De comienzo en comienzoElena Murillo

Viviendo deprisa

El título elegido para el texto de hoy me lleva de manera inevitable a los años 90, cuando Alejandro Sanz cosechó enormes éxitos con una gira que llevaba precisamente el nombre del mismo álbum que se promocionaba en aquel momento, Viviendo deprisa. Repetía en la letra: «He malgastado mis fuerzas, vida, viviendo deprisa…» Esto me conduce a pensar que más rápido aún estamos viviendo tres décadas después en una sociedad en la que la cultura de la inmediatez hace que no se saboreen cada una de las experiencias surgidas en el transcurso de lo cotidiano.

El acelerado ritmo de la vida hace que el tiempo se diluya dejando pasar cada pequeño instante sin el aprovechamiento merecido. Pasamos de puntillas, por la superficie, sin escudriñar el fondo de las cosas. Damos por buenos los titulares sin que importe mucho el contenido de la noticia o nos dejamos llevar por la crítica sin conocer el interior de las personas. Cuesta cada vez más trabajo suscitar interés por el disfrute de una tarde en la compañía de un libro o por un paseo inspirador sobre las hojas amarillas de los paisajes otoñales. Oportunidades simples para saciarte de la hermosura de la existencia que quedan muy lejos de la hiperconexión que caracteriza a las generaciones más jóvenes, más pendientes de la visualización de una pantalla que de la observación directa de la realidad.

Nuestro mundo, en este sentido, no contribuye a que nos invada la calma. Hace días que llegó la Navidad a las grandes superficies cuando aún está por estrenar el mes de noviembre. No nos ha dado tiempo a comernos las gachas por el día de Todos los Santos y ya estamos siendo bombardeados con los dulces de diciembre. Correr, sentir continuamente que nos arrastra la velocidad y nos hace que vayamos siempre a destiempo. La belleza radica en aprovechar cada momento, «carpe diem quam minimum credula postero» que escribiera el poeta Horacio, aprovechar el día confiando lo mínimo en el mañana, o lo que es lo mismo, vivir de manera consciente cada minuto pero hacerlo con intensidad y sosiego, alcanzando la placidez necesaria, sin agitación.

Quizá sea momento de cultivar la paciencia, de promover el silencio y parar a repensar la propia existencia. La gratificación rápida solamente aporta como resultado un vacío difícil de completar.

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