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Josep Bernabéu-Mestre

Josep Bernabéu-Mestre, en una imagen de archivo

Gastronomía

Quién es Josep Bernabéu-Mestre, ganador del Premio Nacional de Gastronomía a la investigación

Su trabajo se ha construido desde una gran competencia intelectual y una humildad extraordinaria

Hay premios que reconocen un éxito puntual y otros que iluminan una trayectoria. La concesión a Josep Bernabeu-Mestre del Premio Nacional de Gastronomía a la Investigación e Innovación 2026 pertenece, sin duda, a esta segunda categoría. La Real Academia de Gastronomía ha querido distinguir una labor prolongada en la que alimentación y gastronomía, salud, historia, territorio, cocina y cultura han dejado de aparecer como materias separadas para formar parte de una misma reflexión.

Me alegra especialmente este reconocimiento porque conozco bien la seriedad con la que Josep se ha acercado a la gastronomía. No es hombre de afirmaciones deslumbrantes y pasajeras, ni de ocurrencias destinadas a conseguir un titular.

Su trabajo se ha construido desde una gran competencia intelectual y una humildad extraordinaria: estudiando, relacionando disciplinas, formando equipos y tratando de comprender qué significa verdaderamente alimentarse en un entorno como el alicantino. Y en tiempos de ruido, esa perseverancia posee un valor especial.

Josep Bernabeu-Mestre es doctor en Medicina y catedrático de Historia de la Ciencia en la Universidad de Alicante. Su recorrido académico ha transitado por la medicina y las humanidades; por la enfermería, la salud pública y la nutrición y, finalmente, por los estudios gastronómicos. Ha ejercido responsabilidades al frente de programas de doctorado, grupos de investigación y estructuras universitarias. Entre 2018 y 2021 dirigió académicamente el Centro de Gastronomía del Mediterráneo UA-Dénia, Gasterra, y desde 2017 está al frente de la Cátedra Carmencita de Estudios del Sabor Gastronómico.

Desde la historia de la salud pública y la epidemiología histórica, Josep fue incorporando a sus investigaciones la nutrición comunitaria, la historia de la alimentación, la gastronomía y la recuperación del patrimonio culinario tradicional. Esta mirada resulta particularmente necesaria porque durante demasiado tiempo la gastronomía fue tratada como una materia menor. Parecía pertenecer exclusivamente al ámbito de la receta, la hostelería o el entretenimiento. En el extremo contrario, algunas aproximaciones científicas redujeron la alimentación a una suma de nutrientes, calorías y recomendaciones sanitarias. Josep ha contribuido a superar ambas simplificaciones.

La gastronomía no es únicamente aquello que se cocina. Es también aquello que una comunidad aprende a cultivar y a criar, y después a conservar, a transformar, a compartir y a transmitir. La cocina tradicional, desde su perspectiva, no se contempla como una reliquia pintoresca, sino como un depósito de experiencias que debe ser estudiado críticamente. La salud, por su parte, no se reduce a la prohibición o al miedo, sino que puede construirse desde el gusto y la convivialidad, desde la educación y a partir de unas habilidades culinarias bien transmitidas.

Investigar el patrimonio gastronómico exige acudir a los archivos, pero también a las cocinas. Exige la lectura de documentos y, al mismo tiempo, prestar atención a quienes han conservado los procedimientos, el vocabulario y los gestos. Y recuperar esas voces no es un ejercicio sentimental; es completar el registro histórico. Estudiar la gastronomía no significa apartarse de los grandes problemas históricos y sociales, sino aproximarse a ellos desde uno de sus escenarios más reveladores.

La cocina tradicional no sobrevivirá únicamente porque la declaremos patrimonio. Necesita productores, cocineros, familias y jóvenes capaces de comprenderla y practicarla. Necesita investigación, pero también educación alimentaria. Necesita proteger el territorio, garantizar la transmisión de las técnicas y evitar que la uniformidad industrial borre diferencias construidas durante siglos.

Tampoco debe convertirse en inmovilismo la defensa del patrimonio gastronómico. Una tradición incapaz de dialogar con el presente acaba reducida a escenografía. El verdadero desafío consiste en conservar el conocimiento que contiene, distinguir lo esencial de lo accesorio y permitir que siga evolucionando sin perder su identidad.

En este punto se encuentran muchas de nuestras ilusiones comunes: reforzar la consideración académica de la historia de la alimentación; crear espacios de colaboración entre historiadores, médicos, nutricionistas, antropólogos, productores y cocineros; recuperar archivos y testimonios; mejorar la educación gastronómica y mostrar que una alimentación saludable no tiene por qué construirse contra el sabor, la cultura o el placer de compartir la mesa.

Quedan muchos proyectos por desarrollar. Y eso es también una buena noticia.

El Premio Nacional de Gastronomía reconoce ahora a Josep Bernabeu-Mestre, pero reconoce igualmente una determinada manera de entender nuestro campo: rigurosa sin ser rígida, comprometida con el territorio sin encerrarse en el localismo y abierta al diálogo entre ciencia y cultura. La Real Academia de Gastronomía ha realizado la gran labor al diseñar un premio en el que cabe todo esto, y los buenos premios sirven para señalar aquello que merece ser preservado y fortalecido.

En este caso se distingue una labor intelectual generosa, paciente y necesaria. Una forma de trabajar que no busca convertir la gastronomía en espectáculo, sino en conocimiento; que no contempla la tradición como un decorado, sino como una responsabilidad. Y que entiende que detrás de cada alimento hay siempre una historia humana. Por todo ello, me alegra el premio. Y todavía me alegra más pensar en el trabajo que queda por hacer juntos.

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