El puesto número 4 del mercado de El Naranjo
«A veces vengo un poco antes, a eso de las seis y media de la mañana y, por hacer un poco de ejercicio, me pongo los cascos y le doy vueltas al Mercado»
Rafa Jiménez, el último carnicero.
La cosa es que llevaba un par de días dándole vueltas, desde que leí y vi la movida por la prensa de la competencia. Así que decidir subir al barrio de El Naranjo: de los pocos barrios auténticos que aún quedan en Córdoba. El asunto me intrigaba, no sabía cómo enfocarlo ni qué pensar. Había leído algo sobre el último carnicero del mercado del barrio y no acababa de creerlo. ¿Cómo? ¿Un carnicero lleva dos años solo en el último puesto abierto en un mercado de abastos y el Ayuntamiento lo larga? ¿O es una solución razonable la propuesta municipal de reubicarlo en otro puesto de otro mercado de la ciudad, a lo que el susodicho se niega? ¿ Esta situación es consecuencia de la dejadez de las administraciones por no potenciar y proteger este tipo de comercio ancestral? ¿O consecuencia inevitable de las nuevas formas de consumo y dejadez generalizada de la ciudadanía que prefiere comprar y pasar la tarde en un mal de dudoso gusto?
Ante una situación al menos surrealista, ¿Cuál de las dos partes -carnicero o Ayuntamiento- tiene razón? ¿Resistencia de la última aldea gala ante el acoso de los romanos o actitud testaruda de un carnicero tenaz? Así que no me lo pensé dos veces y fui.
Así que, golfo e insolente, y sin permiso, desayuné temprano de sábado café con leche y media tostada con zurrapa en la Sociedad de Plateros justo en frente. ¿Preparativos? Pensé. Pillé la vespa, algo de tabaco, y algo ligero como si fuera un redactor cuarentón de Diario Pueblo y pillé lo justo: la cámara cutre Sony de siempre, el móvil chino cargado, echar antes cinco pavos de sopa a la vespa y un bote de aceite-tres-tiempos en la gasolinera de El Brillante, el bloc de Tío Mike y una docena de ex a la espalda . Iba vestido con una camisa hortera remangada, pantalón corto y unas tenis algo baratas y de segunda mano. Mientras, me dije, alguien debería dejar testimonio de algo que nunca volverá.
Rafa Jiménez, el último carnicero
Arranqué la vespa de la cochera de Santa Rosa aquella mañana de sábado sabiendo que el barrio de El Naranjo es quizás la última trinchera donde nadie es bueno ni malo, pero es. Único. Iba al barrio que tanto conocí en la infancia con mi viejo. Porque iba al Barrio de El Naranjo, e iba a entrevistar al último carnicero de su plaza de abastos. Menos Rafa Jiménez -así se llama el último carnicero de la plaza de abastos- y yo, allí no había nadie. Triste porque, aunque, probablemente sea el último barrio donde pasa lo auténtico, la gente del barrio estaba a otra cosa y compraba en otro sitio.
Rafa Jiménez es el último carnicero del Mercado de El Naranjo, gasta perilla y es un tipo locuaz. Está solo cuando yo llego para la entrevista , al mercado y a su puesto. Poco antes, aparqué la vespa justo al lado en la plaza principal de El Naranjo, en frente. Ey, buenos días le digo. Soy de La Voz de Córdoba, ¿le importa si tiro unas fotos para el periódico? Recorrer los pasillos vacíos con todas las persianas -menos una- cerradas de los puestos del mercado de abastos del barrio de El Naranjo es lo más parecido a una escena apocalíptica, a una distopía de serie televisiva de pago, a un párrafo de novela de ciencia ficción de Philip K. Dick.
Rafa tiene buena percha, tiene 63 años y va mucho a Madrid a ver a sus hijos. Me dice con orgullo. Solos los dos, no hay ningún cliente mientras yo hablo con él. Rafa Jiménez -el último carnicero de la plaza de abastos- me dice que: «A veces vengo un poco antes, a eso de las seis y media de la mañana y, por hacer un poco de ejercicio, me pongo los cascos y le doy vueltas al Mercado, por hacer ejercicio, solo».
El último puesto vivo de El Naranjo
El barrio de El Naranjo surgió a principios de los años 50, cuando comenzaron a construirse las primeras edificaciones de ladrillo, con gran culpa del legendario «Padre Ladrillo», el párroco del barrio don Agustín, que siempre llevaría con orgullo ese apodo. Antes, cuenta la leyenda, los primeros habitantes de la zona fueron «maquis» que se instalaron y escondieron en las cuevas cercanas al cerro donde se levanta el barrio, durante la posguerra. Los primeros habitantes, sin embargo, fueron consecuencia del éxodo rural de los pueblos a nuestra ciudad cuando se conformaron las barriadas urbanas de aluvión durante el franquismo. El barrio del Naranjo es un barrio obrero, aunque en los últimos años se ha visto cercado por nuevas urbanizaciones dada su situación envidiable, en las faldas de la sierra cordobesa.
Rafa Jiménez, el último carnicero de la plaza de abastos, me cuenta que «antes los mercados estaban más protegidos: por ejemplo, no se podían abrir tiendas de comestibles a menos de seiscientos metros de distancia del mercado». Mientras descuartiza un cerdo, me dice que lleva más de 50 años como carnicero: 13 en el mercado de Santa Rosa, y otros 38 entre el mercado viejo y el actual de El Naranjo. Continúa con que el Ayuntamiento le ofrece un puesto vacío en el de La Corredera, donde la licitación de puestos no se cubre. «El mercado, la plaza de abastos tradicional, está acabado», concluye sin perder la compostura, asimilando lo inevitable.
Al salir, bajando con la vespa junto a la estatua del «Padre Ladrillo», el mismo que levantó el barrio, me pregunto qué nos hemos dejado por el camino, sin tener claro si lo inevitable tiene solución. Rafa Jiménez habla con un orgullo de siglos. Fue carnicero en el mercado de Santa Rosa, otros tantos en el viejo mercado de El Naranjo y ahora abre solo -todas las mañanas a las seis para hacer algo de ejercicio entre los pasillos vacíos-, el puesto número 4 de algo parecido a la última carnicería del Mundo. Es el último y está en el Barrio del Naranjo.