Mezquita-Catedral Julio Anguita
«Francisco Franco apareció en numerosas situaciones como estrella invitada. Incluso la Inquisición»
Apenas había empezado a arder la Mezquita-Catedral el pasado viernes cuando ya ardían a la par las redes, pues el proceso de combustión en Facebook, Twitter o Instagram es muy superior al de la madera y no cuenta con protocolos de actuación ni bomberos que apaguen los múltiples fuegos posibles. Mucho menos que hallen el foco inicial llegado el caso. Si el cortocircuito en la batería de una barredora eléctrica amenazaba al monumento físicamente, la sobrecarga de opiniones y pareceres intentaban ya inflamar su alma. Llamas y agua de las mangueras en los vídeos de las noticias; una pequeña guerra civil en sus comentarios: dos tipos de siniestro, en suma. El primero en la cuarta acepción del diccionario de la Real Academia: «suceso que produce un daño o una pérdida material considerables». El segundo en la segunda acepción: «avieso y malintencionado».
Y es que al funesto espectáculo del fuego le seguía el no menos infeliz de las observaciones en las redes sociales, que continúa hoy día cuando el primero se apagó hace mucho. En ese debate, hubo como siempre gente sensata. Pero un amplio porcentaje derivó desde el principio hacia el insulto directo a la Iglesia y al Cabildo, imprecaciones sobre la inmatriculación de la Mezquita (un clásico), acusaciones sobre los consabidos casos de pederastia (otro clásico), manipulaciones históricas, injustas incriminaciones sobre el incendio, llamadas a la expropiación y, sobre todo, una cascada de insultos directos, burlas y blasfemias. Francisco Franco apareció en numerosas situaciones como estrella invitada. Incluso la Inquisición. En no pocas ocasiones se podría decir que el usuario de uno u otros medios estaba completamente poseído, y la llamada al exorcista de la diócesis no hubiera estado fuera de lugar. Quizá el nuevo obispo, Jesús Fernández, deba solicitar el concurso de un nuevo tipo de sacerdote capaz de expulsar a los demonios de forma remota, un tele-exorcista, pues desde luego uno podía imaginarse a mucha gente echando espuma por la boca al otro lado de la pantalla y maldiciendo en arameo con acento andaluz, abriendo mucho las vocales mientras su cuello giraba 360 grados hasta volver de nuevo al teclado.
Entre reproches, injurias y vejaciones, uno de los temas tratados fue el nombre que se da al monumento. Y surgieron los partidarios de la catedral, los de la mezquita, los de la mezquita-catedral y todas las combinaciones posibles. Incluso apareció por ahí Arturo Pérez-Reverte, que es a estos asuntos como el chef José de Andrés a las catástrofes. Ambos se reparten los desaguisados del mundo. Uno se ocupa de internet y el otro del resto del universo conocido. Debe ser éste el único caso de discusión acerca de la nomenclatura de un monumento, algo que, desde luego, no es inocente. Este debate siempre encierra el propósito de atacar a la Iglesia católica mucho más allá de la gestión concreta que realiza el Cabildo Catedral de Córdoba.
¿Mezquita-Catedral? ¿Mezquita solamente? ¿Catedral a secas? En una democracia quizá lo mejor sea buscar un nombre de consenso, aquel que sin desmerecer al monumento contente a unos y otros, a izquierdas y derechas, a personas religiosas y ateas. Y en Córdoba sólo un nombre consigue aunar posturas, incluso producir una generalizada y rendida admiración, por no decir arrobada delectación. Y es Julio Anguita, el verdadero patrón y custodio de Córdoba, antiguo califa y ahora ángel rojo. Más aún, arcángel. Por eso propongo como nombre: Mezquita-Catedral Julio Anguita.
E incluso, si lo pensamos bien, lo de mezquita y catedral quizá pueda sobrar en un momento dado.