Virginia Artacho
Virgina Artacho, superiora de la Filipenses en Córdoba
«Acompañar estas vidas te deja huella, porque hay mucho dolor, un dolor que no es justo que ellas tengan»
La hermana Virginia Artacho repasa siglo y medio de una labor social y religiosa acompañando a menores en situación de desamparo en Córdoba
Una casa sin rótulo en la judería cordobesa. Dentro, ocho adolescentes que han encontrado algo tan sencillo y necesario como un hogar. Las Religiosas Filipenses Hijas de María Dolorosa llevan 150 años haciéndolo posible en Córdoba, desde que llegaron a esta ciudad para dar respuesta a una necesidad que, siglo y medio después, no ha desaparecido.
El pasado 16 de mayo, el obispo de Córdoba, monseñor Jesús Fernández, presidió la eucaristía con la que la comunidad y la familia filipense celebraron el aniversario. La hermana Virginia Artacho, superiora de la comunidad en Córdoba, recibe a La Voz en el centro Buen Pastor, donde estas religiosas acogen a menores tuteladas por la Junta de Andalucía —muchachas cuyo entorno familiar no ha podido, o no ha sabido, protegerlas— y les ofrecen lo que no figura en ningún papel: alguien que simplemente esté.
Virginia Artacho
- La primera pregunta, ya que estamos en el 150 aniversario, es cómo llegan las Filipenses a Córdoba y por qué en ese momento.
- Nos fundamos gracias a un religioso filipense en Sevilla, ante la situación que él observaba en lo que hoy es el Parlamento de Andalucía y que entonces era el hospital de las Cinco Llagas. En aquel tiempo, las órdenes religiosas masculinas más fuertes en Sevilla eran los jesuitas y los filipenses. El padre Francisco García Tejero, nuestro fundador, era el capellán del hospital. En su labor pastoral diaria, visitaba la sala de venéreas y veía que había jóvenes que ingresaban, se curaban y al poco tiempo regresaban. ¿Qué ocurría con ellas?
Se dio cuenta de una situación de esclavismo: mujeres del campo que llegaban a la gran urbe sevillana, caían en la prostitución y, una vez allí, sus familias las repudiaban y no les quedaba más opción que volver. Fue entonces cuando se encontró con Dolores Márquez, una sevillana de la nobleza que quería entrar en clausura y que se confesaba con él. García Tejero empezó a decirle: «Hay una obra que nos está llamando». El inicio fue muy duro: llegaron a acusar a Dolores de haber puesto un prostíbulo. Hablamos de 1860, 1865.
Nace así una pequeña casa en Sevilla, sin ser aún congregación. Pero el padre, viendo la vocación religiosa de Dolores, propone fundar una congregación, y nace la de las Religiosas Filipenses de María Dolorosa.
Con el paso de los años, distintos obispos de distintas diócesis van reclamando esa obra: vamos a Jerez, vamos a Antequera. Desde Córdoba nos llaman unos canónigos que ven aquí una labor por hacer. El fundador llega en diciembre de 1875, y la comunidad se conforma canónicamente en enero de 1876. Por eso celebramos el 150 aniversario ahora: porque la llegada fue en diciembre y la fundación canónica, en enero. Venimos a cubrir las necesidades que la propia Iglesia de Córdoba había detectado.
- Una situación similar, entiendo, a la que ocurría en Sevilla.
- Exactamente. Y muy pronto se dan cuenta de que hay que ayudar tanto a las que ya han caído como a las que están en riesgo —familiares o hijas de mujeres en esa situación—. Por eso trabajamos, a día de hoy, con mujeres en situación de prostitución. Pero muy tempranamente, en los orígenes de la congregación, nace también lo que hoy denominamos protección de menores. En Córdoba trabajamos en red con organismos que atienden directamente a la mujer prostituida, pero nuestra labor principal aquí es esa: la protección de menores.
Hay que decir que la merma de vocaciones religiosas —no solo entre las Filipenses, sino en todas las congregaciones de Europa, masculinas y femeninas— nos obliga a priorizar. Antes tuvimos presencia también en Puente Genil, con una casa y un centro de menores. Ahora mismo estamos únicamente en Córdoba.
- En Puente Genil hubo cierta polémica con el edificio. Es curioso que una sociedad que apela a la justicia y a la solidaridad luego no quiera tener cerca el desamparo.
- Ni el desamparo, ni el migrante, ni quien pueda necesitar ayuda. Creo que en parte es miedo a lo desconocido, y en parte es el desconocimiento mismo sobre estos menores y estas realidades, que acaba alimentando bulos que no son ciertos. La realidad en Córdoba son ocho chicas, adolescentes, del sistema de protección: muchachas que son víctimas de su entorno familiar o de determinadas circunstancias.
- ¿Cuál es el perfil de las chicas que están aquí?
- Nosotras tenemos la guarda de estas chiquillas por múltiples causas. Cuando se declara el desamparo de un menor, puede ser por razones económicas, sociales, drogadicción en el entorno, situaciones ajenas a la propia menor. Estoy muy empeñada en que los centros de menores se visibilicen en positivo, porque cuando la sociedad escucha «centro de menores», nadie quiere uno cerca. Y sin embargo, todos celebramos el Día del Niño. Estos también son niños, y son víctimas.
Hay que distinguir, además, que los centros de menores tienen distintos apellidos: hay centros de menores infractores y centros de menores de protección. La sociedad tiene que hacerse cargo de estos niños. Algo habremos hecho mal para que en el siglo XXI siga habiendo más de dos mil niños en el sistema de protección en Andalucía.
Virginia Artacho
- Aunque sea difícil reconocerlo, hoy en día hay niños y niñas que se encuentran solos, sin padre ni madre como figuras parentales reales.
- Eso viene de una exclusión social y económica dura y mantenida en el tiempo. Cuando me preguntan por nuestro índice de éxito o de fracaso, siempre digo que esto es muy difícil de medir. Cuando consigues que una persona se estabilice y su futuro cambie, ¿eso cuenta como uno o como todo lo que viene detrás? Cada persona va a generar su propia familia, su propia historia.
Recuerdo siempre una conversación con el abuelo de una chiquilla que teníamos en Cádiz —tenemos otro centro allí—. El abuelo le decía: «Tienes que romper la cadena, tienes la posibilidad de no repetir la historia». Eso es lo que intentamos: capacitar a estos chiquillos para que puedan romper esa cadena familiar.
- ¿Cómo es el día a día? ¿Cómo se trabaja con ellas?
- Los centros de menores de protección tienen diversos programas. El nuestro se llama atención residencial básica, y lo que eso significa es que intentamos que esto sea una casa lo más parecida posible a una casa familiar. Una normalidad absoluta: ahora están en el instituto, van a sus extraescolares, salen, entran, vamos a la feria. Lo que haría cualquier adolescente con su familia. La única diferencia es que aquí vivimos doce. La organización tiene que adaptarse —igual que en una familia numerosa— a compartir baños, a ponerse de acuerdo en los horarios. Pero no hay más diferencia que esa.
En cuanto al acompañamiento: el sentido de nuestro carisma sigue siendo completamente vigente, porque lo que las personas necesitamos es alguien que esté con nosotros. No que nos dé cosas —eso es añadido—, sino que esté. Contamos con un equipo de profesionales —educadores, psicólogos, trabajadora social—, porque esto es una licitación pública en la que podría concursar cualquier empresa. Pero la diferencia, ni mejor ni peor, es que nosotras vivimos aquí. Los educadores vienen en su turno; nosotras nos levantamos, nos acostamos, comemos y pasamos la Semana Santa con ellas. Eso es lo que ofrecemos.
- ¿Las chicas mantienen relación con su entorno familiar?
- Depende de las circunstancias, pero la inmensa mayoría, sí. Como congregación, tenemos muy claro que a la familia biológica hay que intentar sanarla también, en la medida de lo posible, porque las personas no somos islas. Ellas tienen que avanzar en su historia y trabajar esos vínculos. La mayoría de las que están o han estado aquí mantienen algún tipo de relación con sus padres, unas más y otras menos, porque su familia va a ser siempre su familia. Hay familias con las que conviene no estar, y la ley a veces así lo establece, pero no es tan coercitiva como para romper el vínculo de forma definitiva. Se van dando pasos y, si va bien, se sigue avanzando. El centro siempre es el niño o la niña.
- Son 150 años, pero la exclusión sigue siendo la misma.
- Qué pena. Hemos avanzado muy poco. Las situaciones son similares: las conductas adictivas del entorno han cambiado de forma, pero siguen ahí; la precariedad económica también; la violencia, igual. El abuso se ha dado siempre. Y la mujer sigue siendo la más vulnerable.
Virginia Artacho, durante la entrevista
- ¿Es la mujer más propensa al desamparo?
- No sabría decir si lo es más en términos estadísticos, pero sí tiene más dificultades para superarlo. Las mujeres seguimos cargando con el peso familiar como una cuestión de género. Con mucha más frecuencia, ellas vuelven a la familia. Los programas de mayoría de edad tienen más plazas femeninas, pero el índice de éxito es menor que en los varones. ¿Por qué? Porque cuando una mujer se queda embarazada, el varón puede desaparecer. Esa realidad todavía existe y hay que seguir trabajando en ella.
- ¿Qué ocurre si una chica de aquí se queda embarazada?
- Ha ocurrido en alguna ocasión. La Junta de Andalucía tiene programas específicos para acompañar a menores gestantes, pero en algún caso sí hemos tenido a la niña aquí y ha nacido el bebé. Se da muy poco, en parte porque trabajamos la educación sexual con ellas. Y por desgracia también hay interrupciones del embarazo, que probablemente sean otra causa de esa baja incidencia.
- ¿Hay seguimiento de las chicas una vez que salen?
- La mayoría se normaliza y crea su propia familia. Y muchas mantienen el vínculo con Santo Domingo de Gracia, que es como se llama el centro. Eso es de lo más bonito, y de lo que más le sirve a quien está pasando por aquí ahora mismo. Con mucha frecuencia vienen chicas que estuvieron aquí —ya madres, ya trabajando— con su hijo o con su pareja, y son ellas mismas las que se sientan con las que están ahora. Siempre traen algo: unos dulces, unos caramelos. Y siempre dicen lo mismo: «Aprovechad. Yo estuve igual. Se puede conseguir».
¿Se mantiene con todas? No voy a engañarte: depende mucho de cómo cada niña haya vivido el proceso. No todos los que son declarados en desamparo lo viven como una protección; muchos lo viven como que les han quitado de su casa. Pero hay más de las que seguimos que de las que no. Hay chicas que están trabajando en el hospital Reina Sofía, en supermercados. Hay una red de apoyo real.
- ¿Cómo llegó usted a las Filipenses?
- Las Filipenses tenemos solo dos colegios en España, y el origen tiene su historia. Al principio, en Sevilla, no querían a nuestras niñas en ningún colegio. La fundadora dijo: «Pues pongo yo uno». Así se fundó el primer colegio gratuito femenino de Sevilla, no porque quisiéramos fundar un colegio, sino porque no dejaban formarse a nuestras niñas. La formación es el puente para el salto; no hay otro. En Antequera fundaron el segundo como fórmula para generar ingresos y sostener la obra.
Yo soy de Antequera y estuve en ese colegio desde los tres años hasta tercero de BUP. Veía a las monjas dar clase y aquello no me atraía en absoluto. En unas convivencias nos llevaron a Puente Genil, donde había un centro de menores. No tenía ni idea de que existía esa realidad. Ahí me picó la avispa. Me resistí mucho, porque me considero una persona muy libre y el voto de obediencia —que alguien te diga qué hacer y dónde vivir— me pesaba. Tardé mucho en decidirme.
- ¿Y cómo lo vive hoy?
- Hoy, a pesar de las dificultades, no lo cambiaría. Hay muchos días duros: acompañar estas vidas te deja huella, porque hay mucho dolor, un dolor que no es justo que ellas tengan. Ese dolor genera muchas veces rabia, y hay que sostenerla. Pero cuando ves que un proyecto sale adelante, las protagonistas son ellas siempre. Las verdaderas heroínas son ellas. Yo siempre se lo digo a los educadores: ¿qué habríamos hecho nosotros con las circunstancias que han tenido ellas? Al menos sabes que has formado parte de esa tirita en su dolor.
Virginia Artacho, vista por Samira Ouf
- Aprovechamos el 150 aniversario para saber más de su labor, que parece muy desconocida.
- No se conoce nuestro trabajo, y en parte es culpa nuestra. Queremos preservar la intimidad de ellas por encima de todo: nadie tiene por qué saber quiénes son ni dónde están. Por eso siempre nos hemos negado a poner «centro de menores» en la fachada. Esta es una casa, y aquí vivimos nosotras, dando respuesta a las necesidades de estas chiquillas. Esa reserva es una elección consciente. Pero también es cierto que la sociedad estigmatiza y prefiere no saber, y cuando habla de centros de menores, casi siempre es para lo negativo. La sociedad tiene que darse cuenta de que esa imagen no es la real. Y los medios de comunicación tenéis que tener ahí una palabra certera.