«El deseo inmaduro y narcisista de gustar a costa de lo que sea», denuncia José María Contreras
Consultorio Familiar:
«Tengo 25 años y no encuentro un chico que merezca la pena: ¿Por qué los chicos de hoy son tan inmaduros?»
El orientador, conferenciante, escritor y mediador familiar José María Contreras Luzón responde a las preguntas de los lectores de El Debate, en este caso, sobre la madurez humana necesaria para un noviazgo
Soy una chica de 25 años. He salido con varios chicos y todos me han parecido muy superficiales, poco maduros, muy fáciles de romper cuando la vida apriete. La verdad es que pienso que esa es una de las causas de muchas separaciones. No sé qué hacer, y estoy un poco desesperanzada por no encontrar ningún chico que merezca la pena. ¿Me podría decir cuáles son las causas, desde su punto de vista, de lo que veo?
Muchas gracias por su pregunta. A lo largo de estas respuestas a las cuestiones que me plantean los lectores de El Debate, van saliendo algunos de los motivos por los que, tan frecuentemente, fracasan las relaciones de pareja. Y ante el panorama actual, a veces un poco desconcertante, hay personas que con perplejidad se preguntan qué es lo tienen que hacer para no fracasar.
«Para casarse, tampoco habrá que hacer una carrera», me decía no hace mucho un chico. «Yo quiero ser como mis padres; hacerlo bien, sin sensación de que uno es un héroe», añadía.
Es una buena consideración. Pero si me lo permite, voy a hacer alguna más para responder a su caso concreto, sin querer ser exhaustivo.
Nos hemos creído que la revolución sexual de los sesenta era la solución a todo lo referente a las relaciones de pareja. No hacer caso al compromiso, no atarse a una persona, dejarse llevar por el deseo y otros comportamientos del mismo estilo eran el camino para tener unas relaciones más libres, con menos sentimiento de culpa, más naturales. Para no fracasar.
Todo ello, lógicamente, afectaría muy positivamente al futuro de la relación y a normalidad de la misma. Al menos, así se pensaba.
Indudablemente, no se puede demostrar de una manera empírica, pero pienso que no ha sido así.
El desamor y la falta de respeto han aparecido casi como una constante en muchas relaciones de pareja. La inseguridad personal en relación a los afectos es muy notoria; la necesidad de afecto, grandísima.
El desamor y la falta de respeto han aparecido casi como una constante en muchas relaciones. La inseguridad personal en relación a los afectos es muy notoria; la necesidad de afecto, grandísima.
¡Cuántas veces uno percibe que, en el fondo, muchas personas están mendigando cariño!
Han entregado el corazón mil veces, ya está «demasiado usado» y no saben qué hacer para que vuelva a funcionar.
Sin seguridad ninguna en su vida personal, están bastante incapacitados para dar lo mejor de sí mismos.
–«He pasado los sesenta años y tengo la sensación de que no he hecho nada en la vida. Sin marido, sin hijos y, profesionalmente, jubilada». Me lo decía con mucha tristeza, no hace mucho, una señora que se sintió atraída, en su momento, por el espíritu del que venimos hablando.
Otro legado de esa revolución es el deseo de gustar, que se ha convertido en uno de los ídolos de nuestro tiempo. Desbancando, además, a otros valores más profundos, que son esenciales y necesarios para construir una relación estable y madura.
Quizás, este deseo ha pasado a ocupar un puesto demasiado prominente en el campo de las relaciones personales.
«Yo todavía soy capaz de gustar», me decía una mujer en plena madurez que había pasado varias veces por cirugía estética. «Y cuando gustes menos, ¿qué va a sostener tus deseos)?», le pregunte.
Se quedó pensando y no me contesto.
Gustar sin perder la feminidad, lo específico de la mujer, atraía el corazón del hombre. Y viceversa.
Pero ahora, unos y otros quieren gustar a cambio de lo que sea, y eso atrae a la superficialidad en las relaciones.
Apuntar sólo al placer y al corazón ha creado una sociedad muy superficial, muy débil, poco comprometida, con incapacidad de sacrificarse por amor.
Por eso no duran tantas parejas. Cuando sólo se apunta al corazón, el amor se resiente mucho. Hay que apuntar también a la cabeza para saber qué hay en el fondo del otro. Qué lo sostiene, a qué aspira seriamente en su vida.
El deseo inmaduro y narcisista de gustar a costa de lo que sea, compartido por muchos hombres, no respeta los compromisos de los demás, ni siquiera los propios.
Ese deseo inmaduro y narcisista de gustar a costa de lo que sea, compartido por muchos hombres como los que usted describe, genera un caldo de cultivo que no respeta los compromisos ni de los demás, ni siquiera los propios.
Llegamos al punto de que el hecho de que una persona esté casada o no parece ser indiferente. Muchas personas parecen pensar: «Voy a por él, voy a por ella. A gustarle. Me da igual su situación personal. Si yo estoy comprometido también da igual; el deseo de gustar es mayor que mis compromisos con mi pareja y mis hijos. Ese deseo me apacigua un poco el sentimiento de inseguridad con el que vivo. Así que voy a por lo que me apetece».
Con tan poca valía personal, es muy difícil hacer algo estable.
Esta actitud demuestra muchas cosas, pero sobre todo, revela un amor poco inteligente. Porque la revolución de la que venimos hablando ha adormecido la inteligencia para ponerla muy por detrás del sentimiento.
Cuidar los amores, cueste lo que cueste, sí es inteligente. Espero que encuentre a un chico que sepa hacerlo. Porque también los hay, no desespere.
- José María Contreras Luzón es escritor, conferenciante y asesor personal y familiar. Su email para consultas de pareja y familia es: conluz2000@gmail.com.