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Los TCA pueden esconderse bajos formas saludables de vida

Los TCA pueden esconderse bajos formas saludables de vidaGetty Images / iStock

Cuando el trastorno se disfraza de vida sana: «Que un adolescente vaya al gym o coma sano no siempre es bueno»

El culto al cuerpo y los consejos que ven en redes sociales llevan a muchos jóvenes a adentrarse en un Trastorno de Conducta Alimentaria creyéndose que son hábitos saludables, según alertan los expertos

La cultura del gym ha saltado de los deportistas profesionales a las redes sociales. Y con ellas, al día a día de muchos adolescentes, cuyas familias pagan gustosas las cuotas y las apps de nutrición porque ven que sus hijos apuestan por la vida sana.

Sin embargo, camuflados bajo la apariencia de salud, también hay cada vez más adolescentes y jóvenes que, de pronto, dejan de ir a comidas familiares «porque lo que se come no es compatible» con lo que «deberían» tomar. Otros que se borran de celebraciones y planes con amigos para no romper la rutina de entrenamiento. Y los hay que incluso cogen dinero a escondidas para comprarse bebidas de proteínas o suplementos alimenticios. Y cuando se les pregunta, la respuesta que dan suena a virtud: dieta sana, ejercicio, constancia, objetivos, disciplina...

Es ahí cuando ocurre: deslizándose por hábitos pretendidamente saludables, «la cultura de la vida sana es capaz de encubrir un Trastorno de Conducta Alimentaria (TCA), y el problema de salud se disfraza, precisamente, de buen hábito», como alerta la psicóloga Diana Jiménez.

Esta psicoterapeuta experta en terapia familiar señala para El Debate que «querer cuidarse no es nuevo, es algo que ha estado toda la vida»; el problema llega «cuando lo llevamos al extremo» y lo saludable se convierte en «una obsesión con más perjuicio que beneficio».

La línea roja no es el gimnasio

La pregunta es, ¿cuándo se puede detectar que el deseo de llevar una vida más saludable puede estar abriendo la puerta a un TCA?

Ana Montero, profesora de Nutrición Humana y Dietética de la Universidad CEU San Pablo, explica que, en principio, el deporte es siempre positivo, y «no son los gimnasios los culpables» de los problemas de salud adolescente. El foco está en el «excesivo culto al cuerpo» y en la obsesión que lo acompaña, hasta el punto de reorganizar toda la vida alrededor de querer «definir nuestra masa muscular».

En ese punto es donde empieza a despuntar la primera de las señales de alarma: el aislamiento.

Montero explica cómo la obsesión por la comida y por la composición corporal se traduce en conductas que llegan a romper la vida cotidiana de los menores y de las propias familias: «Ya no van a fiestas o a comidas familiares, dejan de hacer planes por estar en el gimnasio, buscan comer sin nadie delante...».

Ortorexia: «la cárcel» de la comida sana

Junto con el aislamiento, otro «disfraz frecuente» para los TCA es «la obsesión por la alimentación saludable».

Montero lo describe con una imagen que muchas familias tal vez reconozcan: no es que el adolescente prefiera los platos caseros a los ultraprocesados; es que no puede vivir sin controlar cada detalle de lo que pone sobre la mesa, con pesos, conteo de calorías o menús elaborados al milímetro gracias a la inteligencia artificial.

«Hay chicos y chicas que llegan a no ir a celebraciones familiares porque van a comer en platos desechables y no quieren ingerir posibles microplásticos, o si van, llevan su propia comida orgánica, pesada y medida», alerta Ana Montero.

Y no son meras manías healthy: quien actúa así, señalan ambas expertas, «tiene un problema psiquiátrico de salud mental: la ortorexia, que es la obsesión por comer sano, y que termina produciendo problemas de salud y una angustia en el paciente, además de alterar las rutinas familiares».

El «vademécum» del youtuber

En ocasiones, como destaca Diana Jiménez, lo que levanta la voz de alarma en el hogar es el incremento en los gastos derivados de «la ingesta de ciertos suplementos».

Y aunque Montero aclara que entre los propios expertos en nutrición hay quienes apoyan el consumo de creatina y de otros suplementos similares, que «no tienen por qué ser negativos en cantidades adecuadas y acompañados de ejercicio físico», hay una frontera que no se debe traspasar: «Un abuso de estas sustancias, o aunque sea un mínimo consumo de de esteroides».

Jiménez añade una clave que explica por qué este tipo de conductas está convirtiéndose en un problema cada vez más difícil de detectar: Los padres ya no discuten solo con su criterio frente al criterio del hijo, sino «frente a la 'autoridad' digital» de tantos creadores de contenido sobre deporte y nutrición que los jóvenes ven en internet.

De hecho, explica que en su consulta ve cómo los adolescentes llegan con el «vademécum», no de un médico, sino de «Nil Ojeda o de cualquier Youtuber».

Y plantea la pregunta que muchos padres se hacen: «¿Cómo rebates tú a un chico que te dice que prefiere tomarse creatina y 15 minutos de gimnasio, en lugar de salir dos horas en bici con luz natural, cuando ellos lo han leído o visto en personas que, en teoría, saben mucho más que tú?».

No demonizar el autocuidado

Jiménez y Montero describen una última señal de alerta. Cuando la «comida sana» ya no calma ni estimula, sino que genera angustia o ansiedad: miedo a las grasas, exigencias rígidas, ansiedad por «lo orgánico», detalles como el plástico, cambiar los horarios para comer a solas...

El mensaje para las familias, repetido por ambas especialistas, es no demonizar el autocuidado, pero sí mirar con ojo crítico qué consecuencias está produciendo en la vida de los hijos, para valorar si la «vida sana» está contribuyendo a su salud, o si están construyendo en torno a a ella una jaula, un ídolo.

Y si al hacer el juicio analítico, aparecen dudas, Diana Jiménez recomienda buscar ayuda cuanto antes. «Porque, como padres, esto nos afecta por completo, y si eres parte del problema, eres también parte de la solución».

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