El perol sideralAlfredo Martín-Górriz

Subir muy alto

Recientemente, en un foro, un contertulio preguntaba en el título de un hilo «Ateos, ¿cómo le explicáis a un niño que el abuelo ha muerto?». La pregunta es especialmente pertinente en una España que ha apostatado de forma masiva en las últimas décadas. También por el nuevo papel que desempeñan los abuelos como padres efectivos, al estar ambos miembros de la pareja trabajando y sin tiempo para sus retoños. Por último, a partir de ese hecho, al tenerse los hijos a edades especialmente tardías y muchas veces uno solo. Por todos estos motivos, los niños de hoy en día, bastantes veces hijos únicos como indicamos, verán morir a esos abuelos que los han criado antes de la pubertad. En demasiadas ocasiones, los pobres se toparán con cuatro muertes dolorosísimas en la infancia. Todo, claro está, mientras queden abuelos, algo que ya tratamos en el artículo «Mundo sin abuelos».

A partir del mencionado título no se hicieron de rogar las previsibles respuestas en la que no faltaban las bromas de humor negro. A las que apostaban por lo que denominaban «mentira piadosa», es decir, contarles de forma simplificada el cielo católico sin apenas explicaciones ni profundidad, se sucedían otras apostaban por «la verdad». ¿Qué era esa «verdad»? Indicar unas maneras y otras que el abuelo había muerto y el nieto no volvería a verlo. Todo ello con frases textuales como las siguientes:

1) - Los niños no pueden vivir en una urna toda la vida, también pueden vivir la realidad...Qué mania con engañar a los niños.

2) -Mis abuelos murieron siendo yo niño y nadie me dio charleta « se murio, se fue al cielo y su cuerpo esta en ese nicho». Cuando muera su abuelo, ya habran visto morir a varios personajes de dibujos animados. Y si mueren con 2 o 3 años, ni los recordaran.

3) -Inventarme movidas con seres irreales seguro que no.

4) -Vaya historias os montáis. La muerte es parte de la vida y los niños entienden que la muerte es inevitable e irreversible, y de igual manera hay situaciones donde los médicos no pueden salvarte. Luego le dices que hay gente que cree en el alma, religiones, etc, y listo. Mi hijo pasa de misticismos y le va más el minecraft.

5) - Aunque el abuelo haya muerto, sigue viviendo dentro de ti.

6) - Soy ateo y hace 10 años me pasó una cosa con mi prima pequeña un tanto curiosa; yo tenía 29 años y ella 4, se me acerca y sin vaselina ni nada me suelta... nuestro abuelo es un fantasma? Al ver la cara de flipado que puse me dijo...al abuelo que le pasó? Le conté que estaba paseando al perro, le dió un infarto y que estuvo días malo en el hospital hasta que se murió.

- ¿El abuelo murió en el hospital?

- Sí

- ¿El abuelo está en el cielo?

- Sí ( si mis tíos le han dicho eso...)

- Los hospitales tienen techo y para ir al cielo lo tienes que atravesar

- Supongo...

-Nuestro abuelo entonces es un fantasma

- Pues tiene que serlo sí

En resumen que por muy ateo que sea si sus padres le dicen que está en el cielo y ese niño lo lleva bien para qué decir otra cosa? Ya tendrá tiempo de darse cuenta de otra cosa o reafirmarse en lo que ya creía.

7) - Cuanto antes lo entienda, mejor.

8) - El abuelo ha muerto, mejor eso a contarle invents.

9) - El abuelo ya no está con nosotros porque su cuerpo dejó de funcionar, cuando las personas se hacen mayores o enferman mucho, su cuerpo se cansa tanto que ya no puede seguir funcionando. Cuantos antes se den cuenta de la realidad mejor, camuflárselo contándoles un cuento es bastante absurdo.

10) -Nosotros hemos encarado la muerte un par de veces con naturalidad. Hemos explicado que los seres nacen y mueren siempre, que forma parte de la vida y que, en los dos casos de los que hablábamos, ya se habían hecho muy mayores. Cuando nos hacemos muy mayores, el cuerpo al final deja de funcionar. La gente muere, no los volvemos a ver, no volverán, pero podemos hablar de ellos tantas veces como queramos, aunque al principio quizá preferimos que no, o quizá nos ponemos tristes, pero con el tiempo seguro que los recordamos con una sonrisa. La mejor manera de mantener vivo el espíritu de alguien es recordándolo a menudo. Al principio nos va a doler, y es normal, y es mejor dejarlo salir.

11) -Pues diciéndole que se ha muerto. Eso de enseñar a los niños a gestionar sus emociones y entender que es normal ponerse triste por la muerte del abuelo y que la muerte es algo natural no lo contemplas?

12) -La vida me ha enseñado que los niños tiene mayor capacidad para afrontar estas situaciones que los adultos.

13) - Dejad de agilipollar a los niños, luego cuando crecen se creen que la vida es un juego y pasa lo que pasa.

Trece ejemplos están bien. Porque pocas cosas pueden traer más mala suerte que semejantes comentarios. Los había incluso más duros y fríos. Estas situaciones resultan curiosísisimas. Muchos de esos padres habrán tenido, durante la crianza del hijo, una enorme delicadeza para tocar todo tipo de temas. Habrán empleado numerosas mentirijillas o mentiras piadosas. Habrán sorteado con pericia algunos asuntos peliagudos para no dañarles ni vulnerar su inocencia. Habrán seguido la corriente de los Reyes Magos, Papá Noel o el Ratoncito Pérez. En la actualidad, seguramente hayan llegado en multitud de aspectos a la sobreprotección. Y justo cuando llega la muerte de un abuelo, ahora casi un padre para un niño, justo en ese momento que requiere de la mayor ternura posible, de la sutileza extrema, del verdadero cobijo ante la pena y el desamparo, justo ahí... los padres se convierten en sádicos incapaces de salir de sus ideaciones narcisistas e ideológicas, en témpanos de hielo que deciden, a sabiendas, no calmar el dolor de los más pequeños de su propia sangre. Tampoco respetan la memoria del abuelo, que en gran medida crió al niño y querría verlo sufrir lo menos posible por su partida.

En lugar de consuelo, podemos ver, por sus características, qué esconde eso que llaman «verdad», algo capaz de generar más tristeza y situado a años luz del cielo católico como relato compartido, incluso aunque no se creyese en él, pues por puro sentido común se puede comulgar con sus efectos beneficiosos, tanto por el bello y esperanzador contenido como por el hecho de que sea una explicación transmitida a otros niños, como amigos o compañeros de clase. Parece que esa sobreprotección no debía ser otra cosa que autoengaño: padres que compensan con exceso de celo cuestiones superficiales porque saben que harán añicos las trascendentales de forma voluntaria, incapaces de contener lo peor de su interior. En el momento de angustia de sus hijos deciden volcar su rencor sobre ellos. El mundo al revés.

Conocí hace unas semanas la historia de un niño de cuatro años, amigo de mis sobrinos. Su padre murió de cáncer con poco más de 40 años. En su agonía, de la que se percató, solicitó verlo por última vez, pero no llegó a tiempo. Ese pequeño fue ilustrado con el cielo católico. En verano fue a un parque acuático. Para subir a algunas atracciones tenía que subir cuestas largas y empinadísimas. Arriba del todo se ilusionó por la posibilidad de que su padre pudiese verlo tobogán abajo, «porque había subido muy alto».

¿Y saben qué pasó? Que su padre pudo verlo.

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