La aceraAntonio Cañadillas Muñoz

La cama de cartón

Actualizada 05:00

Hoy parece que el día refrescó un poco y he decidido andar con protección de un cabezal de chándal. Hace poco que salió el sol. La gente ya va con prisas hacia el trabajo, y haciendo el recorrido acostumbrado para mantener la salud, y llevando a los niños a la escuela. Otros vienen de trabajar su jornada nocturna con el cuerpo cansado dispuestos a llegar a su casa y echarse un sueño, después de besar a su familia y tomar una ducha. Ya hay personas sentadas en la terraza de un bar tomando un caliente café que quizás acompañen con una tostada con aceite virgen extra de la tierra, o esta vez la pidan con taquitos de jamón y tomate. Suena una ambulancia lejana. Ese ha sido el despertar de la acera de hoy.

La calle está alborotada. Solo se habla del resultados de las elecciones en las que, parece ser, que todos los partidos ganaron, incluso los que perdieron.

Al volver la esquina tropecé y casi me caigo, con un cartón que sobresalía de dentro de un pequeño porche. Allí me encontré con un hombre que el temprano rayo de sol sobre sus ojos hacía que se despertara. Y observé. Baldomero estaba aún echado sobre unos cartones alternados con viejas mantas para amortiguar la dureza del suelo. Le acompañaba una antigua y pequeña maleta con ruedas que le servía de almohada, una litrona de cerveza vacía y algunos restos de colillas en el suelo. Al pararme lo saludé y, tras los buenos días, le dije que quería hablar con el, que si le apetecía un café y tostada. Me dijo que si era de asuntos sociales o policía. Le contesté que no, que quería hablar con él y en cierta forma ayudarle. Y accedió, y nos fuimos a una terraza cercana.

Me decía que se pasa muchísimo,… pero mucho. Que lo peor son los inviernos, sobre todo aquellos en los que el clima hacen que se levanten con el saco de dormir lleno de hielo o escarcha o humedecido. «Generalmente cuando me levanto recurro a lo mas cercano, a las personas que pasan por aquí para sacar uno o dos euros y poder tomarme un café o un Cola-cao. A veces no da para una tostada». Era su despertar.

Decía que los de la calle, generalmente, somos personas de unos 40 a cincuenta y tantos años, muchos sin estudios, o sólo básicos, en situación de desempleo desde hace muchos años, sin apoyo familiar y a los que el mercado laboral, generalmente, les cierra las puertas. «En el momento en que te preguntan y usted donde vive, tienes que decirles que en la calle. Y entonces no hay nada que hacer. Te cierran las puertas».

Aunque últimamente los casos de mujeres se van incorporando a esta situación, la mayoría son varones que proceden de muy diversas situaciones. Unos proceden de escenarios de consumo de drogas desde temprana edad, que comienzan fumando porros como si de un juego o apuesta se tratara. De ahí «Un día te ofrecen una pastilla a la que terminas enganchándote también», continuaba. Luego, a los años, cuando tienes alguna posibilidad de tener algún recurso económico, bien tuyo o familiar, pasas a pincharte, con el riesgo de tener una sobredosis. Si no acudes a pedir ayuda para recibir terapia, terminas abandonando a la familia… ”O la familia te abandona a ti”. Una vez te vas de casa, tienes muy pocas posibilidades de volver atrás.

También comentaba que «Otro motivo que te llevan a dormir en la calle es el alcohol. Poco a poco vas cayendo. Se comienza con el enfrentamiento con la familia. Con tus hijos y con tu mujer. No te das cuenta que ya eres alcohólico y no estás en condiciones de reconocerlo. Al final terminas por no mirar a tu familia, ni amigos y acabas marchándote con la sola compañía de tu botella»… Comienzan echados en un banco del parque hasta que terminas en otro municipio buscando un rincón donde poner una cama de cartón”.

«Yo estuve enganchado a las drogas. Empecé con trece años y tuve una situaciones de sobredosis en la última fase. Ahora veo que no tengo amigos. Muchos de los que tenía murieron precisamente por una sobredosis»… Y remataba, «¡Hay que luchar contra la droga, Hay que luchar!,… Hay que alentar a las administraciones a seguir luchando contra esta lacra y difundir en las escuelas y en las universidades que no empiecen,… porque luego el camino se empieza a nublar hasta que se oscurece del todo. Y ya, en ese momento, no se ve nada».

Con lágrimas en los ojos decía: «Quiero que me llamen para trabajar, yo ya no soy alcohólico, ¡Quiero volver a trabajar, de lo que sea, porque quiero volver a tener la ilusión que tenía a los18 años.».. «El pasado no se puede cambiar pero el futuro puede estar en vuestras manos»,… «En estos años he aprendido que por muchas veces que te caigas, lo importante es levantarse». En este momento sus lágrimas empezaron a fluir, mientras le daba un trago al café de la taza.

Le comenté que si conocía la existencia de las Casas de Acogida que integran un conjunto de servicios destinados a ofrecer atenciones de alojamiento, y que en ellas suele existir módulo abierto, módulo de inserción, módulo familiar y centro de emergencia social. Y que existen numerosos servicios entre los que cabe destacar servicios los de comedor, alojamiento, limpieza, duchas, lavandería, orientación... Que acudiera al ayuntamiento o a un Centro cívico, Caritas, Prolibertas, Banco de alimentos, Fundación Fray Albino y la C. Acogida Madre del Redentor, ANFANE,..y otras muchas.

A pesar del esfuerzo Estado, Autonomías y ayuntamientos deben seguir duplicando esfuerzos para que personas de la calle pudieran tener un lugar donde dormir o compartir una vivienda.

Sufrir la calle es sufrir la salud misma y la esperanza de vida que se acorta cada año que pasa. No olvidemos que los indigentes que acuden a las Casas son individuos muy rotos, con unas circunstancias personales muy duras y traumáticas, y a veces, la misma sociedad les da de lado. Es necesario prestarles ayuda en recuperar su autoestima y ofrecerles el cariño y compañía que necesitan, aunque sólo sea por unos momentos. Hay que intentar ilusionarlos y motivarlos de nuevo, a pesar de que la realidad es que todo dependerá de su última decisión.

Los que duermen en una cama de cartón a veces se conforman con muy poco. Un poco del calor y simplemente una sonrisa o unos buenos días.

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