El rodadero de los lobosJesús Cabrera

La puerta de Córdoba

«Habrá turistas que al poner el pie en el andén han pisado un charco o les han caído unas gotas en la cabeza. Así da ADIF la bienvenida a los visitantes»

Hoy acaba Fitur. Cuentan quienes son asiduos a la Feria Internacional de Turismo que ya no es lo que era, que esta cita anual en Ifema ha perdido buena parte de su encanto y glamour, que ya sólo queda reducido al maratoniano paseo del Rey el día de la inauguración.
Hubo un tiempo en el que las freidoras y las parrillas funcionaban a todo gas, que los corchos de las botellas llenaban cubos y que el Almax se agotaba en todas las farmacias de Madrid. Era la época en la que muchos concejales de pueblo descubrían la Capital del Reino y volvían fascinados de lo que allí habían vivido. Porque a lo que habían ido era a soltar una breve charla a un auditorio local que se sabía la historia de memoria y luego a disfrutar de la noche madrileña. Eran los años de Marcelino Ferrero con su clavel reventón en la solapa, de Teresa Ruiz-Canela sin escatimar saludos y sonrisas, y de Cristóbal Tarifa hablando de los «recursos endógenos» de la provincia a quien le quisiera escuchar.
Fitur sigue adelante aunque ya no aten los perros con longanizas y mantiene su lema heráldico de «escaparate mundial del turismo». Todo el mundo acude con la intención de que le visite todo el mundo. Guerra sin cuartel, o al menos eso parece. El objetivo no es otro que atraer visitantes, que se incrementen las pernoctaciones y que todo tenga una repercusión directa en la economía local, ya sea en la capital o en Almedinilla.
El objetivo es captar turistas y cuantos más, mejor. Pero estos turistas tienen que llegar a Córdoba y la mayoría de ellos lo hace en tren, fundamentalmente en AVE. La estación es, por tanto, la puerta por la que entran a la ciudad, la primera impresión que reciben de la capital.
Córdoba no tiene una estación bonita, como la de Jerez de la Frontera, Toledo o Ávila. En cambio, tiene una que es funcional, generosa en sus espacios e hija de su tiempo. No está mal, pero no está como debiera. En estos días de Fitur en que Renfe ha tenido su semana negra con una sucesión de incidentes en el servicio prestado a sus usuarios, los turistas que llegan a Córdoba -atraídos, acaso, por los reclamos que anualmente se esparcen en Ifema- se encuentran con que la puerta de Córdoba está desvencijada, con los goznes mohosos y la pintura desvaída por el tiempo.
Charcos en el andén de la estación de Córdoba

Charcos en el andén de la estación de CórdobaLa Voz

Habrá, fijo, turistas que al poner el pie en el andén han pisado un charco o les han caído unas gotas en la cabeza. Así da ADIF la bienvenida a los visitantes. Si el que llega de fuera se fija un poquito más en el edificio verá que responde a una arquitectura potente, de dimensiones nobles y respetables. Pero si se detiene sen el detalle verá que esta empresa pública suspende en mantenimiento.
Tanto quienes salen como quienes llegan a Córdoba se tienen que enfrentar a rótulos que han perdido letras y a una fachada que por el abandono de ADIF se va a confundir dentro de poco con el Puente de Miraflores, porque el óxido avanza a pasos agigantados. En los andenes hay que saber colocarse. No vale cualquier sitio. Hay charcos, sí, pero también hay gotas intermitentes que caen sobre la cabeza de uno en el momento más inesperado en los días de lluvia. Esto indica que el agua se cuela por falta de un mínimo mantenimiento perjudicando además la estructura del edificio. Que últimamente llueva poco no es la excusa.
ADIF ha sido noticia esta semana por el anuncio de mejoras en la estación de Córdoba. No se vayan a creer ustedes que se trata del remedio a estas deficiencias, no, ni mucho menos. Lo que va a hacer el Gobierno de la nación, del PSOE, son aparcamientos para bicicletas que serán gestionados por una UTE. A la sostenibilidad por la privatización, oiga.
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