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Las rabietas son explosiones de ira normales en los niños

Las rabietas son explosiones de ira normales en los niñosGetty Images/iStockphoto

Los cinco pasos para convertir la rabieta de tu hijo en algo positivo

La educadora Jamie Lynn Tatera propone cinco pasos para ayudar a los niños a transformar la ira en claridad y acción. La clave para los padres es no apagar el enfado a toda costa, sino encauzarlo

Un turno demasiado largo, un «no» a un capricho, una injusticia mínima, una decisión que se percibe como un agravio o, simplemente, una decisión que contraría los planes y los deseos y... se desata la tormenta. Las rabietas infantiles y los enfados prolongados de niños ya no tan pequeños –de 7, 8, 9 años...– suponen explosiones de ira descontrolada que llevan a muchas familias al límite.

Y que, en pleno terremoto emocional, conducen a los padres a una duda entre tres extremos igual de agotadores: ceder al capricho, reprimirlo a fuerza de gritos o dejar que el enfado lo invada todo hasta que se extinga solo... pasado un largo rato de vergüenza y cansancio mental.

Jamie Lynn Tatera, educadora de primaria, formadora en resiliencia y madre de dos hijos, lleva años enseñando técnicas de control emocional y autocompasión a niños y cuidadores.

De hecho, es la creadora del programa Mindfulness and Self-Compassion for Children and Caregivers que se aplica en diferentes escuelas y universidades de Estados Unidos, y autora de una serie de cuadernos de trabajo para niños premiados por múltiples instancias educativas.

Cinco pasos para canalizar la ira

En un reciente análisis publicado por la Universidad de California, Tatera parte de una idea sencilla: la ira puede ser «torpe y ruidosa», pero también puede orientarse. Y lanza una propuesta para no «arrancar» el enfado, sino canalizarlo de tal modo que se convierta en «fuerza para el bien».

Y como la teoría parece fácil de decir, pero difícil de aplicar, propone cinco pasos para lograrlo.

1) Recordarle que la ira es humana

Tatera insiste en que muchos niños –«y especialmente las niñas»– aprenden fuera de casa que «no está bien expresar la ira», y eso empuja a suprimirla.

Por eso, su primer paso no es un truco de conducta, sino transmitir a los niños un mensaje de fondo: «La ira no es ni buena ni mala», sino «una prueba de que somos humanos».

Y lo aterriza con frases de los propios niños que han participado en sus cursos. Uno lo cuenta así: «Me di cuenta de que (al aceptar la ira como algo natural) no me enfadaba tanto como antes».

2) Enseñarle a notar dónde se siente

La ira, como todo sentimiento, no es ni buena, ni mala, sino humana. Lo que cambia es qué hacemos con esa ira: ¿pegamos, nos descontrolamos, gritamos, nos calmamos...?

Pero para responder bien, indica la experta, antes hay que detectar el momento en que sube la ola. Tatera lo plantea así: «Los niños primero necesitan darse cuenta de que la ira está apareciendo y detectar en qué parte del cuerpo la sienten».

Y propone entrenarlo en frío (también para los padres), con ejemplo de adulto, no en plena rabieta: «Se me tensaron los hombros y el corazón me iba rápido, así que respiré un par de veces». Y remata con una frase para bajar la culpa: «Todo el mundo se enfada a veces».

En su cuaderno, los niños describen la ira con precisión: «Cuando me enfado, la cara se me pone tensa y caliente», escribe River (9 años). Y añade: «Mi respiración se siente sofocante». Otra niña, Aarya (10), lo cuenta así: «Se me cerraron las manos en puños».

3) Regular la intensidad

Aquí aparece la realidad biológica: cuando la ira «recorre el cuerpo con fuerza», puede desbordar a niños que aún están madurando en su capacidad de autocontrol.

Un niño de 8 años lo expresa con una imagen: «Me siento rojo. Como una bomba que podría explotar». Y Tatera ofrece su metáfora central: «La ira es como el fuego. Úsala con cuidado». Porque el fuego arrasa si va suelto, pero «cuando se cuida con sabiduría» puede «calentar, proteger e incluso iluminar el camino hacia la justicia».

Para algunos funciona el movimiento («Me enseñó a sacudirme la ira», dice Josie sobre su ejercicio favorito), y para otros, la quietud («Si dejas que se descontrole, se hace más grande», explica Marcos, que describe cómo el cuerpo se le pone «muy tenso»).

4) Mirar debajo del enfado

Tatera pone palabras a algo que muchos padres intuyen: «La ira es una emoción dura, que a menudo esconde sentimientos y necesidades más suaves».

Así, cuando el niño aprende a identificar eso que hay debajo, la ira deja de ser ruido atronador para ser «un mensajero útil». En su ejemplo, el enfado por un compañero que «no quiere trabajar» oculta en realidad la tristeza de la soledad y el deseo de pertenencia a un grupo en el que se nos valora.

Y, al deshojar la emoción, aparece lo importante. Que en el caso de los niños suele ser «amistad, justicia, pertenencia o cuidado». Así que esta experta propone ayudar a nombrar necesidades y a expresarlas, como «una de las formas más potentes de transformar el conflicto en conexión».

5) Enseñar reparación y límites

Incluso con preparación, es muy frecuente que el enfado se nos vaya de las manos, tanto a los niños como a los padres. Y Tatera lo reconoce: «La ira a veces puede llevarnos a decir o hacer cosas que hieren». Por eso, su último paso es la reparación.

Ella misma, experta en estas lides, reconoce que con sus hijas hay ocasiones en las que explota y grita, y que tras salir a dar un paseo para calmarse, hace dos cosas: «Pedir perdón de verdad» y «sostener el límite: necesitaba más tiempo para calmarme».

Así, explica que enseñar a los niños a asumir la responsabilidad de un error «no significa que la ira estuviera mal»; significa «aprender a usarla con sabiduría». Porque, de hecho, la ira puede ayudarnos a «poner límites», a «decir 'no' al acoso» y a «aprender a respetar lo que valoramos».

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