Profanación al 15%
«Se enjuicia de nuevo a la víctima fallecida y sin posibilidad de defensa, y se vulnera el espacio sagrado del cementerio católico»
Tenemos las profanaciones que elevan el ataúd en helicóptero, retransmitidas por televisión con todo lujo de detalles, como la de Francisco Franco; tenemos las realizadas con nocturnidad y alevosía, como las de Queipo de Llano o Francisco Bohórquez en la Macarena de Sevilla; también las constantes perpetradas en los cementerios católicos, con la siempre socorrida excusa de las excavaciones en las fosas comunes. El Ayuntamiento de Córdoba nos proporciona ahora un nuevo estilo que quizá marque tendencia en el mundo de la necrofilia: la profanación al 15% o profanación de buen rollito. También podría llamarse, en tono más vulgar, profanación de sólo la puntita. La profanación parece haberse convertido en un deporte nacional donde hay desde grandes eventos a otros de pequeño formato, en una particular liga del hueso, la grava y la calavera en la que no nos extrañaría que pronto pusieran en marcha un sistema de puntos como en la Asociación de Tenis Profesional: un top diez de profanaciones.
La pasada semana, el Consistorio procedía a sustituir la lápida de la tumba del General Ciriaco Cascajo, para eliminar la referencia al título de ‘Hijo predilecto’ que la misma institución que ahora lo retira le concedió en 1936. Para ello le entregaron un pergamino realizado por el artista Díaz Peno que, en su momento, contuvo un pequeño error comentado por la prensa de la época. Y es que al principio le otorgaron el título de hijo adoptivo y predilecto. Al haber nacido en Luque y, seguramente, haber pasado grandes periodos en la capital, se le consideró como natural de Córdoba, cambiando el término adoptivo por preclaro. Preclaro y predilecto era lo que aparecía en su tumba.
Resulta curioso indagar en los periódicos históricos para contrastar este hecho. Ciriaco Cascajo, hoy vilipendiado y considerado como la representación del mal, era admiradísimo en los instantes en los que se le concede el reconocimiento de hijo predilecto. No exagero. Numerosas publicaciones se deshacen en elogios y lo definen constantemente como «salvador de Córdoba». Se emprenden acciones populares con colectas en las que se piden donativos para construir estatuas como homenaje. O bien se solicita a las autoridades que llamen a plazas con su nombre, décadas antes de que cualquier rincón se quiera denominar como Julio Anguita. El Círculo Mercantil le nombra socio de honor. Pero hay más. En un festival patriótico de los que eran comunes desde el siglo XIX, antes de que la bandera de España fuese considerada un trapo, Manuel Varo Repiso le dedica el siguiente soneto:
Esa mágica voz que por el viento
cruza veloz y en plácida alegría
repite sin cesar la patria mía,
de su lealtad retrata el sentimiento.
Por tus esfuerzos cesó su sufrimiento
y cesaron sus horas de agonía
a tus arrestos y noble bizarría
debe su paz, su dicha y su contento.
Y la deuda que Córdoba contrajo
ya que te admira y venera reverente
por tu heroico y singular trabajo,
hace que grite con amor ferviente
¡Viva por siempre el coronel Cascajo
generoso, magnánimo y valiente!
El soneto indica que Córdoba venera reverente a Ciriaco Cascajo. El verbo está perfectamente escogido. El diario El Defensor de Córdoba impulsa una propuesta que El Diario de Córdoba también hace suya. ¿En qué consiste? Se ruega a los cordobeses que el 24 de octubre de 1936, festividad de San Rafael, tras agradecer al arcángel su labor de protección de Córdoba en la guerra, pasen por el gobierno civil para firmar su agradecimiento al general en unos pliegos que se dispusieron. Y así sucedió entonces.
Esta realidad histórica, perfecta y fácilmente comprobable, pues está a un clic de ratón, se opone a la manipulación generada por las leyes de memoria histórica. ¿Quiere decir esto que debemos tomarnos la comprobada y real veneración de muchos cordobeses como verdad absoluta? Evidentemente no, las salvajadas cometidas en ambas retaguardias y la existencia de diversidad de perspectivas conducen siempre a un análisis honrado del pasado, algo que ahora brilla por su ausencia. Pero la propaganda que nos ahoga en este aspecto es justo lo contrario que la integridad o la probidad en el estudio.
Mas lo peor es la normalización de la necrofilia. Pensábamos que esas prácticas se quedaron en la antigüedad, ceñidas a cazatesoros de antaño, juicios post-mortem o brujería y satanismo. O bien a enfermos mentales. Vuelve ahora con fuerza modernizando esos aspectos, y se busca el tesoro de la posición bondadosa y el prestigio político, se enjuicia de nuevo a la víctima fallecida y sin posibilidad de defensa, se vulnera el espacio sagrado del cementerio católico y, en todo ello, no podemos dejar de ver una evidente ofuscación rayana en la histeria colectiva. Todo ello sucede, por cierto, sin que las jerarquías eclesiásticas o multitud de sacerdotes convencionales alcen la más mínima voz. Este último aspecto resulta desolador por tres motivos: el respeto a los muertos, el comentado concepto sagrado del cementerio y... el agradecimiento a aquellos que evitaron el exterminio total y absoluto de curas y monjas. Los que hoy callan pueden estar ahí gracias a las figuras cuyo ultraje se permite. Triste paradoja.
La profanación al 15% de la tumba de Cascajo es tan sólo el acercamiento sutil por parte del Ayuntamiento hacia la profanación completa. Muchos de los abuelos o bisabuelos de los implicados en semejante infamia seguro que estuvieron aplaudiendo el soneto declamado en 1936. Y es que estos sacrilegios acarrean también una autodestrucción, y un acto de renegación de la propia familia y la tradición.
¿Cómo terminó el periodo del reconocimiento como hijo predilecto? Se constituyó una comisión de homenaje al general que concluyó en una compra popular de un chalet en la sierra. ¿Cuánto pondrían los familiares de los que ahora profanan su tumba? Seguro que más de las 0’25 pesetas que se demandaron en la recogida de donativos. ¡Y más de 0’50!
Apuesto que hasta una peseta y todo.