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La presencia de menores en redes sociales tiene pros y contras

La presencia de menores en redes sociales tiene pros y contrasPexels

Los riesgos del sharenting

El peligro de convertir a tus hijos en contenido para redes sociales

El positivo testimonio público que dan las familias en redes sociales tiene un reverso, en ocasiones tenebroso, que impacta en la relación, presente y futura, entre padres e hijos

La práctica es tan habitual que ya se ha acuñado un término –en inglés, cómo no– para describirla: el sharenting. Y que no es sino compartir imágenes de los hijos en redes sociales fuera del entorno familiar, en ocasiones de forma indiscriminada, para sumarse a la última tendencia, difundir sus fotos o videos en algún tipo de contenido comercial, o simplemente para mostrar al público momentos corrientes del día a día.

Los hay, incluso, capaces de hacer bromas muy pesadas a sus hijos para sumarse al meme de moda y ganarse un puñado de likes, a costa de mofarse de sus propios hijos. Por ejemplo, padres que graban videos mientras atemorizan a niños pequeños con filtros de terror, o los que rompen huevos en la cabeza de sus propios hijos mientras graban su reacción.

Argumentos a favor y en contra

Dejando a un lado este grupo injustificable, quienes defienden la difusión de imágenes y videos que, de un modo u otro, retratan la vida íntima de los hogares y, por tanto, de los niños que los conforman, argumentan la importancia del testimonio familiar para que las redes –y su influencia social– no se conviertan en un escaparate de solteros famosos, comportamientos hedonistas o vidas irreales.

Algo así como si la red hubiese democratizado el ejercicio, hasta ahora reservado a los famosos, de mostrar de forma más o menos controlada la vida íntima del hogar.

Sus detractores, por el contrario, ponen sobre la mesa los riesgos de exponer a los hijos a la maldad que se agazapa en Instagram o TikTok, esgrimen el derecho de los niños a su intimidad, y censuran que se convierta a los menores en «contenido» del que, de un modo u otro, se lucran sus padres.

Diferentes contextos

Ahora bien, ¿es comparable subir fotos de nuestros hijos o nietos (en este caso, con el consentimiento de los padres) a Facebook o Instagram, cuando tenemos el perfil privado y un reducido grupo de amigos, que hacerlo cuando tenemos el perfil abierto (o sea, que puede ser visto por cualquiera), o que lo hagan influencers con miles de seguidores?

La psicóloga Elena Calleja, que cuenta con más de 87.000 seguidores en redes, explica que «no es comparable en absoluto y la diferencia es abismal: un perfil privado restringe el acceso a un círculo controlado, mientras que uno público convierte la imagen del niño en parte del dominio digital, donde cualquier desconocido puede apropiarse, compartir o manipular su imagen».

En el caso de los influencers, matiza, «la situación se torna aún más grave, porque el menor deja de ser solo un niño para convertirse en un ‘personaje’ dentro de una narrativa de marca, con todas las implicaciones que conlleva: su imagen ya no le pertenece, sino que puede ser explotada, monetizada y expuesta a miradas imprevisibles».

Un testimonio positivo

Calleja es consciente de las implicaciones positivas que, en un plano social, puede tener el testimonio de la familia en redes sociales. «La paternidad visible –explica– puede ser un motor de cambio si muestra modelos saludables de crianza, si dignifica el papel de los cuidadores, o si normaliza la vulnerabilidad y el aprendizaje constante de ser padres».

Sin embargo, «el problema surge cuando la paternidad se convierte en espectáculo. Si la intimidad de los niños se mercantiliza o se usa para generar engagement, estamos ante una distorsión peligrosa de lo que significa criar. Porque la infancia no es performance, ni estrategia de contenido», apunta.

Si la intimidad de los niños se mercantiliza o se usa para generar engagement, estamos ante una distorsión peligrosa. La infancia no es performance, ni estrategia de contenidoElena CallejaPsicóloga clínica e influencer

Estos ejemplos de paternidad en redes, señala la psicóloga clínica, también tienen un impacto positivo en quienes los reciben, porque «ver modelos de crianza respetuosa, de familias funcionales, de vínculos seguros y amorosos puede ser profundamente inspirador, brindar herramientas, validar emociones y generar comunidad».

Y también para quienes crean contenido de forma profesional en torno a sus hijos «puede ser una experiencia catártica, una forma de encontrar ‘tribu’ y pertenencia en la soledad de la crianza, una ocasión para reflexionar sobre su propio papel e inspirarse para hacerlo mejor».

Una distorsión de la realidad

Sin embargo, Calleja alerta de que «hay que ser cautos, porque la 'paternidad positiva' que vemos en las redes a menudo está editada, filtrada y escenificada. Y la línea entre inspiración y comparación tóxica es finísima». Además, «puede volverse una trampa, porque la presión de 'producir' contenido sobre la paternidad puede distorsionar la experiencia real de criar: ¿Estoy disfrutando este momento con mi hijo o estoy pensando en cómo se verá en Instagram?». Así, el riesgo que la propia Calleja ha visto en consulta «es que la paternidad deje de ser vivida para empezar a ser 'representada'».

Esa comparación, explica esta experta en inteligencia emocional, es uno de los mayores peligros que esconde el sharenting (término que nace de la unión entre los vocablos ingleses share, compartir, y parenting, paternidad).

Paternidad adulterada

«La infinitud de imágenes de familias idílicas puede generar una sensación de insuficiencia, de estar fallando como madre o padre. La paternidad real está llena de caos, errores y días oscuros, y eso rara vez se muestra en redes», afirma.

E incluso en los casos en que se muestren esos momentos aciagos, «compararnos con una versión higienizada de la crianza puede hacernos daño en nuestra autoestima y minar la confianza en nuestras propias decisiones».

Impacto psicológico en padres e hijos

Más aún. Como explica Calleja, para los creadores de este tipo de contenido (ya sean influencers con miles de seguidores, o padres y madres que se vienen arriba compartiendo imágenes de sus hijos), el impacto psicológico de perder la intimidad puede convertirse en un problema enorme: «Cuando alguien expone demasiado su vida en redes, empieza a sentir una gran presión por mantener la imagen que ha creado. Esto puede generar ansiedad y hacer que nos preocupemos demasiado por cómo nos ven los demás».

Además, hay otros riesgos importantes, «como confundir la vida real con la vida en internet –y puede llegar a un punto en que importe más cómo se ve la vida en redes que lo que realmente está viviendo–; la necesidad de mostrar sólo lo bonito y ocultar lo difícil, que puede llevar a minimizar los problemas reales de los hijos o convertirlos en entretenimiento, sin darnos cuenta; o no saber distinguir qué es lo privado y qué es íntimo, de modo que se comparten detalles personales de los niños sin pensar en cómo se sentirán ellos en el futuro».

Un perfil creciente

Sólo en Instagram, el número de usuarios que utilizan la aplicación cada mes se ha incrementado en 140 millones entre 2021 y 2024, y ya hay más de 1.450 millones de usuarios activos mensuales, que se estiman superarán los 1.500 millones en 2026. Con este crecimiento constante y exponencial de las redes, también el número de personas que publican el día a día de sus hijos se ha disparado.

El 7 % de todos los 'influencers' de Instagram se dedican a la difusión de contenidos de familia

Según un reciente estudio de Hypeauditor –una de las plataformas más potentes del mundo en la gestión de creadores de contenido– cerca del 7 % de todos los influencers de Instagram se dedican a la difusión de contenidos de familia. Tendencia que, en muchos casos, «termina por convertir a los niños en 'contenido', y eso –apunta Elena Calleja– es muy preocupante, porque muchas veces los niños dejan de ser solo niños y se comparten sus momentos especiales, sus enojos, sus historias más personales… sin que ellos puedan decidir».

Impacto en la relación padres-hijos

Y eso sí que no es un juego de niños, porque «puede afectarles de varias maneras: primero, pueden estar en peligro en Internet, porque cualquier persona de entre millones de usuarios puede usar sus fotos u obsesionarse con ellos; segundo, no tienen control sobre su propia vida, porque todo se muestra sin preguntarles y puede llegarles a personas de su entorno incluso sin que ellos lo sepan; y tercero, porque crecen acostumbrándose a que todo se comparta, perdiendo el necesario sentido del pudor y la intimidad».

Y como lo que ocurre en la vida en internet tiene su impacto en la vida offline, también este estilo share de la paternidad afectar, y mucho, en la relación real (presente y futura) entre padres e hijos.

«Si un niño crece viendo que sus anécdotas, fotos, videos o historias se comparten sin que él decida, puede sentirse usado o poco importante. Puede pensar que lo que él quiere no cuenta, o que su privacidad no tiene valor. E incluso, con el tiempo, puede hacer que confíe menos en sus padres y que sienta que su vida fue contada para otras personas sin que él tuviera madurez para gestionarlo», matiza Calleja.

Los derechos de los niños en internet

Y lanza con una batería de preguntas: «¿Qué derecho tiene un niño a ser olvidado en internet? Dado que vivimos en una era en la que lo que se sube a la red difícilmente desaparece, ¿Qué pasa cuando ese niño crezca y no quiera que su infancia esté documentada públicamente? ¿Qué herramientas le estamos dejando para recuperar su privacidad?»

«Ser padre o madre es un privilegio –concluye esta psicóloga clínica–. Si de verdad amamos a nuestros hijos, deberíamos preguntarnos cada vez que subimos una foto de ellos: ¿Esto lo haría sentir seguro, respetado y protegido en el futuro? Y si la respuesta es no, tal vez la mejor opción sea guardar ese momento en el álbum familiar y no en la nube pública».

Los nuevos riesgos de la IA

A quienes publican fotos o videos de sus hijos en perfiles abiertos, o crean contenido con detalles demasiado precisos de su vida (incluso aunque no se les vea la cara), la psicóloga clínica e influencer Elena Calleja recomienda caer en la cuenta del nuevo escenario que se ha abierto con la irrupción de la IA y la posibilidad de manipulación de imágenes, audios o cruce de datos.
«Antes, compartir una foto significaba algo así como pegarla en un álbum familiar. Hoy, compartir significa exponer a un niño a la Inteligencia Artificial, a la suplantación de identidad, al acoso digital, a bases de datos que podrían almacenar su rostro para usos que desconocemos». Así que, dado que «el contexto ha cambiado, la ética de la exposición infantil en redes debería cambiar con él».

Este artículo ha sido publicado en La Antorcha, la revista por suscripción gratuita que edita la Asociación Católica de Propagandistas.

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