El perol sideralAlfredo Martín-Górriz

El Occidente posmoderno y la mujer

«Parece ser que el problema lo tienen las mujeres, todas ellas jóvenes y religiosas madres, de una sociedad tradicional»

Ahora que la guerra entre USA, Israel e Irán, la enésima contienda anglosionista de la zona, parece remitir hasta nueva orden, observamos que nuevamente se ha recurrido a una estratagema propagandística ya empleada, por ejemplo, hace casi un cuarto de siglo para invadir Afganistán. Aquella contienda se resolvió con casi 70.000 civiles muertos y casi 2’5 millones de personas que tuvieron que huir del país. Entonces se recurrió, entre otras cuestiones, a la intolerable opresión que sufrían las mujeres del lugar. Parece ser que sepultar sus cadáveres bajo los escombros se consideraba una forma de protección. Así ya nadie podía hacerles nada. Recordemos como anécdota que unos días antes de la guerra del Golfo a principios de los 90, se estrenaba la película ‘No sin mi hija’, basada en el libro homónimo. Narraba la lucha de una mujer que se había casado con, precisamente, un iraní, y que decidía escapar del yugo islámico con su hija desde el país oriental. La pobre no se había dado cuenta de que su marido profesaba esa confesión. Estas obras tuvieron un gran éxito y crearon un poso que jamás se ha ido del imaginario colectivo, al menos el de varias generaciones. Semejante introducción viene a cuento porque durante las semanas anteriores han vuelto a pulular por todas partes las imágenes de mujeres en diversas épocas en Irán, en unas a lo mejor sin velo, con pintalabios, en minifalda etc., en las otras ataviadas con ropas tradicionales islámicas. El contraste pretendía decir, una vez más, que las primeras, occidentalizadas, eran libres. Las segundas, presas de su cultura y religión.

Sin embargo no existe civilización que trate peor a las mujeres que el Occidente posmoderno.

En la adolescencia, Occidente le dice a la mujer: «te abandono en el ocio conspicuo de tabaco, alcohol, drogas y promiscuidad, como padre no voy a protegerte, renuncio a ello, incluso te llevaré y te recogeré de los lugares donde te drogarás y fornicarás con desconocidos».

Más tarde, Occidente le dice a la mujer: «nada femenino tiene valor alguno».

Más tarde, Occidente le dice a la mujer: «te generaré problemas de ansiedad y de salud mental desde bien pronto».

Más tarde, Occidente le dice a la mujer: «Ni siquiera vales como esposa, aquel homosexual puede ser también esposa».

Más tarde, Occidente le dice a la mujer: «Ni siquiera vales como madre, aquel homosexual puede ser madre y arrebatarte al niño mediante su compra».

Más tarde, Occidente le dice a la mujer: «El fruto de tu vientre es basura, podemos meter tubos o cuchillos por tu vagina para aspirarlo o hacerlo picadillo».

Más tarde, Occidente le dice a la mujer: «Si permito que seas madre será de muchos menos hijos de los que deseas».

Más tarde, Occidente le dice a la mujer: «Si permito que seas madre, será después de los 35, cuando tu cuerpo se volverá en tu contra con la forma de cáncer de mama postparto».

Más tarde, Occidente le dice a la mujer: «No dejaré que cuides a tu prole debido a tu carga laboral mal pagada, que te obligará a estar fuera de casa».

Más tarde, Occidente le dice a la mujer: «Con el divorcio puedes ser abandonada en cualquier momento sin derecho a protestar ni consecuencias para el adúltero».

Más tarde, Occidente le dice a la mujer: «Impediremos que, en la madurez, busques trascendencia alguna, llevándote al yoga y el mindfulness, con los que exacerbarás el narcisismo y el resentimiento».

Más tarde, Occidente le dice a la mujer: «Te robamos el papel de abuela, tendrás que ser, ahora sí, madre anciana de tus nietas por ausencia de los padres, obligándote a que las coloques en el mismo sitio en el que a ti te abandonaron y en el que será traicionada por su progenitores, inermes ante el ocio conspicuo»

Pero parece ser que el problema lo tienen las mujeres, todas ellas jóvenes y religiosas madres, de una sociedad tradicional. Resulta evidente que, ante conflictos como los de Rusia o Irán, existe, entre otros muchos factores, una dimensión teológica. Este Occidente ateo, más bien anti-Dios, trata de devastar sociedades que aún conservan reductos de tradición que, con ciertas condiciones, pudieran renacer y extenderse. Si contra estos países se desarrollan guerras proxys o bien directas, contra otros, como España, que cuenta con otro reducto de tradición todavía resistente, se emplean estratagemas como la desindustrialización, dependencia energética, destrozo del sector agrícola y dominio de los sistemas culturales y mediáticos. Todo ello con la apariencia legal del régimen del 78. La modernidad sigue intentando destruir esas perlas.

¿Quiere decir todo esto que hay que apoyar al islam? Ni mucho menos. Habría que enarbolar otro Occidente, el Occidente de la tradición católica, derrotado en muchísimas batallas, incluso traicionado dentro de su propia Iglesia, pero aún no vencido. Al islam no se le puede oponer la degeneración y la perversidad. Se le debe oponer el Occidente Católico, que a su vez ha de levantarse, de la forma en que pueda, acaso como «guerrilla» intelectual, contra el Occidente posmoderno.

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