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La generación «pandemial» se resiste a formar una familia... pero hay signos de esperanza

La generación que ha crecido entre las limitaciones de dos crisis económicas y una pandemia tiene el anhelo de formar una familia, pero no lo cree posible ni se cree capaz de llevarla a cabo. Pero no todos: cuatro de cada diez menores de 29 años sí cree en la familia como una opción en los próximos cinco años.

Dos novios ante el altarUnsplash

Vivimos agobiados. Un 66 % de la población conoce a alguien que está sucumbiendo a ese agobio. Un agobio que no responde necesariamente a nuestra situación económica personal, sino a la percepción general de que todo va a peor. Y en parte, por ese agobio existencial, formar una familia es la última de las prioridades para la mayoría de la población. La primera: viajar.

Hace ya quince años que la Fundación The Family Watch comenzó a ofrecer su Barómetro de la Familia en España. Y con la perspectiva del paso del tiempo, descubrimos que, como sociedad, andamos bastante traspapelados.

Lo refrendan las estadísticas oficiales que recuerda María José Olesti, directora general de la Fundación: 1,1 hijos por mujer y 32 años de media para la primera maternidad.

Y lo demuestran los datos de su última investigación: un 77 % considera que hoy existen más dificultades para formar una familia, aunque para un 83,6 % de la población su situación económica sea igual o similar a la del año anterior y no parezca que vaya a empeorar.

Sin embargo, aunque uno no sufra en carne propia crisis económica alguna, la percepción de la perspectiva general del país es mala para un 43 % y además ha empeorado más de dos puntos porcentuales en el último año.

Si a esto le sumamos que, para un 67,2 % las dificultades de acceso a la vivienda suponen un lastre para la formación de nuevas familias y que esta percepción se dispara en la franja de edad de 18 a 29 años hasta el 74,7 %, no es de extrañar que la escala de valores de la sociedad coloque tan abajo entre las prioridades la idea de crear un nuevo hogar.

Los datos son tan nefastos que cuesta ser optimistas. Las prioridades en los siguientes cinco años para los entrevistados son viajar (62,1 %, es decir, prioridad para dos de cada tres personas), prosperar profesionalmente (56,8 %, es decir, el éxito en el trabajo ya no es la panacea para la mitad de la gente), ampliar sus estudios (38,3 %) y, muy de lejos, para un 31,7 %, formar una familia.

Aunque la cifra sube un poco en los menores de 45, formar una familia sigue ocupando en todos los casos el cuarto lugar en la lista de prioridades para esta sociedad de aquí a 2030.

Hasta aquí el análisis de las estadísticas. Ahora, las hipótesis de lo que nos está pasando.

Tengo la suerte de trabajar en la universidad y eso me ofrece una perspectiva tremendamente esperanzadora de la juventud. Porque, aunque hay de todo, como en botica, y a pesar de que nos quejemos de esta generación de cristal –tan transparente como frágil–, de su pérdida de atención, de su falta de motivación y de su exceso de angustia, lo cierto es que yo sigo viendo en ellos los mismos anhelos que han hecho de la humanidad lo que es. Pero hay algo, sin duda, que se tuerce en el camino.

Sospecho que ese ‘algo’ tiene que ver con la pérdida de la esperanza que con tanto acierto analiza nuestro premio Princesa de Asturias Byung Chul-Han en uno de sus últimos textos. Tienen el anhelo, pero no lo creen posible –los hemos convencido, a fuerza de datos macroeconómicos y titulares de prensa, de que vivirán peor que sus padres– y, además, aún más grave, no se creen capaces –son los niños joya, siempre sobreprotegidos y, con acertada expresión de mis propios hijos, la generación «pandemial» –.

Nacidos y criados entre dos crisis económicas, pasaron los años de desarrollo emocional de sus vidas encerrados en casa con una pantalla en la que el mundo era mucho mejor que el suyo y estaba a miles de kilómetros de distancia.

No aprendieron a resolver conflictos porque no pudieron jugar con los demás. Y su única afición era soñar con vidas que no eran las suyas de puro postureo en el paraíso. Así que cualquier situación compleja no recogida en su Insta o en su TikTok se les hace tan cuesta arriba que sólo saben «apagar y volver a encender» para ver si amaina el temporal de la vida. Y como el temporal no amaina, se ahogan en su propia angustia en una carrera eterna hacia un futuro vacío de esperanza y lleno de playas infinitas rodeadas de palmeras.

Pero me niego a ser negativa porque yo sí tengo esperanza. Hay esperanza. Y lo veo.

Hay esperanza en cuatro de cada diez chicos menores de 29 que sí cree en la familia como una opción en los próximos cinco años. Hay esperanza en esas iglesias llenas de chavales jóvenes delante del Santísimo. Hay esperanza entre las filas de cualquier programa de voluntariado. Hay esperanza y, si nos paramos a pensar, todos conocemos por su nombre a muchos de esos jóvenes que confirman que nuestra esperanza no es vana.

  • María Solano Altaba es profesora de la Universidad CEU San Pablo y autora de 'Pantallas, qué remedio' (Palabra).