La fuerza de la fe
«Entendiste que el tiempo y la mente tranquila son lujos si se tiene salud»
Todavía con los ojos llenos de lágrimas y, sobre todo, con el alma rota por el vacío que ha provocado tu partida, no puedo dejar de escribir algunos sentimientos y recuerdos que de manera atropellada van atravesando mi mente de la misma forma que pasa en un instante la película de una vida. Decía el sombrerero de Alicia en el País de las Maravillas que «el destino es sabio, sabe a quién ponerte en el camino, ya sea para que se quede contigo o para que te deje una gran lección». Reconozco que tuve esa gran suerte porque hiciste ambas cosas: caminar junto a mí y enseñarme grandes lecciones. Lo tuyo fue la enseñanza y puedes decir que has estado haciéndolo hasta el final de los días. La enseñanza académica la dejaste atrás hace poco más de un año, pero la enseñanza de vida la has continuado hasta el último hálito de tu existencia. No ha hecho falta hablar demasiado en este último mes, aunque también ha habido ocasión de ello contando con un gran esfuerzo por tu parte. Las últimas semanas sólo han sido para estar, acompañar, compartir e incluso para reír como en tantas otras ocasiones.
Fuiste como el sembrador que tiró la semilla a tierra fértil. Siempre trataste de hacer un lugar mejor de aquello que te rodeó. Ten la certeza de que has pasado demasiado deprisa pero has dejado preciosas huellas. Con la misma calma que asumiste el fatal diagnóstico, con la fuerza de la fe, has vivido un año que has colmado de felicidad y objetivos alcanzados. Te he admirado porque las dificultades siempre fueron para ti una oportunidad de mejora, una ocasión de aprovechamiento; sobre todo en el plano laboral en el que salvaste cada una de las piedras con las que intentaron bloquear tu paso. Esa calma a la que hacía referencia la has mantenido demostrando que un alma que anda en paz, llega al final de sus días con la tranquilidad que no logran tener los que la acompañan. –Estoy estupendamente-; esa ha sido tu frase más repetida en el último año. –No tengo dolor, ¿qué más puedo pedir?- decías con alegría una y otra vez.
He comprendido el significado de la palabra amistad junto a ti. He tenido una amiga de verdad y me has confiado gran parte de tu interior. Una amiga para siempre. La vida me regaló un pedacito de cielo en la tierra; una amistad sentida en palabras y en silencios. Te admiraba cuando me contabas cómo te dolían las traiciones, las hipocresías…, porque sabías perdonarlo todo. -¡Ay!, tantos que rezan por mí y algunos deberían rezar por ellos, - me repetías cuando se la estaban jugando a alguno de los tuyos. Ya se sabe que la Iglesia es santa, pero también pecadora, concluíamos.
Hay quienes tienen que ser siempre protagonistas pero tu papel preferido ha sido el secundario, sin darte cuenta de que eras el personaje principal en la vida de todos, eras la flecha amarilla que ha ido marcando muchos senderos. –Maribel, vamos a colaborar en la representación de La vida de San Pedro Nolasco. -¡Qué vergüenza!- Siendo esclavos de las mazmorras, llorando como plañideras, eso ya era otra cosa. Y eso hicimos, disfrutar siendo figurantes. Así eras. Sin buscar el reconocimiento, colaborabas en lo que se te pidiera.
Una escapada en la caravana con tu hijo, un viaje a Ámsterdam en familia, una oración, recoger a tus nietos del colegio, acoger en casa con las puertas abiertas de par en par, un baile por sevillanas, el Camino de Santiago, una copa de vino, estar en la presencia del Señor en tantos lugares diferentes, visitar un museo, pintar o, por qué no, comerte una centolla en el hospital; te ha gustado ser disfrutona y a eso te has dedicado, a entender la vida como un viaje en el que importa verdaderamente el camino. Entendiste que el tiempo y la mente tranquila son lujos si se tiene salud. Y a pesar de que ésta ha fallado, has sabido llevarte una mochila cargada de risas, experiencias y buenos ratos.
Me quedo con la sencillez que te caracterizó. Nunca quisiste ser más que nadie, sino más bien pasar desapercibida. Me quedo con la cercanía hacia todos y cada uno de los que has conocido a lo largo de tu vida. Y, por supuesto, me quedo con todo lo que hemos vivido y compartido este último año. Gracias por haber formado parte de mi vida con tanta intensidad. Probablemente Dios nos puso en esta difícil situación para cambiarnos a través de ti.