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Niños mirando el móvil en una imagen de archivoPexels

«No es realista pedir a un adolescente que use el móvil de forma responsable», dice un psicólogo 'influencer'

Alberto Soler, que tiene medio millón de seguidores en Instagram, explica por qué «darle un móvil a un niño o a un adolescente es como ponerle ante una barra libre de chuches y esperar que se controle»

Un reciente informe de la fundación Anar estimaba que el 55 % de los problemas de los adolescentes está relacionado, de un modo u otro, con el mal uso de la tecnología. Cifra que a buen seguro muchos padres elevarían varios puntos porcentuales a tenor de la cantidad de discusiones y tensiones familiares que tienen que ver con la cantidad de tiempo que pasan con el móvil —y el tipo de contenido que consumen—, los niños y adolescentes.

Bien lo sabe el psicólogo e influencer valenciano Alberto Soler, que cuenta con más de 551.000 seguidores en su perfil de Instagram @asolers y que recibe, a diario, numerosos mensajes y comentarios de padres, madres y profesores preocupados con este tema.

Como una barra libre de chuches...

Por eso, es muy frecuente que en sus reels y stories Soler aborde esta problemática, trascendiendo las recetas prefabricadas y los tips «infalibles» y apelando a la responsabilidad de los adultos a través de las explicaciones biológicas del comportamiento infantojuvenil.

Justo lo que ha hecho en uno de sus últimos vídeos, en los que recuerda que «esperar que una niña, niño o adolescente se autorregule con el móvil es como darle barra libre de chuches y esperar que pare solo: no va a funcionar. Y no es culpa suya: es neurobiología».

Este psicólogo clínico, autor de títulos como Niños sin etiqueta o Hijos y padres felices, explica de forma coloquial el motivo: «Durante la infancia y la adolescencia, el sistema límbico, que es la parte del cerebro que busca placer inmediato y que responde a las emociones, está a tope de power».

Sin embargo, «la corteza prefrontal, que nos ayuda a frenar los impulsos, a planificar y a tomar decisiones y a autorregularnos, no termina de desarrollarse hasta aproximadamente los 25 años. Y en medio de ese desequilibrio es cuando llegan los móviles y las redes sociales», señala.

Diseñados con «patrones oscuros»

Soler, que dirige junto a su esposa un centro de Psicología infantil con casi una decena de profesionales, recuerda a los padres cómo «muchas plataformas están diseñadas específicamente para influir en nuestro comportamiento a través de lo que se conoce como patrones oscuros, estrategias que buscan maximizar el tiempo de uso y la adicción hacia estas plataformas».

Algo que, señala, hacen «con notificaciones constantes, recompensas intermitentes como los Me gusta, los emojis o los comentarios, el scroll infinito o contenidos que van directos a las emociones». Un diseño nada casual que «nos lleva a comportamientos compulsivos: revisar el teléfono sin parar, no poder desconectar, quedarnos enganchados horas sin darnos cuenta…».

Y, si esto –apunta– «ya nos afecta a las personas adultas, en niñas, niños y adolescentes, cuyo cerebro todavía está madurando, el impacto es aún mayor: menos atención, más impulsividad, peor memoria de trabajo y más dificultades para filtrar las distracciones».

«La responsabilidad es nuestra»

Este experto, que acumula miles de visualizaciones en cada uno de sus contenidos, recuerda a los padres que «justo en la etapa en la que el cerebro debería estar consolidando las conexiones entre el sistema límbico y la corteza prefrontal, todos esos estímulos digitales interrumpen ese desarrollo, activan en exceso la parte emocional y frenan la parte racional».

Y concluye con un llamamiento a todos aquellos padres que entregan un dispositivo móvil a sus hijos, esperando que puedan regularse incluso mejor de lo que lo hacen ellos mismos: «No, no es realista pedirles que hagan un uso responsable porque biológicamente no pueden hacer ese uso responsable. Y, ya lo siento, pero la responsabilidad de acompañar, proteger y poner límites es nuestra, no de ellos».