Cuando el Estado se convierte en depredador, el contribuyente es la presa
Hacienda no es un servicio público, es una trituradora de sueños, una maquinaria impersonal que te trata como sospechoso
Mientras la corrupción institucional, auspiciada desde el Gobierno y con el conocimiento implícito de muchos de sus miembros —incluido el pasajero aún no imputado del clan del Peugeot—, campa por todas las instituciones, la cumbre de la ONU en Sevilla demuestra la soledad de Pedro Sánchez y se convierte en un auténtico fracaso para la diplomacia española. Los grandes de Europa —Alemania, Italia y Reino Unido— se excusan en el último minuto: no quieren verle la cara a nuestro presidente. Y mientras esto sucede, los socialistas del Gobierno intentan desmarcarse del encarcelado Santos Cerdán.
La degradación es tan alta que ya ni ellos mismos se lo creen. Resultan patéticos.
En este país ya no funciona nada, excepto la violación permanente de nuestra capacidad adquisitiva.
La vida se encarece, pero no por casualidad: lo hace porque, detrás de cada céntimo ganado, hay una mano invisible que lo reclama antes de que llegue a nuestro bolsillo. Porque trabajar más no significa vivir mejor, sino pagar más. Porque crear riqueza en España se ha convertido en un acto heroico, o más bien suicida.
Las familias ajustan presupuestos mientras Hacienda se relame. Los emprendedores esquivan impuestos como minas, no para enriquecerse, sino para sobrevivir. Y la clase media —ese pegamento que sostiene un país— está siendo desangrada poco a poco. No por una crisis, no por una guerra, sino por una maquinaria fiscal que ha olvidado para quién trabaja.
Esto no es recaudación, es saqueo.
Esto no es justicia social, es el arte de vivir del esfuerzo ajeno.
Nos están violando… nuestra capacidad adquisitiva.
Mientras tanto, los organismos se multiplican como hongos y la élite política vive en una burbuja financiada, cobrando comisiones ilegales. Este no es un sistema sostenible: es un sistema abusivo.
Hacienda ha batido récords de recaudación mientras la mayoría de los hogares bate récords de precariedad. En lugar de devolver ese esfuerzo en servicios de calidad e infraestructuras útiles, los trenes llegan siempre con retraso —en especial la Alta Velocidad—, los incentivos para el crecimiento son nulos, y se multiplica el gasto en estructuras inútiles, en redes clientelares, en chiringuitos políticos.
El ciudadano paga más, pero recibe menos. La sanidad se colapsa. La educación se degrada. La vivienda es un privilegio. Las pequeñas empresas, que generan más del 60 % del empleo en España, soportan una presión fiscal similar a la de las grandes corporaciones.
La recaudación récord no es síntoma de éxito económico, sino de asfixia.
Así, la rueda gira al revés: el Estado se fortalece a costa del empobrecimiento de quienes lo sostienen. El sistema fiscal ya no redistribuye riqueza: la concentra. No en los pobres, como habían prometido, sino en los poderosos. No en la gente, sino en la administración pública. Para muestra, un botón:
En el mes de mayo, la recaudación del IRPF crece un 19,4 %, el Impuesto de Sociedades un 21 %, los ingresos por No Residentes suben un 81,8 %, los impuestos medioambientales —que producen apagones— suben un 187,7 %, el IVA un 24,4 %. Los impuestos especiales son los únicos que no suben en doble dígito, lo que demuestra que los hogares consumen menos cerveza, menos alcohol, menos hidrocarburos…
Los ingresos totales han supuesto una violación del 22,8 % solo en el mes de mayo.
Pero si pensamos que en 2024 la recaudación total del año creció un 8,4 %, después de un 6,4 % en 2023, un 14,4 % en 2022, y un 15,1 % en 2021 —cuando aún salíamos del confinamiento—, vemos que la voracidad fiscal no se detiene. Incluso en 2020, con el país paralizado y los ciudadanos encerrados y sin trabajo, el IRPF subió un 1,2 %.
Así, en los cinco primeros meses de 2025, el IRPF que pagamos todos sube un 11,1 %, el Impuesto de Sociedades —que pagan los empresarios— un 10,9 %, la Renta de los No Residentes un 47,3 %, los impuestos medioambientales un 446 %, el IVA un 10,1 %. Sin embargo, la recaudación por alcohol baja un 5,4 %, la recaudación por el impuesto a las cervezas baja un 3 %, y la recaudación por el impuesto a los hidrocarburos apenas sube un 1,3 %.
Se cierran los cinco primeros meses del año con una subida acumulada del 11,5 % y una cifra total de 122.092 millones, llevándose Hacienda 12.609 millones más que en 2024.
Mientras tú piensas si llegas a fin de mes, Hacienda piensa cómo llegar a por lo poco que te queda.
No duerme. No descansa. No entiende de crisis, de esfuerzo ni de sacrificios. Solo sabe recaudar. Da igual si estás en paro, si tu negocio se hunde, si tu familia no puede más, si eres pensionista. El Estado siempre cobra primero.
Hacienda no es un servicio público, es una trituradora de sueños. Una maquinaria impersonal que te trata como sospechoso, no como ciudadano. Que penaliza al que produce, castiga al que ahorra y persigue al que quiere emprender.
No estamos ante un sistema fiscal justo. Estamos ante una forma de violencia. Una violencia legalizada, aceptada, estructural. Una forma de esclavitud moderna, donde trabajas más de medio año solo para alimentar a un Estado que jamás se sacia.
¿Y sabes lo más grave? Que se ha normalizado. Que lo hemos asumido. Que ya ni nos sorprende que nos roben con una notificación electrónica.
Pero aún estamos a tiempo. A tiempo de indignarnos. De alzar la voz. De señalar al verdadero abusador con nombre y apellidos:
Hacienda no somos todos.
Hacienda es el verdugo, no la víctima.