Dos visitantes admiran piezas únicas de relojería en el Museo Patek Phillipe de Ginebra.

Dos visitantes admiran piezas únicas de relojería en el Museo Patek Phillipe de Ginebra.André Meier

Los magníficos tesoros que ofrece Ginebra cuando se mira la ciudad como un reloj

El cantón lanza una guía y varios itinerarios para descubrir edificios, parques, mercados, museos, talleres y restaurantes vinculados a su condición de capital mundial de la alta relojería

Cuando cae la noche sobre el lago Lemán y el Ródano, Ginebra ofrece un espectáculo curioso. Si en Broadway y en el West End son los carteles de los musicales los que iluminan sus concurridas calles, aquí son los nombres de las grandes manufacturas relojeras los que se encienden uno tras otro alrededor del agua. A diferencia de Nueva York o de Londres, en esta capital de Suiza no sube ningún telón ni suena ninguna orquesta, pero tiene su propio espectáculo que ofrecer al visitante: la apasionante historia de una ciudad que destaca por su forma elegante y precisa de estar en el mundo midiendo el tiempo.

Una nueva guía propone un conjunto de itinerarios para descubrir Ginebra desde su condición de capital de la medición de las horas, los minutos y los segundos

Las autoridades del cantón ginebrino, en colaboración con la Fondation de la Haute Horlogerie, impulsan esta nueva manera de vivir la ciudad a través de su relación tan particular y estrecha con el tiempo. Para ello acaban de lanzar una guía y reforzar un conjunto de itinerarios que proponen descubrir Ginebra desde su condición de capital de la medición de las horas, los minutos y los segundos. Rutas, visitas y experiencias se encadenan pieza a pieza, como los componentes de un calibre o de un tourbillon, desde los símbolos más icónicos de la ciudad hasta los rincones donde todavía laten los oficios que han forjado su identidad a lo largo de los siglos.

Tradición y artesanía

La Tour de l'Île (Torre de la Isla) sobre el río Ródano.

La Tour de l'Île (Torre de la Isla) sobre el río Ródano.Getty Images

Tal vez el mejor punto de partida para adentrarse y entender el protagonismo histórico de Ginebra en la industria relojera sea el Parc des Bastions, porque allí la religión y el tiempo se dan la mano. Las inscripciones del Mur des Réformateurs ayudan a entender cómo empezó todo: el gran muro reúne a cuatro grandes figuras del protestantismo, entre ellas Juan Calvino, el reformador ginebrino que impulsó las leyes que prohibían la ostentación y obligaban a vestir con sobriedad. Las joyas dejaron de estar permitidas y muchos artesanos se quedaron sin oficio. Pero si las joyas eran vanidad, el reloj podía considerarse un instrumento útil, casi científico, y por tanto seguía siendo aceptable.

La austeridad del calvinismo impidió la ostentación de joyas, pero el reloj se consideraba un instrumento útil y, por tanto, aceptable de lucir

Muchos de esos artesanos se volcaron entonces en la relojería, justo cuando la ciudad empezaba también a acoger a los hugonotes franceses que huían por motivos religiosos y aportaban una gran destreza en la mecánica y el trabajo del metal. La confluencia de estos dos factores, ambos ligados a la religión, explica en buena medida el origen de la tradición relojera ginebrina.

Ciudad de relojeros

Pont de la Machine, centro dedicado a la relojería de alta gama.

Pont de la Machine, centro dedicado a la relojería de alta gama.Andre Meier

En el siglo XVIII, miles de relojeros se instalaron en el barrio de Saint-Gervais, cerca del Ródano. Entonces la vida giraba en torno a la Place Saint-Gervais, un entramado de calles estrechas y edificios donde se aprovechaba cada rincón y, bajo los aleros, en los áticos orientados al norte, trabajaban los cabinotiers, artesanos que dependían de la luz natural para ensamblar piezas minúsculas durante horas.

Hacia 1800, casi una cuarta parte de los habitantes de Ginebra vivía directa o indirectamente del reloj

Hacia 1800, esta parte de la ciudad, conocida como «la Fabrique», empleaba a unas cinco mil personas sobre una población de apenas veintiséis mil habitantes: casi una cuarta parte de Ginebra vivía directa o indirectamente del reloj. Hoy el barrio sigue siendo céntrico y muy agradable para pasear, con fachadas históricas restauradas, pequeñas plazas, tiendas, cafés y restaurantes que conservan la escala de entonces.

Estatua de Jean Jacques Rousseau en Ginebra.

Estatua de Jean Jacques Rousseau en Ginebra.Andre Meier

Basta sentarse en una terraza y levantar la vista hacia los tejados para imaginar las historias que han salido de estas casas, entre ellas la de un joven Jean-Jacques Rousseau que, antes de convertirse en filósofo, pasó por el banco de aprendiz para seguir con la tradición familiar.

El símbolo: un chorro de agua

Vista de Ginebra con el Jet d’Eau al fondo.

Vista de Ginebra con el Jet d’Eau al fondo.Schweiz Tourismus/Stephan Engler

Además de la luz, la otra razón por la que tantos relojeros se concentraron en Saint-Gervais fue la proximidad del Ródano, primera gran fuente de energía de la ciudad. De sus aguas dependía una red de instalaciones hidráulicas que alimentaba con agua a presión talleres, fuentes y fábricas, muchas de ellas vinculadas a la mecánica de precisión. De esa necesidad técnica nacería, a finales del siglo XIX, uno de los grandes símbolos de Ginebra: el Jet d’Eau, que hoy lanza unos quinientos litros de agua por segundo y se eleva hasta unos 140 metros, pero que empezó como una simple válvula de seguridad para liberar el exceso de presión del sistema.

El Jet d’Eau lanza unos quinientos litros de agua por segundo y se eleva hasta unos 140 metros

Aquel escape funcional, mucho más bajo, se trasladó con el tiempo al lago y se convirtió en emblema. Quien recorre hoy la ribera puede ver, además del célebre chorro, dos huellas nobles de ese pasado industrial: el Pont de la Machine, sede de la Fondation de la Haute Horlogerie y espacio de exposiciones sobre relojería y oficios artesanos, y el Bâtiment des Forces Motrices, la antigua central hidroeléctrica reconvertida en sala de conciertos y teatro sobre el río.

El jardín que es un reloj

La Horloge Fleurie o el reloj de flores, en el Jardín Anglais.

La Horloge Fleurie o el reloj de flores, en el Jardín Anglais.Getty Images/Rostislav Ageev

Muy cerca del Jet d’Eau, en el Jardín Anglais, otro icono vuelve a unir ciudad y relojería: la Horloge Fleurie. Creado en 1955, este reloj floral tiene una esfera formada por más de dos mil plantas que se renuevan con las estaciones y unas agujas plenamente funcionales, con un segundero de unos dos metros y medio que figura entre los mayores del mundo. Es un jardín-reloj que cambia de color a lo largo del año y recuerda, en versión botánica, hasta qué punto Ginebra vive pendiente del tiempo.

Torres del tiempo

Torre Molard en Ginebra.

Torre Molard en Ginebra.Getty Images/Henryk Sadura

Desde la orilla, el paseo puede continuar hacia la rive droite, donde torres como la Tour de l’Île y la Tour du Mollard siguen escondiendo historias en sus fachadas. Esta última conserva una curiosidad que a los guías les gusta contar: en el siglo XIX llegó a mostrar tres esferas distintas, cada una con una hora diferente para Ginebra, Lyon y Berna, como esas recepciones de hotel que hoy marcan Nueva York, Londres y Tokio, antes de que la llegada del ferrocarril obligara a unificar los husos horarios. Relojes de sol, esferas pintadas y pequeñas lunas metálicas recuerdan al caminante que, mucho antes de que la ciudad se llenara de nombres de grandes manufacturas, ya había aquí un skyline de torres pendientes del tiempo.

Viaje por la historia del reloj

Exterior del Museo Patek Phillipe.

Exterior del Museo Patek Phillipe.GenèveTourisme / www.geneve.com

Los museos refuerzan ese relato. En Plainpalais, en un edificio industrial de 1919, se encuentra desde 2001 el Museo Patek Philippe, considerado uno de los mejores museos del mundo dedicados a la relojería. Reúne unas 2.500 piezas y una biblioteca con más de 8.000 trabajos dedicados a la medición del tiempo. La colección antigua funciona como un viaje en la historia del reloj, desde los primeros ejemplares portátiles del siglo XVI hasta las piezas de principios del XIX. A partir de ahí, el recorrido se centra en los relojes de bolsillo y de pulsera creados por Patek Philippe desde 1839, con algunas de sus grandes complicaciones.

Interior del Museo Patek Philippe.

Interior del Museo Patek Philippe.André Meier

El museo es también un escaparate de las artes que acompañan al oficio, del grabado al esmalte, del engastado de gemas al guilloché, y de la cantidad de manos que intervienen en la creación de un solo reloj; es aquí donde el visitante puede hacerse una idea clara de lo que supone el Sello de Ginebra (Poinçon de Genève), algo así como una «denominación de origen» aplicada a los movimientos más exigentes del cantón. El Museo de Arte e Historia completa el panorama con una colección de relojes, esmaltes, joyas y miniaturas que ancla la relojería en la identidad artística de la ciudad.

Aprender a montar un reloj

Iniciativas como Initium proponen cursos de relojería.

Iniciativas como Initium proponen cursos de relojería.GUILLAUME PERRET

La experiencia relojera no se limita a mirar vitrinas. Iniciativas como Initium proponen cursos en los que un maestro relojero introduce al visitante en la teoría y la práctica de un movimiento mecánico: qué es un escape, cómo respira un volante, por qué un calibre late a una determinada frecuencia. Después llega la parte más delicada: ponerse la lupa y desmontar, para luego volver a montar, un mecanismo con unas pinzas diminutas.

En los cursos Initium, el participante sale con un reloj montado por él mismo

En los programas más largos, el participante sale con un reloj montado por él mismo, recuerdo y rito de iniciación a la vez. La Fondation de la Haute Horlogerie y la Watches and Wonders Geneva Foundation completan este universo con talleres, exposiciones y visitas a manufacturas como Frédérique Constant o Franck Muller, mientras que en la explanada de Plainpalais, los miércoles y sábados por la mañana un mercado de antigüedades permite rebuscar entre relojes de segunda mano y piezas «vintage», hoy más codiciadas que nunca.

Guiños gastronómicos

Restaurante F.P. Journe

Restaurante F.P. Journeen.fpjourne-le-restaurant.ch

Este recorrido relojero admite también algún guiño gastronómico. En un histórico edificio cervecero, La Bavaria, el relojero François-Paul Journe ha abierto F.P. Journe Le Restaurant, un bistró elegante donde la alta cocina dialoga con la alta relojería. A orillas del lago, el Breitling Kitchen, fruto de la colaboración entre la maison y el cocinero Nicolas Fauré, combina terraza, cocina contemporánea y guiños discretos al universo de los cronógrafos. Y, para rematar, siempre queda la opción de llevarse un recuerdo más ligero: una tableta o un bombón de chocolate moldeado como un reloj, de los que llenan los escaparates del centro. No dará nunca la hora con precisión suiza, pero concentra en un solo bocado dos de las grandes señas de identidad del país.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas