Gritar es una de las formas de comunicación más implantadas en el cerebro del niño
El «efecto Lombard»: por qué los niños hablan tan alto (y cómo ayudarles a hacerlo sin gritar)
El volumen elevado de los pequeños no suele buscar llamar la atención, sino que refleja una etapa de desarrollo natural. Entender por qué hablan fuerte ayuda a acompañarles con ternura y eficacia
No hace falta entrar en un aula de Infantil o Primaria para comprobarlo, aunque allí el fenómeno sea más patente: basta con tener a un niño pequeño cerca para darse cuenta de que, por norma general, hablan tan alto de manera cotidiana que parece que están gritando.
La experiencia es unánime: durante la primera infancia, es decir, desde los 3 y hasta casi los 7 años, los niños suelen hablar a gritos, sin importarles dónde se encuentren, sin mala intención y hasta casi sin ser conscientes de ello.
Y la ciencia ha demostrado que, aunque lo hagan saltándose normas que saben deben cumplir (como, por ejemplo, guardar silencio en una biblioteca o hablar en voz baja en la iglesia), ese tono tan alto no suele reflejar un síntoma de desobediencia. Se trata, simplemente, de una etapa evolutiva que conjuga inmaduros mecanismos cerebrales, una forma intensa de comunicarse con el mundo que están descubriendo, y una respuesta automática propia del comportamiento humano.
El «efecto Lombard»
El origen casi instintivo de este «altavoz incorporado» es el llamado «Efecto Lombard», observado cuando alguien ajusta su voz para hacerse oír en ambientes ruidosos.
Lo curioso es que el fenómeno fue descubierto por un ornitólogo francés, Étienne Lombard, al estudiar cómo algunos pájaros cantaban más alto si había ruido en el entorno. Después observó que también lo hacían los monos y los humanos, y que los niños lo hacían «por defecto».
En el caso de los niños, este fenómeno se da de forma natural como parte de su evolución personal. Dicho de otro modo: los pequeños tienden a hablar más fuerte, de forma inconsciente, para asegurarse de que los demás les escuchen... aunque no sea necesario o no haya ruido a su alrededor.
Una orden que no sale del cerebro
En estos primeros años de vida, además, su cerebro no está maduro, en especial las áreas que regulan tanto el comportamiento como las emociones.
Como resultado, cuando por cualquier motivo (un juego, una situación desagradable, estar todos juntos en la mesa o sentirse seguros por estar junto a sus padres rodeado de desconocidos en la biblioteca) los niños se emocionan, y de forma casi literal no pueden moderar su respuesta emocional porque su cerebro no manda esa orden y terminan hablando a voces.
Esa inmadurez cerebral propicia también la natural impulsividad de los niños, que resulta otro factor determinante para esos gritos a destiempo.
Lo natural puede esconder problemas
Según un análisis del psicólogo Borja Quicios en la publicación especializada Guiainfantil, «gritar y hablar alto cuando son pequeños es su forma natural de comunicación», fruto de ese dinamismo, alegría y falta de filtro emocional.
Aunque, claro está, no hay que descartar otros motivos subyacentes. Así, este experto recuerda que conviene estar atentos para no confundir esa querencia natural hacia el grito con otros problemas conductuales. Por ejemplo, el deseo de llamar la atención (por ejemplo, por estar acostumbrados a ser el foco de atención en un entorno familiar con cada vez menos niños y más adultos), posibles trastornos de audición, e incluso la inhibición de los padres a la hora de corregir comportamientos disruptivos (como hablar a gritos en un restaurante, querer focalizar la atención en una fiesta de cumpleaños ajena, o correr y gritar en una celebración religiosa).
Cómo hacer que hablen más bajo
Para reconducir este hábito, que puede llegar a ser muy molesto para los propios niños de alrededor, los adultos (también los hermanos mayores) pueden ayudar con gestos bastante sencillos:
Utilizar un tono de voz más templado al hablar con los niños, porque los niños tienden a imitar el comportamiento de los padres.
Guardar, y hacer guardar, el turno de palabra cuando haya varios niños, para evitar que traten de sobreponer voces.
Usar señales visuales, como un gesto de dedo en los labios o tocar la oreja, antes que levantar la voz.
Elogiar el buen uso del volumen y reforzar positivamente cuando bajan la voz, para incentivar el aprendizaje sin generar tensión.
Y, sobre todo, conviene armarse de paciencia, reconducir con cariño tantas veces como sea necesario... y recordar que, si no tercian otros problemas, ese comportamiento tenderá a desaparecer entre los 6 y los 8 años.