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Una madre, junto a sus dos hijas, haciendo manualidades para el colegioGetty Images/iStockphoto

Manualidades escolares: ¿es mejor que tu hijo lleve «un churro» que ha hecho él, o que le ayudes y sea mejor?

A lo largo del curso, hay tardes en las que muchas casas se convierten en pequeños talleres de arte y manualidades, en laboratorios de experimentación, y hasta en sastrerías de corte y confección: el proyecto de Ciencias, el mural de Lengua, la maqueta de Sociales...

Y, con ellos, aparece la duda: ¿Es mejor dejar que el niño sea el único artífice, a riesgo de que el resultado sea algo más que mediocre? ¿O es preferible que el adulto intervenga para que todo encaje, la cartulina quede enderezada y el globo terráqueo gire sobre su propio eje, con trabajos de Primaria que bien podrían firmar los más competentes equipos de diseño gráfico?

Y ojo, porque más allá de los padres que desean que su hijo destaque por encima de todo, la duda es más que legítima y bienintencionada.

Primero, porque la capacidad de los niños es demasiado limitada para ciertos trabajos que se piden desde el colegio. Y segundo, porque aunque sean capaces de llevarlos a cabo por sí solos, hay padres que aún tratan de enseñar a su tropa el valor por el trabajo bien hecho, sin conformarse con el típico «churro» infantil que difícilmente puede aspirar al aprobado.

La psicopedagoga y profesora de Primaria Nani Conde, colaboradora habitual del portal Tus Clases Particulares, tiene claro el riesgo: «A veces, los padres se implican tanto que el proyecto termina siendo más un trabajo en equipo… o directamente del adulto. Y eso, aunque nazca del cariño o del deseo de que quede bien, no favorece el aprendizaje real del niño».

Manualidad perfecta o aprendizaje real

La clave, explica Conde, no es elegir entre abandono o control absoluto, sino entender cuál es el papel de los padres: «Los adultos deben acompañar, orientar, motivar y ofrecer recursos, pero sin robarles el protagonismo».

«Si los padres hacen el trabajo para que ‘quede bonito’, el niño pierde la oportunidad de experimentar, equivocarse y sentir orgullo por su propio esfuerzo», que es lo que la tarea de la escuela busca justamente provocar, explica Conde.

Por eso, la psicopedagoga aclara que, aunque «el equilibrio es la clave» (para que no se conformen con llevar cualquier cosa mal hecha), «es preferible que el resultado sea imperfecto, pero suyo: que tenga su huella, su creatividad y su esfuerzo. Que refleje su nivel, su creatividad y su implicación».

El mensaje si los adultos «arreglan» todo

Más allá del cartón y las témperas, está el mensaje que los padres envían: «Cuando el adulto toma el control, el niño recibe (aunque sin palabras) el mensaje de que su forma de hacerlo ‘no es suficiente’. Y eso afecta directamente a su autoconcepto y a su seguridad. Aunque sea bienintencionado, el mensaje que recibe es: 'tú solo no puedes hacerlo'», explica Nani Conde.

En cambio, cuando se deja al niño probar, decidir, equivocarse y mejorar, «reforzamos su autonomía, su autoestima y su pensamiento crítico».

Cómo ayudar sin hacerles la tarea

Eso no significa desentenderse, sino cambiar de rol: menos manos, más preguntas: «Podemos acompañar de muchas maneras sin intervenir directamente: haciendo preguntas que fomenten la reflexión, como ‘¿cómo podrías hacerlo más resistente?’ o ‘¿qué colores crees que combinan mejor?’».

También cambiando el foco, «elogiando el proceso, no el resultado (‘me encanta cómo te estás esforzando’ o ‘has tenido una idea muy original’, validando sus emociones, sobre todo cuando algo no les sale como esperaban, y estando presentes como guías y apoyo emocional: preguntándole qué necesita, animándole a buscar soluciones o a reflexionar sobre cómo mejorar... En definitiva, ayudándole a disfrutar del proceso y no solo del resultado final», añade.

El valor de lo imperfecto

Al final, la pregunta no es si la manualidad ganará un concurso o tendrá la mejor nota, sino qué abre por dentro: «El aprendizaje más valioso no se mide por la perfección del trabajo, sino por la satisfacción de haberlo hecho uno mismo. Cuando un niño siente que puede crear, decidir y equivocarse sin miedo, está desarrollando autonomía, resiliencia y pensamiento crítico».

O, como resume Nani Conde, con una frase que muchos padres podrían pegar en la nevera: «Como suelo decir, no se trata de que el proyecto quede perfecto, sino de que el niño crezca con él».