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Un adolescente, en una aplicación de apuestas onlineGetty Images / iStock

Los adolescentes están normalizando las apuestas: uno de cada diez menores ya ha apostado aunque sea ilegal

En España, uno de cada diez menores de 18 años reconoce haber apostado alguna vez. Las apuestas ya no son cosa de adultos: se han colado en los móviles de los adolescentes, y están distorsionando su visión del esfuerzo, del riesgo y de la frustración, según alertan los expertos

Alas puertas de los institutos, en directos retransmitidos por Twitch o incluso en los trayectos de autobús en los que comentan los resultados de la Champiosn, la escena se repite cada vez más: adolescentes que hablan de cuotas, combinadas y «apuestas seguras» como si fueran expertos en finanzas… cuando legalmente ni siquiera pueden entrar en una casa de apuestas.

Según el estudio Infancia, Adolescencia y Bienestar Digital, elaborado por UNICEF España y la Universidad de Santiago de Compostela, uno de cada diez adolescentes españoles, menores de 18 años, reconoce haber apostado alguna vez. Y lo peor: no lo vive como algo grave, sino como un juego más dentro del móvil.

Lo preocupante es que esa normalización va mucho más allá de la anécdota. Para la mayoría de los adolescentes, apostar es sobre todo una forma de «ocio social»: el 65 % dice que lo hace para divertirse y «pasar el rato» con amigos.

Sin embargo, en plena adolescencia, esa mezcla de emoción, recompensa inmediata y validación del grupo funciona como un cóctel perfecto para engancharse.

El cerebro adolescente, terreno abonado

Como explican desde el gabinete de psicología AndaConmigo Teens, «la adolescencia es una etapa en la que el cerebro sigude en construcción, sobre todo las zonas relacionadas con el control de impulsos, la toma de decisiones y la evaluación del riesgo». Por eso, las apuestas actúan como un estímulo casi irrefrenable: ofrecen adrenalina, la promesa de dinero rápido y la sensación de pertenecer al grupo con un rol de éxito.

En ese contexto, que el 47 % de los adolescentes que apuestan crea sinceramente que puede ganar dinero con ello no es un simple «error de cálculo» de probabilidades: es «una distorsión profunda de su relación con el esfuerzo y la recompensa». Con una lectura aún más perversa: Si ganar dinero parece cuestión de «saber jugar» y acertar, ¿qué sentido tiene estudiar, trabajar o esperar?

El trampantojo se refuerza con otro dato: el 84 % asegura haber ganado alguna vez. El cepo perfecto: esas pequeñas victorias iniciales no solo normalizan la conducta; consolidan la idea de que controlar el juego es posible y que el riesgo real es mínimo. Se alimenta así un pensamiento mágico: «Yo lo controlo», «a mí no me va a pasar».

Irritabilidad y conflictos en casa

Las consecuencias llegan antes de lo que muchos padres imaginan. «A corto plazo, pueden manifestarse irritabilidad, ansiedad o cambios bruscos de humor, principalmente cuando el adolescente no puede apostar o pierde dinero. A medio y largo plazo, el impacto puede ser más profundo, desde la disminución del rendimiento académico, el aislamiento social, hasta conflictos familiares y una mayor probabilidad de desarrollar otras conductas de riesgo», explica Irene López, psicóloga y responsable clínica terapéutica de los centros Anda Conmigo.

Cuando el juego deja de ser algo puntual para convertirse en rutina, las apuestas empiezan a ocupar el lugar de actividades de ocio, de las amistades sanas y, antes o después, también de los estudios. En algunos casos, explican desde el gabinete, el juego se transforma en un bucle, un círculo vicioso a modo de válvula de escape para evitar pensar en el estrés, la presión académica o los problemas personales.

Así, la apuesta ya no es un juego del móvil, ni un elemento social: se convierte en una forma de regular emociones para no sentir ansiedad, tristeza o soledad. Y ahí el riesgo de dependencia se dispara.

Prohibir no basta

Ante este escenario, la solución no pasa solo por el «no hagas eso». La psicóloga Irene López insiste en que la prevención no puede limitarse a la prohibición, porque los adolescentes seguirán encontrando caminos para apostar si el entorno lo normaliza.

«Hablar de forma abierta sobre el juego, sus riesgos y los mecanismos psicológicos que lo sustentan ayuda a los adolescentes a desarrollar una mirada crítica. Asimismo, es fundamental promover alternativas de ocio saludables y crear espacios de socialización que no estén vinculados a las apuestas», subraya.

Ese acompañamiento exige adultos presentes: padres que escuchen sin ridiculizar ni amenazad, profesores que sepan detectar señales de alarma, y entrenadores y monitores que no banalicen las porras y las apuestas entre menores.

Porque, al final, la adicción a las apuestas en la adolescencia no es una rareza, sino una realidad silenciosa que ya está afectando a muchas familias. Y como recuerdan desde el gabinete de AndaConmigo Teens, detectarla pronto, escuchar sin juzgar y acompañar con herramientas adecuadas puede evitar un problema que condicione el futuro económico, emocional y familiar de esos jóvenes.