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Abrudeño, autora de "49 cosas que debes enseñar a tus hijos antes de los 16"

Abrudeño, autora de «49 cosas que debes enseñar a tus hijos antes de los 16»Salvador Pulido

Autora de '49 cosas que debes enseñar a tus hijos antes de los 16'

Adelaida Abruñedo, experta en gestión emocional: «Nuestros hijos tienen que aprender que no todo vale»

«Enseñar a nuestros hijos que la vida no es justa les permite coger las riendas de su vida y tomar mejores decisiones», explica esta coach familiar y divulgadora en su último libro 49 cosas que debes enseñar a tus hijos antes de los 16 (Espasa)

En un contexto social saturado de información y tips, con la Inteligencia Artificial en pleno desarrollo y las redes sociales cuajadas de gurús sobre los más variados temas, no es fácil para los padres (ni para los hijos) distinguir cuáles son los granos de verdadero conocimiento necesario, y cuáles no son más que paja y ruido mental.

Justo por eso, la escritora y especialista en inteligencia emocional Adelaida Abruñedo ha querido sintetizar en su último libro los principios que todo adolescente debería tener claro antes de adentrarse en el mundo adulto.

Autora de varios títulos de éxito, como Eres la gran influencer de tus hijos y Afronta conversaciones difíciles con éxito, esta coach y divulgadora, que cuenta con más de 122.000 seguidores sólo en Instagram, habla con El Debate de su último libro, 49 cosas que debes enseñar a tus hijos antes de los 16 (Espasa).

–Dice que «todo comunica: lo que haces y también lo que no haces». Aplicado a los padres, ¿en qué se traduce?

–Se traduce en la forma en que estamos con ellos, cómo les tratamos cuando, por ejemplo, no se comportan como nosotros queremos: si les castigamos quitándoles nuestra atención o por el contrario dirigiendo una mirada reprobatoria, si les retiramos la palabra, si guardamos rencor, si dejamos de ser cariñosos o les ninguneamos... No es solamente lo que dices o haces, sino los chantajes velados qué utilizas cuando se portan «mal» o de forma diferente a lo que esperas. Somos los adultos quienes debemos mostrar el camino.

–Usted da muchos ejemplos prácticos. De esto, ¿podría ponerme alguno?

–Si nos han hecho daño, retirar el cariño no es la solución. Lo adecuado es hacerles una narrativa de lo que ha sucedido y de cómo nos hemos sentido para que puedan entender qué está pasando y cómo solucionarlo o evitarlo en el futuro. Si me he sentido triste porque me ha mentido, lo mejor es explicar las consecuencias de sus actos, por ejemplo, la pérdida de confianza y cómo puede afectar a la relación. Creemos, de forma equivocada, que ellos van a entender que algo está mal por el hecho de que nosotros creamos que está mal y eso no es así. Están formándose como personas y necesitan una guía, un traductor de la vida que les acompañe y les enseñe. Y esos somos nosotros, los padres y madres. Pero no dedicamos tiempo a enseñarles. Muchas veces estamos más tiempo enfadados con ellos que siendo pacientes. Y ¿qué aprenden de ese modo? A estar más tiempo enfadados que a ser pacientes con nosotros.

–¿Cómo se logra eso que propone, de cómo hablar para que nos escuchen, y cómo escuchar para que quieran hablarnos?

–Hay varias formas para fomentar que quieran hablarnos, principalmente evitando ser unos «ToLoSas» (esas personas que «Todo Lo Saben»), porque genera mucho rechazo. Si cada vez que nuestro hijo viene a hablarnos les damos consejos (no solicitados), somos condescendientes, hacemos de menos su opinión, pensamos que lo que nos tienen que contar es una tontería, les interrumpimos, terminamos las frases por él, somos impacientes o estamos distraídos haciendo otras cosas, desde luego no estamos fomentando que quieran hablarnos. Y al mismo tiempo, si cuando hablamos con ellos sólo lo hacemos de temas que a nosotros nos interesan (notas, exámenes, amigos conflictivos...), hacemos interrogatorios constantes, si no les hablamos con respeto, si les sermoneamos todo el tiempo o no encontramos el momento adecuado para hacerlo, está claro que van a cerrarse en banda.

–Y si eso es lo que no hay que hacer, ¿qué es lo que sí debemos hacer para que quieran hablar con nosotros?

–En el libro enseño los antídotos a todos esos comportamientos, porque la comunicación debe ser un equilibrio entre hablar y escuchar. Debemos saber qué queremos transmitirles, cómo hacerlo para que el mensaje cale, ser coherentes y respetuosos, tener la mente abierta a sus razonamientos, realizar preguntas de curiosidad de forma que genere complicidad o propósito de entendimiento en lugar de un enfrentamiento vacío... Y ser pacientes: nuestros hijos quizás no saben expresar aún cómo se sienten y necesitan tiempo para ordenar lo que quieren decirnos.

–De las 49 cosas que propone, ¿cuáles serían el Top 3 de las más importantes que debemos enseñarles?

–En mi top 3 pondría la que dejé en el número 49: «Hacer sentir bien a la gente no depende de nosotros, hacerles sentir mal, sí». No es misión de nuestros hijos hacer felices a los demás, ni siquiera a nosotros. Sin embargo, deben saber que el modo en el que actúan puede afectar muy negativamente a cómo se sienten los demás. Imagina la lección tan valiosa que les estamos enseñando, tanto para su autoestima y autoexigencia, e incluso para mitigar situaciones de acoso tan presentes en los entornos en los que vivimos. En segundo lugar, pondría «dar las gracias cuando ayudan», porque están en una posición en la que pueden aportar en lugar de necesitar, y eso permite pensar en la generosidad sin contrapartida. Y por último, «mostrarse vulnerables ante los demás», puesto que confundimos la vulnerabilidad con la debilidad y nada más lejos de la realidad. Mostrarse vulnerable ayuda a generar mucha más conexión con los demás, a evidenciar que a veces fallamos y que no lo sabemos todo y que apreciamos la información, el apoyo o acompañamiento de los demás y eso está bien.

No es misión de nuestros hijos hacer felices a los demás, ni siquiera a nosotros. Sin embargo, deben saber que el modo en el que actúan puede afectar muy negativamente a cómo se sienten los demás

–¿Y las 3 más urgentes tal y como está la sociedad? Pienso en la necesidad del juicio crítico frente a las redes, por ejemplo...

–La primera sería la referente a la construcción de la autoestima y que ésta sea la adecuada. Esto requiere trabajo de los padres en las primeras etapas de la vida para construirla, y más en la adolescencia para mantenerla y reforzarla, sobre todo en estos tiempos donde nuestros hijos dependen demasiado de la validación externa más que de sus fortalezas y verdadera esencia. Enseñar esto desde casa va a cimentar la fortaleza mental que necesitan para quererse y aceptarse tal cual son.

–Otra sería la triada: pienso-siento-actúo, porque les va a ahorrar mucho sufrimiento en su vida y además serán capaces de responder con serenidad en lugar de reaccionar a lo que sucede. Van a ser capaces de gestionar, no lo que sienten, porque todo lo que sienten es correcto, sino cómo exteriorizar lo que sienten. Nuestros hijos tienen que aprender que no todo vale. No es aceptable un comportamiento irrespetuoso –como gritar, empujar, o romper cosas– aunque la emoción que subyace detrás sea válida: el enfado o la ira. Conocer esta triada ayuda a expresar las emociones en la forma adecuada, con la persona correcta, con la intensidad justa y en el momento apropiado.

Y, desde luego, el que mencionas de la capacidad crítica es imprescindible explicárselo y hacérselo entender hoy en día. En una sociedad con tantas opiniones y tan polarizadas, ser capaces de distinguir entre medias verdades es fundamental. Y eso se hace en casa y desde casa, siendo un buen modelo para que aprendan. ¡Y permitir el debate y la argumentación respetuosa en el hogar es primordial, aunque es algo que no solemos hacer!

–Le pregunto por un último grupo: ¿Cuáles son las dos cosas más difíciles de enseñar? Porque habla sin ambages, por ejemplo, de que la vida no es justa, de cómo vivir el duelo, de que las amistades a veces nos traicionan, de que a veces toca vivir a contracorriente…

–Tú mismo lo estás aportando con muy buen criterio: decirle a un niño o adolescente que la vida no es justa es complicado, porque sin una explicación adecuada genera mucho sufrimiento pensar que mereces que las cosas salgan como tú quieres, o que se van a cumplir tus deseos si te esfuerzas lo suficiente, o que toda buena acción tiene su recompensa. Nosotros, como adultos, sabemos que, a veces, las cosas no son fáciles. Y sin embargo, conocer este hecho hace que podamos gestionar la frustración con una actitud más positiva, viviendo la vida como protagonistas de la película y no como actores secundarios. Aceptar que la vida no es justa nos permite tomar las riendas de nuestra vida, y aceptar lo que sucede con la actitud más adecuada para afrontarlo nos permite tomar las decisiones más acertadas, y tener mayor resiliencia y fortaleza mental.

Otro tema peliagudo, especialmente en la adolescencia, es el de las amistades y cómo aprender a reconocer aquellas que son genuinas. Esas, por ejemplo, que no te obligan a esconder tu esencia o que se alegran de tus éxitos. Acompañarlos en los momentos en los que se producen crisis y ayudarlos a salir reforzados de situaciones dolorosas es prioritario, porque necesitan pertenecer y sentirse parte de algo.

Enseñar a nuestros hijos que la vida no es justa les permite tomar las riendas de su vida, tomar decisiones más acertadas y tener más fortaleza mental

–¿Y qué quiere decir con eso de «comerse una vaca»? ¡No parece el consejo más común que le daríamos a un hijo!

–No, no lo parece y, sin embargo, es algo que en mi casa me ha ayudado particularmente con mi hija mayor, y que también enseño en mis asesorías de crianza y coaching. Es una forma de hacer entender a nuestros hijos cómo afrontar las cosas que quizás en un principio nos abruman, y cómo acometer proyectos que pueden parecer muy grandes, aprendiendo a gestionar la frustración, la motivación, la disciplina y la constancia sin desfallecer en el intento. Esta enseñanza tiene su base en la filosofía de la mejora continua que he utilizado en innumerables ocasiones con equipos de alto rendimiento con lo que he trabajado durante años: cómo dar pequeños pasos, por insignificantes que parezcan, hacia nuestro objetivo, con un esfuerzo mínimo y un resultado asombroso.

–No quiero dejar de preguntarle por qué es tan importante enseñarles a pedir perdón ¡y pedírselo!…

–Enseñarles a pedir perdón pasa primero por cambiar el foco: en vez de obligarlos a pedir perdón («venga, ¡pídele perdón a tu hermana por haberle hecho daño!»), debemos empezar a pedir perdón nosotros primero cuando nos equivocamos o los herimos. Porque a veces hacemos daño sin querer, o sea, sin darnos cuenta, y otras veces lo hacemos sin querer a la otra persona, o sea, sin tener en cuenta a la otra persona. Son cosas muy sutiles que marcan la diferencia. Y pedir perdón tiene unos pasos muy concretos que hay que seguir si buscamos de verdad reparar el vínculo. La forma en que los padres y madres pedimos perdón, sienta las bases para que nuestros hijos acepten a su lado a una persona honesta y sincera o, por el contrario, a una persona manipuladora. ¿No sería maravilloso ofrecer a nuestros hijos una herramienta que les protegiera de narcisistas y ególatras? Pues aquí está. Eso sí, como te decía, hay que seguir unos pasos, entender las razones por las que los hacemos, y desde luego cambiar el comportamiento para que no sea un ciclo vicioso en el que herimos y pedimos perdón una y otra vez. Es la única forma en la que aprenderán a pedir perdón de forma sincera y cuidada.

–Por último, ¿qué es lo que yo no le he preguntado y es importante decir?

–Me gustaría pedir que amemos a los hijos que tenemos y no a los que hubiésemos querido tener. Está claro que nos gustaría que nuestros hijos fueran los mejores o sobresalieran, pero si eso no sucede o no lo hacen en el ámbito que a nosotros nos gustaría, no tratemos de modelarlos a nuestro gusto o hacerles sentir que no son suficientes. Sepamos quererlos tal cual son, con todas sus cosas maravillosas y también con los defectos que tienen. Porque nadie es perfecto y eso está bien. Todos somos diferentes y aceptar esa diferencia, quererlos por ser como son, es el regalo más valioso que podemos hacer. Y no sólo a nuestros hijos sino a cualquier persona a la que estimemos.

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