La edad promedio para tener el primer hijo en Europa supera ya los 29 años
Este es el país de Europa que más retrasa la maternidad (y España va justo después)
La maternidad se aplaza en toda Europa, pero cada vez hay más países donde el primer hijo llega cada vez más tarde.
España se queda sin hijos: se convierte en líder mundial en mujeres sin descendencia, sólo por detrás de Japón
Europa es, cada vez más, un viejo continente, que se sume en un invierno demográfico que parece no tener freno. Y no sólo porque el número de nacimientos siga en descenso y sea casi la mitad del necesario para garantizar la tasa de reposición generacional, sino porque las mujeres, que tienen menos hijos que nunca, los tienen cada vez más tarde.
En concreto, los últimos datos compartidos por la European Large Families Confederation (ELFC), la Confederación de entidades que aglutinan a las familias numerosas, en la Unión Europea las mujeres tienen su primer hijo a los 29,8 años de media. Es decir, aproximadamente un año más tarde que hace una década.
Hay, sin embargo, un país que encabeza este poco meritorio «ranking» del aplazamiento: Italia, donde la edad media al primer parto se sitúa ya en los 31,8 años. En el polo opuesto está Moldavia, la nación europea donde las mujeres tienen antes a su primer hijo: de media, a los 24,7 años.
Justo después de Italia, en segundo lugar por la cola y a muy corta distancia, aparece España (31,52), dentro del grupo de países en los que la maternidad llega ya, de forma sistemática, pasada la frontera de los 30. Y en tercer lugar, Irlanda.
Curiosamente, tres de las naciones de mayor tradición católica de todo el continente son hoy las que han acelerado más su declive demográfico, en paralelo a un proceso de secularización social de las últimas décadas.
Sin embargo, retrasar la paternidad no implica, necesariamente, renunciar al deseo de tener hijos. De hecho, según constatan desde la ELFC, algunos de los países donde las mujeres esperan más para tener hijos también son países con tasas de fertilidad más altas que el promedio, por ejemplo, Dinamarca, Alemania, Chipre, Países Bajos, Portugal, Suecia, Liechtenstein y Noruega.
Retrasar no es «no querer»
La lógica del retraso, según recoge en la web de ELFC Ester Lazzari, demógrafa especializada en fertilidad de la Universidad de Viena, suele mantener una secuencia: terminar los estudios superiores, lograr estabilidad económica y consolidar una relación estable. Un proceso que hoy se alarga más que en generaciones anteriores.
En el mapa europeo, la maternidad se adelanta algo más en países del centro y este, mientras que en el oeste y el sur (donde está España) se desplaza hacia los 30.
Ese aplazamiento, sin embargo, no es inocuo. La biología no ha movido su reloj, ni puede sincronizarse al ritmo que dictan la cultura y el mercado.
Así, a más retraso, menor «ventana» reproductiva... y mayor probabilidad de depender de tratamientos de fertilidad, cuyo negativo impacto en la salud de las mujeres es mucho más que una sospecha. El dato habla por sí solo: según los datos de la UE, con cifras de 2021, se realizaron en Europa más de 1,1 millones de ciclos de reproducción asistida.
Medidas para España
Desde la Federación Madrileña de Familias Numerosas (FEDMA) miran esta tendencia «con preocupación» por su impacto directo en nuestro país. Y señalan tres causas que se repiten en miles de hogares: dificultades de conciliación, inestabilidad económica y falta de políticas de apoyo real a quienes quieren tener más hijos.
Por eso, FEDMA reclama –con un enfoque de «servicio» y no de eslogan político– «medidas fiscales que reconozcan el esfuerzo de las familias con más hijos», «apoyo económico directo que permita conciliar vida familiar y laboral» y «programas de vivienda y empleo pensados para familias con mayores cargas familiares».
A la luz de los datos europeos, retrasar la maternidad no es ya una mera elección personal –como esgrimió Pedro Sánchez en octubre de 2024 cuando aseguró que «muchos jóvenes no tienen tantos hijos como antes porque no quieren»–; es, cada vez más, el resultado de un sistema que exige «prerrequisitos» difíciles de alcanzar a tiempo.