No podría decir a qué huele un convento porque seguro que cada uno posee su aroma particular. Sin embargo, no tengo duda de que en estos edificios se respiran fragancias tan gratas que te harían permanecer en su interior durante un largo periodo de tiempo. En sentido metafórico sí podría afirmar que las Hermanas de la Cruz huelen a santidad, las Descalzas Reales a arte o las Dominicas de Lerma a oración. Y es verdad que, aunque en todas las comunidades se repitan unos cánones parecidos, inherentes a la intimidad que proporciona la clausura, cada cual tiene su idiosincrasia y carisma propio que las hace diferentes del resto.
De un tiempo a esta parte, la presente semana marca el inicio de las fiestas de Navidad y con ella se hacen realidad infinidad de iniciativas solidarias por parte de gran cantidad de colectivos. Espero con mucho interés las muestras de dulces conventuales, una forma de colaborar tanto con las monjas que dedican su tiempo a la elaboración de especialidades de repostería como a los que promueven estas actividades de carácter fraternal. En nuestra ciudad hermandades como el Calvario, pionera en estas lides, y otras muchas que se han ido sumando como el Descendimiento, la Sentencia o la Buena Muerte, proponen la adquisición de algunos de estos ricos manjares. Una ocasión inmejorable para adquirir exquisitos mancheguitos de las Carmelitas Descalzas de Santa Ana, unas rosquillas tan singulares como las que elaboran solamente en estas fechas las Capuchinas o la mermelada de pimiento rojo de las Carmelitas de la Antigua Observancia. Y aunque se podría enumerar una lista interminable de productos realmente deliciosos, selecciono una mínima muestra para animar a todo el que sienta curiosidad y ya haya abierto el apetito, a descubrir sus preferencias si todavía a estas alturas no se ha pasado por ninguno de estos puntos de venta.
Me he acercado en diferentes momentos del año hasta el torno de alguno de estos conventos, en Córdoba o en otras ciudades que haya podido visitar, y puedo garantizar que entrar en un cenobio con obrador es como visitar el pueblo de Estepa en la campaña de Navidad. En mi memoria puedo percibir, años después, el perfume inigualable que desprendía el chocolate con el que las Clarisas hacían las trufas en Lerma.
Quizá sepamos reconocer la esencia que se esconde tras la vida en clausura en cada bocado que es capaz de concentrar la delicadeza de unas manos dedicadas a hacernos la vida un poco más agradable.
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