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Miriam García, magistrada

Soy jueza y en divorcio este es el sufrimiento que veo y al que nadie hace caso

La magistrada Miriam García, madre de tres hijos y máster en orientación familiar, explica el impacto negativo de los procesos judiciales de divorcio en los niños y en los jóvenes

Siete de cada diez matrimonios acaban en divorcio en EspañaDavizro Photography / iStock

El fiscal le pregunta: —¿Por qué lloras, Hugo?

–Porque la psicóloga me ha dicho que lo mejor para mí es que mis padres se separen, pero yo no quiero.

–Hugo: ¿Qué es lo que más te gustaría en este mundo?, le pregunto yo, la juez.

–Que papá y mamá vuelvan a estar juntos. Eso me gustaría mucho más que la Play.

Jaime y Jessica se van a divorciar después de quince años de matrimonio. Hugo tiene solo doce años y ya ha venido al juzgado a ser entrevistado por la juez, antes de dictar sentencia. Según el informe de los psicólogos del juzgado, «la familia presenta graves problemas de comunicación. Su rutina está marcada por discusiones constantes y llena de situaciones tensas que Hugo presencia».

El informe continúa: «Hugo asume la ruptura de sus padres con resignación […] Dice querer por igual a su padre y a su madre».

El preámbulo de la Convención de la ONU sobre los Derechos del niño (1989) dice:

"Convencidos de que la familia, como grupo fundamental de la sociedad y medio natural para el crecimiento y el bienestar de todos sus miembros, y en particular de los niños, debe recibir la protección y asistencia necesarias para poder asumir plenamente sus responsabilidades dentro de la comunidad,

Reconociendo que el niño, para el pleno y armonioso desarrollo de su personalidad, debe crecer en el seno de la familia, en un ambiente de felicidad, amor y comprensión (…)"

Mientras pensamos en cómo ignoramos este texto de la ONU, organización a la que en otras materias seguimos con fe ciega, volvamos a Hugo.

Han pasado dos años desde la ruptura. Jaime y Jessica acuden al juzgado para pedir una modificación de las medidas que la juez estableció en la sentencia de divorcio.

–Hugo ha crecido y tiene muchos más gastos de los que consideramos hace dos años –dice Jessica en este segundo juicio.

Mientras Jessica declara, miro hacia el público y veo a dos personas a quienes no conocí en el proceso de divorcio. Son Ana, nueva novia de Jaime –en el argot actual, su nueva pareja (uso incomprensible del lenguaje, pues una persona por sí sola no puede constituir una pareja)– y madre de dos hijos, y Jordi, novio de Jessica y padre de cuatro hijos.

Volvemos a oír a Hugo, que acaba de cumplir los catorce años.

–Hugo, ¿Qué tal estás? –le pregunto al comenzar para romper el hielo.

–Qué quieres que te diga, no muy bien. Cuando voy a casa de mi madre está Joan, que es el hijo mayor de Jordi y la verdad no me llevo bien con él. Y cuando voy a casa de mi padre está todo el rato con los hijos de Ana y pasa de mí.

Cada semana celebro juicios muy semejantes a este. Los asuntos de este tipo aumentan de forma exponencial. Ante este panorama no puedo evitar preguntarme: ¿qué está pasando?

El divorcio se ha normalizado, por encima incluso del bienestar de los niños, quienes –decimos– son lo que más queremos. Quizá el problema sea ese: queremos más a nuestros hijos que a nuestro marido y así se da un desorden en el orden de nuestros amores.

Cuando nuestros hijos, que no están llamados a ser el centro de nuestras vidas, ocupan ese lugar, el efecto que produce la ruptura matrimonial es desastroso. Al haber dejado de ser nuestro esposo o esposa el eje de nuestra vida, nos hemos desorientado, y en la desorientación se producen consecuencias absurdas. Tan absurdas como la frase que más se escucha en el interior de una sala en la que se celebra un juicio divorcio: «Mis hijos crecerán y harán sus vidas como quieran. Ahora me toca a mí. Tengo derecho a ser feliz.» Lo que, en realidad, significa: «Por encima de mis hijos estoy yo.»

No me canso de intentar reconciliar a las parejas que llegan desechas. Veo el sufrimiento en sus ojos y creen que con mi sentencia todo terminará, pero lo cierto es que una vez decretado el divorcio todo acaba de empezar. Sin embargo, la frase que se repite una y otra vez es: «yo tengo derecho a ser feliz» (yo añadiría: por encima de la felicidad de tu hijo).

La Ley del Divorcio fue aprobada por las Cortes Generales el 7 de julio de 1981. Algunos titulares de la época rezaban así: «España entra en el progreso». No sé exactamente a qué tipo de progreso se referían, no sé si el sufrimiento que a los niños les causa el divorcio de sus padres puede llamarse progreso, o el desgarro en el corazón de una madre cuando se entera de que su hijo estará con ella la mitad de su tiempo, o las difíciles convivencias que se crean cuando papá o mamá deciden introducir una persona extraña en el hogar.

Esto ocurre en siete de cada diez matrimonios en España, según los últimos datos. Uno de cada cinco matrimonios termina en los diez primeros años y uno de cada ocho en los cinco primeros años.

Siete de cada diez matrimonios en España, según los últimos datos, acaba en ruptura. Uno de cada cinco termina en los diez primeros años y uno de cada ocho en los cinco primeros años.

Decimos que la generación de nuestros hijos es la generación de la inmediatez. Sin embargo, parece que la ley también se ha sumado a ella.

Hasta el año 2005 la ruptura de un matrimonio requería de dos pasos: primero los esposos debían pedir la separación y después, pasado un año de la obtenida la separación, el divorcio.

Ese tiempo fijado por ley parecía obedecer a las directrices de la ONU y permitir que los esposos –por su bien y el de sus hijos– reconsideraran su postura y lograran la reconciliación.

Sin embargo, desde la reforma en 2005 separación y divorcio pueden pedirse al mismo tiempo. Parece un matiz irrelevante, pero tiene importancia. En ese año que transcurría entre la separación y el divorcio, según datos estadísticos de la Asociación de la Abogacía Española, el 50 por ciento de los matrimonios separados se reconciliaban y no llegaban a tramitar el divorcio. En la actualidad, el porcentaje de matrimonios que se reconcilian se sitúa en el 6 %. El interés de la ley en no dar cumplimiento al mandato de que los niños crezcan felices parece evidente.

Decía Albert Einstein: «La palabra progreso no tiene ningún sentido mientras haya niños infelices».