Una guerra civil entre enanos
«Esta hipocresía que aparenta proteger al enano cuando realmente lo desprecia no nos debe tampoco hacer olvidar la dureza de la vida de estas personas»
España tuvo su guerra de sucesión. Luego la primera guerra carlista. Luego la segunda guerra carlista. Luego la tercera guerra carlista. Más tarde el amago de la revolución de Asturias y, al final, la guerra del 36. Parecería que, desde entonces, este tipo de conflictos han cesado. Nada más lejos de la realidad. Desde hace años se produce una soterrada guerra civil entre enanos en nuestro territorio. Tanto peninsular como insular y ciudades autónomas incluidas. Quizá no nos percatamos de ella al producirse por debajo del umbral del 1’40.
Si unos enanos quieren ser bomberos toreros, una asociación los reconviene y sabotea. Si otros enanos quieren ser atados semidesnudos en despedidas de soltera, viene otra asociación y trata de abortar esta tendencia. Si más enanos allá quieren acudir a fiestas a modo de bufones, una asociación lo denuncia. Si enanos acullá son lanzados a una diana con velcro, no falta la asociación que llama la atención sobre ello. Lo acabamos de ver con el asunto de Yamine Lamal, al que le crecieron los enanos voluntariamente y previo pago para una de sus celebraciones. No sabemos exactamente para qué los emplearon. Quizá sea mejor así, pues este joven futbolista no parece que haya tomado la vía de hacer un grado universitario por la UNED. Su camino vital parece ser otro. Por supuesto, la asociación de marras ya ha protestado.
En esta ocasión ha sido la Asociación de Personas con Acondroplasia y otras Displasias Esqueléticas con Enanismo (ADEE). Otras veces fue la Fundación Alpe Acondroplasia, con ese acrónimo que significa ‘ayúdanos a luchar por la esperanza’ y remite al monte, la cordillera y la altura, producto de una extravagante tormenta de ideas quizá no muy bien enfocada pero sin duda entusiasta. Confiamos en que no haya conflictos también entre displásicos y acondroplásicos, lo que sería otra guerra civil dentro de la guerra civil.
Si observamos con atención, los enanos, llamados rimbombantemente personas de talla baja o de estatura reducida en neolenguaje, jamás protagonizan reivindicación alguna salvo para quitarles el trabajo. Apenas aparecen en los medios en comparación con otro tipo de discapacidades. No se solicita presencia para ellos en parte alguna ni protagonizan las adaptaciones del mobiliario urbano o del entorno laboral en cuanto a accesibilidad. ¿Cuotas especiales? Tampoco. Para colmo, si en una sociedad basada en los entretenimientos y espectáculos más superficiales consiguen trabajo en uno de los sectores más frívolos, llegan los políticos y las asociaciones para que lo abandonen. Los mismos políticos y miembros de asociaciones que dedicarán gran parte de su ocio a las diversiones más vacías en el mejor de los casos, seguramente chabacanas o completamente pervertidas en no pocas ocasiones.
Esta hipocresía que aparenta proteger al enano cuando realmente lo desprecia no nos debe tampoco hacer olvidar la dureza de la vida de estas personas y el hecho objetivo de que muchos de los trabajos a los que han de dedicarse están, en efecto, insertos en la posibilidad de una degradación no deseada, relacionada directamente con el envilecimiento general de una enorme parte de la sociedad. De la misma forma, no puede perderse de vista que otros casos pueden obedecer a la plena libertad del sujeto. Ambas posibilidades con todos sus matices conforman una realidad insoslayable y compleja. Sin embargo, todo esto se trata con ligereza, simpleza y un exacerbado paternalismo que tiende más a realzar de forma narcisista a quien enarbola la bandera de la falsa bondad que a solucionar los problemas de los enanos, paradójicamente reducidos aún más, en concreto a niños sin voz ni voto.
Muchas de estas cuestiones las trata magistralmente la tele-comedia ‘Life’s too short’, protagonizada y producida por Warwick Davis, el enano de ‘El retorno del Jedi’, ‘Willow’ o ‘Harry Potter’. Cuenta las peripecias de un enano que tuvo papeles destacados en Hollywood, una parodia del propio Davis, y que termina, en su decadencia profesional, abriendo una agencia de contratación de enanos para cualquier tipo de evento. Harían bien los participantes en la particular guerra civil en verla con tranquilidad. Asegura carcajadas y una visión del asunto bastante más profunda que la reflejada en medidas que dejan a los demás irreflexivamente sin trabajo. Esto no exime, por supuesto, de analizar la naturaleza concreta de esa ocupación con rigor y ecuanimidad. Hasta el momento tenemos más bien una mezcla del fariseísmo habitual con lo que los creadores de la comentada serie llaman «small-man syndrome», complejo de enanito. Y eso es un error, recordemos la obra ‘Lo demás es silencio’, de Augusto Monterroso, quien aseguraba: «Los enanos tienen una especie de sexto sentido que les permite reconocerse a primera vista». ¿Acaso podemos presumir los «altos» de algo así?