El golpe de calor
«Los termómetros, similares a los de la infancia, y a los de la infancia de los padres y abuelos, empezaron a venir con una advertencia»
El verano se cierne sobre nosotros como Abraracúrcix temía que se desplomase el cielo para aplastar a los galos. El rojo aemet de los mapas del tiempo, pantone basado en una mezcla de lava con costra de sangre de niño en las rodillas, convirtió ya hace unos años a la previsión meteorológica en pronóstico apocalíptico. El habitual calor de la época dejaba de remitir a la siesta con el tour de Francia de fondo, tras ver la enésima noticia sobre medusas en la playa. Ahora el planeta se vengaba por el daño causado. Los termómetros, similares a los de la infancia, y a los de la infancia de los padres y abuelos, empezaron a venir con una advertencia. Los días normales se llenaron de alarmas, unas veces amarilla, otras naranja, sin que nunca supiéramos qué significaban en realidad. Las noches más tórridas, en las que el grillo no releva a la cigarra, sino que cantan juntos hasta el amanecer, se tornaban pesadillescas. En los diarios proliferaban las noticias estadísticas que, absolutamente siempre, conseguían destacar una novedad:
«Sucesión de días más calurosos seguidos entre las 13:00 y las 14:17 en calles con al menos tres plátanos de sombra y acerado con losas de granito liso desde que hay registros»
Todo ellos estaba acompañado de gran escasez de lluvia, lo que favorecía ese tipo de informaciones:
«Julio rompe récords de temperatura en las marquesinas de metacrilato de autobuses en zonas sin sombra desde que hay registros»
Pero hete aquí que llegó la lluvia, se llenaron los pantanos y se rompió el relato, como el amor, de tanto usarlo. Así que las autoridades han acentuado una tónica que ya estaba esbozada: el muerto por golpe de calor. Este fallecido es la muestra palpable del cambio climático. Desde que hay registros. Este año, la muestra se ha hecho oficial, y los muertos por golpes de calor se dividen por provincias, y se clasifican por el Ministerio de Sanidad y sus correspondientes consejerías autonómicas. Para publicitarlos, se utilizan métodos tradicionales del periodismo de sucesos. El golpe de calor es presunto, aún así se informa sobre él. La víctima aparece desdibujada. Se sabe su edad, quizá donde trabajaba o le dio el jamacuco. Pero no se indica su identidad. A veces acompaña el suceso una coletilla sobre patologías previas. Nunca se sabe cuántas enfermedades tenía ni su gravedad. De esta forma, el golpe de calor genera difuntos imprecisos, impersonales y constantes, como si el fuego abrasador de la canícula pudiera envolver a cualquiera a modo de maldición. Hacer una vida normal, disfrutar del verano, podría tener un fatal desenlace. Y todo por culpa de la humanidad, que le incluye a usted.
Como las familias ya no tienen hijos, sino perros, incluso ya se está advirtiendo sobre la importancia de proteger a estas mascotas del golpe de calor. Dada la exagerada consideración que tienen estos animales en nuestra sociedad, no es descartable que pronto sean tratados de forma equivalente en los registros y noticias:
«Muere por golpe de calor un hombre de 88 años con doce patologías previas y un bulldog francés de seis años con dos patologías previas y una tercera no confirmada».
Nuevas alarmas vendrán con nuevos colores, pantones imposibles en los mapas del tiempo, víctimas por doquier con o sin patologías previas. Hidratarse con frecuencia, ir por la sombra, evitar el deporte a las horas centrales del día no servirá de nada. Es sencillamente el verano, el terrorífico verano. El demonio nos vigila chupando un Calippo de lima-limón.