El perol sideralAlfredo Martín-Górriz

Ignacio Echeverría: héroe a secas

«Su altura personal, moral y religiosa los empequeñece y remite a una España anterior que se forjó con personas igual de intrépidas»

Esta semana se cumplen ocho años desde que el español Ignacio Echeverría muriese asesinado, apuñalado por la espalda, por terroristas islamistas tras tratar de defender a una mujer, a la que por cierto consiguió salvar, en medio de un atentado en Londres. Desde el comienzo del suceso, tanto los medios como las redes sociales, se lanzaron a destacar tanto el acto heroico como el artefacto con el que se llevó a cabo: un monopatín. Empezó, de hecho, a conocérsele como el héroe del monopatín, puesto que trató de golpear a uno de los asesinos con el que llevaba en ese momento, pues era aficionado a tal deporte. Ese monopatín está expuesto en el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo (Vitoria). Incluso se ha puesto el nombre de Ignacio Echeverría a varias pistas de patinaje, la última acompañada de un suceso muy triste, pues se trataba de la reinauguración de uno de estos espacios en Gijón. Un grupo de personas decidió que el homenaje al fallecido era el momento idóneo para protestar por el estado del lugar y abuchear e insultar a las autoridades con el padre presente. Sin palabras. Sea como fuere, llama mucho la atención la constante insistencia en asociar la imagen de Echeverría al monopatín, pues aparece por todos lados, como si tuviera vida propia, desde las viñetas dedicadas al natural de La Coruña a cualquier graffiti en diversas ciudades y, por supuesto, todos los homenajes que se le concedan, el último recientemente en Madrid.

Si bien en un principio puede resultar llamativo hasta cierto punto arremeter con un monopatín, pues era lo que llevaba a mano en ese instante, este pequeño vehículo con ruedas adquirió un protagonismo inusual, exagerado, más bien desmesurado. ¿Hubiera sucedido lo mismo de utilizar una raqueta de tenis? ¿Y si hubiera cogido un servilletero de la mesa de una terraza, una silla o una sombrilla? ¿Y si le hubiera lanzado a los asesinos la bici en la que iba? ¿Y si hubiera utilizado un paraguas? ¿Se nombraría pistas de tenis con su nombre? ¿Se pondría Echeverrría en las servilletas o sombrillas? ¿Habría un evento de cicloturismo en su honor? ¿Se venderían paraguas con su firma o se bautizarían ciclones como Ignacio?

Lo cierto es que suena todo bien extravagante, y sin embargo hemos acatado la excéntrica asociación del monopatín a Ignacio Echeverría como una suerte de dúo indisoluble que, en realidad, minusvalora el acto heroico del español, otorgando una importancia descomunal a un dato accesorio. ¿Por qué se ha producido esto? En un primer momento, el recurso del monopatín podía obeceder a la provisional asociación entre las prisas periodísticas, el sensacionalismo y la escasa profesionalidad de muchos comunicadores. Pero la posterior persistencia hasta la obsesión, la elevación del apunte anecdótico a categoría, no tuvieron más tarde nada de inocentes.

Ignacio Echeverría era indudablemente valiente. Para saltar como un resorte en defensa del prójimo en esas circunstancias ha de tener detrás una muy buena educación. Y además sabemos que era católico practicante y muy religioso. Esa combinación de cuestiones positivas y profundas con un sustrato cristiano lo convirtieron en héroe, independientemente del «arma» con la que atacase a los terroristas. Lo hizo con lo que tuvo cerca, y si no hubiera tenido nada a mano seguro que acudiría también al socorro de aquella mujer. Encumbrando el monopatín y esa afición deportiva circunstancial al mismo nivel que su acción, se le termina restando importancia y se desvía la atención acerca del espíritu real de su obra.

Gran parte de la población española es anti-católica, incluso se diría que anti-Dios, indudablemente anti-patriota, y se ríe de conceptos como honor, coraje y entrega, e incluso de otros como el pudor o la mera vergüenza. Tiene, por tanto, en Ignacio Echeverría un espejo en el que, de ningún modo, se quiere reflejar. Su altura personal, moral y religiosa los empequeñece y remite a una España anterior que se forjó con personas igual de intrépidas. Así que el modo de reducir al audaz y caballeroso (defendió a una mujer indefensa), es encumbrar lo episódico, edificar un falso altar al complemento banal. De esta manera, igualan por abajo a su compatriota y esquivan el doloroso reflejo. Las carencias de muchos se proyectan en el monopatín como un fenómeno psicológico de protección.

Ignacio Echeverría está en pleno proceso de canonización, impulsado, entre otros, por la Asociación Católica de Propagandistas, editora de El Debate. Quizá fuese el momento idóneo para considerarle sin monopatín, desproveerle de un artilugio usado de forma sibilina y torticera por todos aquellos que reniegan de los valores de aquel que dio su vida por los demás. Y así, héroe por fin a secas, poder reflexionar sobre aquello que nos falta para elevarnos hacia su lugar, en lugar de bajarle en ruedines hacia una trivialidad interesada.

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