Château la Commaraine, el castillo de Borgoña reconvertido en hotel de lujo para los amantes del enoturismo

Château la Commaraine, el castillo de Borgoña reconvertido en hotel de lujo para los amantes del enoturismoLucile Godet

El castillo de Borgoña con 900 años de historia que reabre como hotel de lujo

El histórico Château la Commaraine, fundado en 1112 y rodeado por su propio viñedo Premier Cru, reabre en Pommard como una de las grandes novedades enoturísticas del verano

Este podría bien ser el comienzo de una de esas películas en las que unos estadounidenses sofisticados recorren Europa en bicicleta y, al doblar una curva, se encuentran con un viejo castillo que cambiará sus vidas. Esto fue, más o menos, lo que les ocurrió en 2017 a Denise Dupré y Mark Nunnelly, que pedaleaban por Borgoña cuando llegaron a Pommard, uno de esos pueblos de la Côte d’Or donde cada viñedo tiene nombre propio y casi una genealogía. Allí, protegido por antiguos muros de piedra, apareció imponente el Château la Commaraine, un castillo fundado nada menos que en 1112 y vinculado a los duques de Borgoña.

El Château la Commaraine es un castillo fundado nada menos que en 1112 y vinculado a los duques de Borgoña

La escena podría recordar a un capricho de película, pero sus protagonistas no eran dos turistas en busca de una huida romántica ni unos recién llegados deslumbrados por la vieja Europa. Dupré había enseñado gestión hotelera en la Universidad de Referencia, como Cornell y Harvard; Nunnelly venía del mundo financiero. Juntos reunían algo bastante más sólido que un flechazo.

Viejas viñas de pinot noir

Picnic para huéspedes en los viñedos del castillo

Picnic para huéspedes en los viñedos del castilloLucile Godet

Primero se fijaron en las viejas viñas de pinot noir del clos de la Commaraine, un Premier Cru de 3,63 hectáreas y, además, un raro clos monopole: una parcela amurallada propiedad de un solo dueño en una región donde los viñedos suelen estar divididos entre muchos productores. Después entendieron que aquel château medio dormido también podía volver a la vida como hotel.

Vista de los terrenos que rodean al castillo

Vista del tejado y los terrenos que rodean al castilloJohn Athimaritis

El lugar ayudaba. Pommard, con apenas quinientos habitantes, dos châteaux, una iglesia del siglo XVIII y 28 climats Premier Cru reconocidos, no es un nombre menor en la geografía sentimental del vino francés. Sus pinot noir aparecen mencionados en Madame Bovary y forman parte de esa Borgoña donde cada ladera, cada muro y cada nombre de parcela parecen tener peso propio. A poco más de cuatro kilómetros queda Beaune, capital oficiosa del vino borgoñón y puerta de entrada natural a la Côte d’Or.

Enoturismo de lujo

Suite del castillo sobre la "cuverie"

Suite del castillo sobre la «cuverie»John Athimaritis

El resultado, tras casi una década de trabajo desde la compra de la propiedad, acaba de abrir sus puertas como uno de los proyectos más singulares del pujante enoturismo de lujo en Europa. Pero su interés va más allá de la reapertura de un castillo medieval. El nuevo hotel pertenece a una generación de establecimientos que entiende que el lujo ya no se mide solo en el grosor de las alfombras, la calidad de las sábanas o la precisión del servicio como en los tiempos de César Ritz. Aunque, naturalmente, todo eso se da por supuesto.

El nuevo hotel pertenece a una generación de establecimientos que entiende que el lujo ya no se mide solo en el grosor de las alfombras

Lo que ahora distingue a muchos proyectos de alta gama es su capacidad para abrir al viajero espacios que antes quedaban fuera de la escena. Primero fue la mesa del chef. Después llegaron los huertos, los productores locales y las cenas en granjas. En Borgoña, el territorio natural de esa evolución estaba en el vino. En Pommard, además, la idea resulta casi inevitable, porque el hotel no está simplemente rodeado de viñas, sino integrado en un domaine en activo, con una cuverie donde se elabora el vino y un clos Premier Cru protegido por muros de piedra.

Experiencia completa

Piscina exterior del Château la Commaraine

Piscina exterior del Château la CommaraineLucile Godet

El huésped puede acercarse a las cepas, entrar en la bodega, asistir a catas y seguir parte del proceso que hay detrás de una botella borgoñona. Visto desde Manhattan, Mayfair o algún despacho acristalado de Singapur, todo esto podría recordar, con un punto de ironía, al Hameau de la Reine, la aldea campestre donde María Antonieta jugaba a ser pastora sin salir de Versalles. Pero en Pommard hay una diferencia esencial: la viña no está allí para completar la fantasía rural del huésped, en realidad lleva allí cientos y cientos de años.

El huésped puede acercarse a las cepas, entrar en la bodega, asistir a catas y seguir parte del proceso que hay detrás de una botella borgoñona

Ese pedigrí casi milenario fascina especialmente a muchos viajeros de Estados Unidos que en verano hacen las maletas y cruzan el charco hacia regiones como la Toscana, el Chianti o Borgoña, en busca de esa Europa antigua, rural y refinada que, además, pueden disfrutar con una copa de buen vino en la mano. En Château la Commaraine, además, van a encontrar una curiosa conexión con su país. En 1787, Thomas Jefferson pasó por Pommard. No era todavía presidente de Estados Unidos, sino ministro plenipotenciario de su país en Francia, y recorría las regiones vinícolas con una curiosidad muy seria. Los vinos de Commaraine debieron de gustarle, porque encargó una barrica de la añada 1785, equivalente a unas 124 botellas, con destino a su bodega personal. Más de dos siglos después, el domaine ha registrado el nombre TJ para su vino más exclusivo, un guiño discreto a aquel ilustre pedido que cruzó el Atlántico.

Cuidada restauración

Restaurante del castillo

Restaurante del hotelJohn Athimaritis

La restauración ha requerido varios años de obra y una intervención especialmente delicada, en la que participaron algunas de las empresas especializadas que también trabajaron en la recuperación de la catedral de Notre-Dame de París tras el incendio. Pero el resultado no se queda en la recuperación arquitectónica. El château reúne hoy 37 habitaciones y suites, spa, piscina, dos restaurantes y una nueva cuverie que funciona como corazón operativo del domaine. El dato importante, casi más que la piedra o las vigas, está ahí: este año, con la nueva bodega, la vendimia de sus uvas biodinámicas volverá a hacerse en la propia finca por primera vez desde antes de la Segunda Guerra Mundial.

Baño de una de las suites del castillo

Baño de una de las suitesJohn Athimaritis

Por dentro, el hotel combina el aire imponente de un castillo borgoñón, con piedra vista, torres, vigas de roble y suelos de tablones anchos, con una decoración mucho más ligera de lo que el envoltorio medieval podría hacer pensar. Dominan los cremas, los ocres suaves, las maderas claras y la piedra blanca local. Todo parece pensado para acompañar la edad del edificio, no para disfrazarla. Algunas habitaciones miran directamente a los viñedos, y una suite se asoma a la cuverie, como si la maquinaria del vino siguiera trabajando justo debajo de la cama. El spa y la piscina exterior completan la parte más hedonista del proyecto, aunque también parecen concebidos para no hacer sombra ni al château ni a este calmo paisaje de viñedos.

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