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Sara García Sanz

Los hábitos que desarrollan más el «cerebro matemático» de los niños, explicados por una neurocientífica

Un bebé ya es capaz de «contar» antes de saber hablar. «La construcción del 'cerebro matemático' no empieza en la escuela, ni requiere esfuerzos titánicos o jornadas maratonianas», explica Sara García Sanz, doctora en Cerebro, Cognición y Conducta.

Los estudios en neuroeducación demuestran que los hábitos diarios desarrollan más el "cerebro matemático" que las actividades académicas

Diversos estudios muestran que los hábitos diarios desarrollan más el cerebro matemático que las actividades académicasA.J. Rich / iStock

En la formación del pensamiento matemático no intervienen fórmulas mágicas ni caminos excepcionales, pero sí un hecho que a menudo pasa desapercibido: el desarrollo cognitivo se apoya en gestos simples de la vida diaria.

Las investigaciones en neurociencia educativa muestran que las experiencias tempranas literalmente moldean y guían la construcción de la arquitectura cerebral, como si de un edificio se tratase.

Nuestro cerebro se construye a partir de unos planos –la genética propia de nuestra especie–, pero la edificación depende de los materiales y las necesidades del contexto. De este modo, la forma final del «edificio» depende más de las interacciones tempranas que refuerzan determinados circuitos o debilitan otros, que de la base genética.

Así, gestos como señalar la hora mientras se pone la mesa, contar los escalones al subir a casa o comparar el tamaño de dos manzanas son acciones aparentemente triviales que, sin embargo, activan en la infancia los primeros circuitos vinculados a la lógica, el orden y la relación numérica. No son ejercicios académicos, sino pequeños rituales domésticos que, repetidos quizá sin una intencionalidad pedagógica explicita, preparan el terreno para que, años después, los conceptos más abstractos encuentren un lugar sólido donde arraigar.

La neurociencia aporta evidencia sólida en esta línea. El sentido numérico –una capacidad innata y preverbal para estimar y comparar cantidades– aparece a los pocos días de vida. Los bebés recién nacidos ya son capaces de distinguir cantidades, siempre y cuando la diferencia de magnitud sea suficientemente grande (aproximadamente del doble a la mitad), y esta precisión aumenta conforme se acumulan experiencias significativas con el entorno.

Esta sensibilidad no es exclusiva de nuestra especie: numerosos animales también discriminan cantidades para tomar decisiones adaptativas. Por su parte, el niño, antes de sumar, anticipa; antes de restar, diferencia lo que cambia de lo que permanece; antes de medir, observa. En otras palabras, la base del pensamiento matemático se construye sobre la experiencia temprana.

Este fundamento temprano tiene implicaciones educativas claras. La investigación actual muestra que el desarrollo posterior de las competencias matemáticas depende en buena medida de la evolución del sentido numérico durante la primera infancia.

Proyectos internacionales como ManyNumbers, que trabajan con muestras amplias y comparables, están analizando cómo se forma esta competencia inicial y qué factores influyen en su progreso. Las conclusiones señalan de forma consistente que el contexto familiar tiene un peso considerable y que los gestos cotidianos –nombrar cantidades, comparar tamaños, repartir siguiendo un criterio, ordenar objetos– actúan como un entrenamiento natural para este sistema cognitivo.

La evidencia neurocientífica es coherente con esta visión. La región cerebral más vinculada al sentido numérico se encuentra en el lóbulo parietal, especialmente alrededor del surco intraparietal. Los estudios con neuroimagen muestran que los matemáticos expertos activan estas mismas áreas cuando realizan tareas complejas, desde sistemas algebraicos hasta topografía y algoritmos. Existe, por tanto, una continuidad entre los circuitos iniciales y los que intervienen más adelante en habilidades avanzadas.

Este vínculo se entiende mejor a la luz de la teoría del reciclaje neuronal, que sostiene que las habilidades cognitivas complejas se construyen reutilizando circuitos desarrollados inicialmente para funciones más simples. Por ello, la investigación en cognición matemática destaca que estimular el sentido numérico en la infancia contribuye a un mejor desempeño posterior.

Actividades tan comunes como observar los números del entorno, contar y pesar ingredientes al elaborar una receta, repartir objetos explicando el criterio o jugar al parchís anticipando movimientos son ejemplos de situaciones que favorecen esta base. A menudo, estas experiencias cotidianas tienen más impacto que aumentar el tiempo dedicado a tareas académicas o recurrir a aplicaciones digitales sofisticadas.

En definitiva, la construcción del cerebro matemático no empieza en la escuela ni requiere esfuerzos titánicos o jornadas maratonianas. Se apoya, desde las primeras etapas, en un conjunto de experiencias sencillas que modelan la manera en que los niños perciben cantidades, relaciones y patrones. Son los gestos cotidianos –esos que casi no se ven– los que van dando forma día a día al cerebro matemático. Cuando entendemos ese poder invisible de la vida diaria, vemos que la competencia matemática se construye desde casa, en las rutinas y en las pequeñas situaciones de cada día.

* Sara García Sanz es Doctora en Cerebro, Cognición y Conducta, y coordinadora del Máster Universitario en Neuroeducación de la Universidad San Pablo CEU.

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