«Cualquiera ve un vídeo con diez síntomas de TDAH y dice que reconoce a sus hijos» alerta un psiquiatra
Nuestra sociedad «ha desarrollado una relación cada vez más evitativa con el malestar» que nos lleva a patologizar cada incomodidad personal o familiar, como explica el psiquiatra español de ascendencia japonesa Kazuhiro Tajima.
El psiquiatra hispano-japonés Kazuhiro Tajima
Nunca hemos hablado tanto de salud mental como ahora. Y eso, en muchos sentidos, es una excelente noticia. Durante décadas, acudir a un psicólogo o a un psiquiatra estuvo rodeado de estigma. Hoy sabemos que pedir ayuda no es una señal de debilidad y que cuidar nuestra salud mental y la de nuestros familiares debería ser tan natural como cuidar nuestra salud física.
Pero precisamente porque hemos avanzado tanto en la normalización de la salud mental, creo que debemos afrontar ahora un nuevo reto: aprender a distinguir entre sufrir y estar enfermo.
Existe el riesgo de que, en nuestro intento por comprender mejor nuestras emociones y las de nuestros hijos o familiares, terminemos convirtiendo cualquier experiencia desagradable en un trastorno. La tristeza se convierte en depresión, la preocupación en ansiedad, la dificultad para concentrarse en TDAH y la incomodidad ante determinadas situaciones en algún tipo de patología. Y no siempre es así.
Una ruptura sentimental puede doler. Un duelo puede desestabilizarnos. Tener problemas en el trabajo puede producir ansiedad. Sentir miedo antes de una decisión importante es normal. Incluso atravesar una época de apatía, frustración o cansancio puede formar parte de la experiencia humana.
El riesgo de etiquetar
El problema aparece cuando confundimos automáticamente el malestar con la enfermedad.
La psiquiatría no debería consistir en poner etiquetas a todas las emociones humanas. Nuestra función es precisamente ayudar a diferenciar cuándo estamos ante una reacción normal ante las circunstancias y cuándo esa reacción ha adquirido unas características que hacen recomendable una intervención profesional.
Para hacerlo no basta con preguntar qué siente una persona. Hay que preguntarse también cuánto tiempo lleva sintiéndose así, en qué contexto aparece, qué intensidad tiene y, sobre todo, hasta qué punto está interfiriendo en su vida y en la vida de su familia.
La persistencia y la interferencia en la vida cotidiana son dos señales especialmente importantes. Si una persona atraviesa una situación difícil y, con el paso del tiempo, consigue adaptarse, recuperar sus rutinas y volver a disfrutar de determinadas actividades, probablemente estamos ante un proceso de adaptación.
Si, por el contrario, el malestar se mantiene durante semanas o meses, empeora y empieza a afectar al sueño, al trabajo, a los estudios, a las relaciones o a la capacidad de disfrutar, entonces sí debemos plantearnos que puede existir un problema que requiere valoración profesional.
Esto es importante porque existe una paradoja. Algunas personas creen que solo deben pedir ayuda cuando han tocado fondo. Otras, en cambio, interpretan cualquier emoción incómoda como una enfermedad que debe desaparecer inmediatamente.
No convertir cada dificultad en diagnóstico
No debemos esperar a estar al límite para consultar, pero tampoco necesitamos convertir cada dificultad de la vida en un diagnóstico.
Parte de este fenómeno tiene que ver con la sociedad en la que vivimos. Hemos perdido capacidad para tolerar la incomodidad. Estamos acostumbrados a soluciones rápidas, respuestas inmediatas y estímulos constantes. Cuando aparece una emoción desagradable, queremos eliminarla cuanto antes.
Pero las emociones no son necesariamente errores del sistema. La tristeza, el miedo, la frustración o la incertidumbre cumplen funciones. Nos informan de que algo está ocurriendo. Pretender no sentirlas nunca puede ser tan poco realista como pretender no sentir dolor físico.
Hemos desarrollado una relación cada vez más evitativa con el malestar. Dejamos de hacer cosas porque nos producen ansiedad, evitamos conversaciones difíciles en pareja, abandonamos actividades porque estamos tristes...
El problema es que hemos desarrollado una relación cada vez más evitativa con el malestar. Dejamos de hacer determinadas cosas porque nos producen ansiedad, evitamos conversaciones difíciles en pareja, abandonamos actividades porque estamos tristes o buscamos constantemente distracciones para no pensar. Esa estrategia puede proporcionar alivio inmediato, pero a medio plazo puede hacer que nuestra capacidad para afrontar esas situaciones sea todavía menor.
También las redes sociales han cambiado nuestra manera de interpretar lo que nos ocurre. Hoy cualquiera puede encontrarse con un vídeo que enumera diez síntomas de TDAH, ansiedad, depresión o autismo y reconocer a sus hijos, o a sí mismo, en varios de ellos. Es comprensible: los contenidos están diseñados para que nos identifiquemos con ellos.
Pero identificarse con un síntoma no equivale a tener un trastorno. El diagnóstico requiere una valoración clínica, contexto y una visión global de la persona. Un vídeo de treinta segundos no puede sustituir una entrevista profesional.
Esto no significa que debamos restar importancia al sufrimiento. Al contrario. Una persona no necesita tener un diagnóstico psiquiátrico para merecer ayuda. La psicoterapia puede ser útil también para afrontar un duelo, una ruptura, un conflicto familiar, una crisis laboral o una etapa de incertidumbre. Buscar apoyo profesional no implica necesariamente que estemos enfermos.
No todo sufrimiento es una enfermedad, pero todo sufrimiento merece ser escuchado.
Esta distinción me parece fundamental: no todo sufrimiento es una enfermedad, pero todo sufrimiento merece ser escuchado.
La medicalización excesiva de nuestra vida y de la vida de nuestras familias también puede tener una consecuencia inesperada: hacer que algunas personas entiendan su propia identidad a través de una etiqueta.
Si alguien empieza a interpretar toda su personalidad, sus relaciones y sus dificultades desde la perspectiva de un supuesto trastorno, puede acabar perdiendo de vista otros factores: su historia personal, su entorno, sus circunstancias sociales o simplemente el hecho de que está atravesando un momento complicado.
Por eso debemos encontrar un equilibrio.Necesitamos seguir luchando contra el estigma de la enfermedad mental y facilitar el acceso a profesionales cuando sea necesario. Pero también necesitamos recuperar algo que quizá habíamos olvidado: que vivir implica inevitablemente cierta dosis de frustración, incertidumbre, tristeza y dolor.
La salud mental no consiste en estar bien todo el tiempo. Tampoco consiste en eliminar cualquier emoción negativa.
Consiste, en buena medida, en desarrollar recursos para afrontar las dificultades, tolerar determinadas incomodidades y reconocer cuándo nuestros recursos ya no son suficientes.
Y cuando llegue ese momento, pedir ayuda no será una derrota ni una etiqueta. Será una decisión responsable.
El objetivo de la psiquiatría no debería ser conseguir que nadie sufra nunca. Eso sería imposible. Nuestro objetivo debería ser ayudar a las personas a distinguir entre el sufrimiento que forma parte de la vida y aquel que se ha convertido en un problema que limita su libertad, sus relaciones y su capacidad para vivir.
Porque entre banalizar el sufrimiento y patologizarlo todo existe un punto intermedio: escuchar, comprender y saber cuándo es necesario intervenir.
* Kazuhiro Tajima es psiquiatra y CEO de la Academia de Preparación para Psicólogo Interno Residente (APIR)