crónica llamada gasto público dañino y desmedido

Qué curioso resulta que no se escuche hablar a nadie sobre el elefantiásico gasto público que soporta nuestra economía desde hace décadas. Y cuando digo nadie, es absolutamente a nadie. Me parece demencial, al tiempo que paradójico, que gran parte de los representantes políticos que «nos representan» en el Congreso de los Diputados realicen semana a semana discursos que nadie entiende y que nada abordan y, sin embargo, ninguno logra caer en la cuenta del sobredimensionado gasto público que heredamos de la burbuja estatal y de recaudación en los años de la «burbuja inmobiliaria».
Y digo que cuanto menos es curioso, porque nuestra economía, la española, lleva sumida en un largo periodo deficitario desde hace más de quince años. Desde el año 1980 hasta la actualidad solamente hemos conseguido tener saneadas las cuentas estatales en tres años, 2005-2006 y 2007, años marcados por una enorme y anormal recaudación provocada por la gigantesca burbuja que rodeaba al sector de la construcción. ¿De verdad no es relevante que una economía en los últimos cuarenta y dos años jamás haya sido capaz de equilibrar de forma correcta su situación económica? Y yendo más allá, ¿no es realmente grave el no cuestionarse que año tras año se vaya generando un déficit estructural que, como economía, nos impide invertir más recursos en la generación de un crecimiento económico robusto y sostenido en el tiempo?
De hecho, a día de hoy, y como en los Presupuestos Generales del Estado para el año 2023 se puede apreciar, es que la partida de gasto que se destina para pagar la deuda pública no la reduce, y, ¿por qué? Porque esa misma incluye el pago de, única y exclusivamente, intereses de la deuda que asciende a 31.275 millones de euros para el año 2023. Cifra que entiendo que pueda dejar boquiabierto a más de uno, y es que España invertirá el 50% de su presupuesto para afrontar el pago de las pensiones (42% del presupuesto) e intereses de la deuda pública (9,5% del presupuesto), entre otros. Lo peor de todo es que vamos camino de que nuestro gasto en intereses de la deuda se equipare a lo que nuestro país gasta en partidas tan sagradas y poco cuestionadas como son la educación y la sanidad (representan el 15% y 12% del gasto público respectivamente)
España tiene un déficit público estructural (crezca o no crezca la economía ese déficit seguirá estando presente, eso significa estructural) de más de 50.000 millones de euros y creciendo. Por otra parte, su deuda pública, la española, representa alrededor del 120% de la riqueza generada por nuestra economía en un año. Y todo esto sumado al panorama económico occidental que nos pone en aviso de que nuestro futuro próximo no pinta nada bien. Con una economía deficitaria por naturaleza, que se encuentra endeudada a niveles jamás vistos, con un crecimiento que rondará el 0% durante 2023 y una inflación voraz que acumula entorno a un 20-30% de mordida… ¿cómo se puede entender que el debate político y económico no se centre en equilibrar nuestras cuentas públicas? ¿Cómo se puede entender que todos los esfuerzos por paliar la inflación sean para no dañar el consumo y no la inversión?
Nuestra economía padece una enfermedad crónica llamada gasto público dañino y desmedido. Y nuestros gobernantes, «como médicos», no se dan o no quieren darse cuenta de la grave enfermedad que arrastramos desde hace más de una década. Si no atienden a lo que realmente hace sufrir al enfermo, ¿Cómo podrán atajar la enfermedad correctamente?
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