El tipo de crianza en el hogar determina la arquitectura cerebral de los niños
El tipo de educación que reciben en casa cambia la estructura del cerebro de los niños
Un estudio de JAMA Pediatrics relaciona la forma de criar con cambios en la arquitectura funcional del cerebro en la adolescencia, y con mayor o menor riesgo de ansiedad y depresión en etapas posteriores
No son pocas las familias que se obsesionan con elegir colegio, método pedagógico o extraescolares, pero se relajan en lo esencial: el clima diario que se respira en el hogar. Y ese clima –según un reciente estudio pediátrico internacional– no se queda en meras sensaciones de bienestar, ni siquiera en el modo de comportarse o en las «heridas afectivas» que nutren las consultas de los psicólogos. Va más allá: el estilo de crianza que se practica en casa durante la infancia y la adolescencia llega a modificar, físicamente, la estructura cerebral, y deja huellas medibles a lo largo del tiempo.
Patrones repetidos en ciertos momentos
La investigación, que fue dada a conocer hace poco más de un año en la prestigiosa revista científica JAMA Pediatrics, llevó a cabo, durante décadas, el seguimiento de 173 jóvenes de Estados Unidos. El objetivo era comparar los estilos de crianza en distintas edades, y el impacto que tenían a corto, medio y largo plazo.
En concreto, agruparon los estilos de crianza en agresión psicológica o física (crianza dura) y calidez/responsividad (crianza cálida), en determinadas fases del crecimiento, incluso en familias que combinaban o alternaban ambos estilos, en diferentes contextos o momentos vitales.
Después, el estudio midió, con resonancia funcional en la adolescencia, cómo se organizaban las conexiones del cerebro y lo vinculó a síntomas como la ansiedad y la depresión más adelante.
Con un importante matiz: el estudio no habla de «culpas», sino de asociaciones. Es decir, de «patrones que se repiten» cuando se cruzan ciertos estilos de crianza en determinadas fases del neurodesarrollo infantil.
Dureza temprana y huella «global»
El dato que más impresiona es el efecto del trato duro temprano. La agresión psicológica en los primeros años de vida se asoció con cambios a escala de todo el cerebro en la adolescencia. En concreto, en regiones que influyen en la salud mental y emocional, en el control de los impulsos e, incluso, en áreas relacionadas con el control de esfínteres, la pulsión sexual o los trastornos alimenticios.
Traducido al lenguaje de casa: cuando el niño se acostumbra desde pequeño a crecer –o sufrir– en un ambiente de tensión o agresividad, el cerebro parece reorganizarse de forma amplia, no sólo en «una zona».
Dureza tardía: emoción-control en crisis
Cuando la exposición al trato duro se daba más tarde (en la infancia avanzada, a partir de los 6 años), el estudio encontró una asociación más localizada en el cerebro. En concreto, una menor conectividad entre la corteza prefrontal y la amígdala, es decir, el eje clave para regular las emociones y dar una respuesta ante una alarma.
Es un aviso importante para familias con hijos ya mayores: no existe el «ya está hecho». El estilo educativo sigue contando, y mucho, en edades en las que el menor aprende a manejar frustración, impulsos y estrés, y es determinante para la gestión emocional que, por ejemplo, prevé las adicciones.
Calidez: una «ventana» protectora
La parte más esperanzadora del trabajo llega con la calidez en la infancia media (edad escolar).
Esa «crianza cálida», incluso en ocasiones combinada con modos más toscos, se asocia con cambios que favorecen la conexión neuronal y el control en regiones ligadas a la emoción y el control (la amígdala y la corteza prefrontal).
Y, además, traza patrones posteriores, tanto en la adolescencia como en la juventud o la adultez temprana, de menores «síntomas internalizantes» (como la ansiedad o depresión). El estudio llegó incluso a medir las diferentes respuestas en un momento de gran estrés para la población objetivo, marcado por una gran tensión real: la pandemia.
La conclusión del estudio es inequívoca: los estilos de crianza más respetuosos y amables, no exentos de límites pero tampoco marcados por la agresividad, la tensión constante o la agresión verbal o física, redundan en una arquitectura cerebral más sana a largo plazo.