En la unidad de la fe
Con ocasión de la visita apostólica a Turquía y la publicación de la carta In unitate fidei por parte del Papa León XIV, confluyen en mí distintos pensamientos que me llevan a intentar dibujar en el tiempo los hechos acaecidos hace mil setecientos años en Nicea. Se me hace inevitable pensar en Osio, obispo de Córdoba, figura clave en la redacción del Credo niceno: «El Papa Silvestre se apoyó en la figura, teológicamente autorizada, del obispo Osio de Córdoba y envió a dos presbíteros romanos» (In unitate fidei, 4). Y uno, al aniversario del citado Concilio ecuménico, el papel del emperador Constantino, promotor del mismo y que previamente había puesto fin a la persecución de los cristianos estableciendo la libertad de religión con el Edicto de Milán. Y, todo esto, también me lleva a admirar el papel memorable que la madre del emperador, Santa Elena, jugó en los años siguientes. Ella, tras el Concilio, viajó a Tierra Santa y logró encontrar la cruz de Cristo.
Siempre entusiasmada por todo lo referente a la santa, de la que yo misma tomo mi nombre, y a su época, fundamental en la historia del cristianismo, la lectura de la carta apostólica de León XIV me condujo a enlazar todo lo anterior así como a comprender la importancia de la formulación del símbolo de la fe que llega a nuestros días.
Me parece de una especial belleza la reflexión del Santo Padre al hablar del Credo: «profesa la fe en el Dios que nos ha redimido por medio de Jesucristo» (In unitate fidei, 7). Y añade: «el Credo niceno no nos habla, por tanto, de un Dios lejano, inalcanzable, inmóvil, que descansa en sí mismo, sino de un Dios que está cerca de nosotros, que nos acompaña en nuestro camino por las sendas del mundo y en los lugares más oscuros de la tierra. Su inmensidad se manifiesta en el hecho de que se hace pequeño, se despoja de su infinita majestad haciéndose nuestro prójimo en los pequeños y en los pobres» (In unitate fidei, 7).
De manera fundamental, me resulta interesante la llamada al examen de conciencia al que, en palabras de León XIV, invita el Credo de Nicea. Lo hace con alguna referencia a la encíclica Laudato si’ del Papa Francisco: «¿Qué significa Dios para mí y cómo doy testimonio de la fe en Él? ¿Es el único y solo Dios realmente el Señor de la vida, o hay ídolos más importantes que Dios y sus mandamientos? ¿Es Dios para mí el Dios viviente, cercano en toda situación, el Padre al que me dirijo con confianza filial? ¿Es el Creador a quien debo todo lo que soy y lo que tengo, cuyas huellas puedo encontrar en cada criatura? (…)» (In unitate fidei, 10).
Por último, la carta realza el valor ecuménico de Nicea y concluye haciendo referencia a la necesidad de «un ecumenismo espiritual de oración, alabanza y culto, como sucedió en el Credo de Nicea y Constantinopla» (In unitate fidei, 12).
Merece la pena hacer una lectura minuciosa del documento para entender la importancia que tiene en la actualidad para la fe de la Iglesia este acontecimiento.