Un adolescente con el móvil por la noche
Adictos al «scroll»: por qué jóvenes y adolescentes están perdiendo libertad a causa de las pantallas
El diseño de los algoritmos, la laxitud de las familias y la implantación de las tecnologías en el ámbito académico han provocado que las nuevas generaciones sean más vulnerables a las adicciones y a la manipulación
Hace solo unos días, el secretario de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos, Robert F. Kennedy Jr., alertaba de la «evidencia científica» que demuestra cómo el uso excesivo del móvil está impactando de forma innegablemente negativa en los niños y adolescentes. «Las pruebas de una serie de riesgos para la salud mental y física general de los niños están aumentando», apuntaba.
No es ninguna novedad: pediatras y expertos llevan años alertando de los riesgos que entraña el verse atrapado en el ecosistema de pantallas que rodea a jóvenes y adolescentes: móvil, tablet, ordenador, redes sociales, videojuegos, aplicaciones, mensajería, pornografía, música... y ahora, con una irrupción abrumadora, el uso de la IA y de los chatbots.
Pero, si tanto los adolescentes como los propios adultos sabemos que es tan negativo, y aun así no podemos dejar de consumirlas, ¿podemos decir que el «scroll» es la nueva droga del siglo XXI?
Por qué el «scroll» es adictivo
«Sí, podemos establecer un paralelismo, aunque conviene hacerlo con matices», explica Elena Bernabéu, doctora en Psicología, máster en Neuropsicología Cognitiva y profesora del Grado en Psicología de la Universidad Francisco de Vitoria.
«Aunque los principales sistemas de clasificación en salud mental, como el DSM-5-TR o la Organización Mundial de la Salud a través de la CIE-11, no reconocen la adicción a redes sociales como un trastorno independiente –explica la doctora Bernabeu–, la investigación sí muestra que su uso problemático comparte componentes característicos de las adicciones».
Entre ellos, «la prominencia (cuando la actividad ocupa un lugar central en la vida), la tolerancia (necesidad de aumentar progresivamente el tiempo de uso), la abstinencia (malestar psicológico como irritabilidad o ansiedad al no poder acceder) y la recaída tras intentos de control».
En este contexto, el llamado «scroll infinito» (una técnica de diseño de las apps que carga contenido de forma continua a medida que el usuario se desplaza o avanza) no es algo neutro. Al contrario, «está específicamente orientado para maximizar la permanencia y la interacción», alerta esta doctora en Psicología.
Diseñados para captar la atención
Este tipo de diseño está presente en plataformas como TikTok o Instagram, y también en ciertos formatos de videojuegos; y favorece (no solo en jóvenes y adolescentes) «un consumo continuado de estímulos breves y altamente variables, que dificultan la desconexión y facilitan la pérdida de la noción del tiempo, incluso cuando el contenido no resulta especialmente relevante para la persona», explica Bernabeu.
Ahora bien, hablar de «la nueva droga del siglo XXI», aunque puede resultar «sugerente desde un punto de vista comunicativo», es «impreciso en términos clínicos», matiza.
El motivo es que «no estamos ante una sustancia, sino ante un patrón de comportamiento potencialmente adictivo mediado por entornos digitales diseñados para captar y sostener la atención».
Eso que el secretario de Salud de los Estados Unidos definía como «todo el ecosistema digital de aplicaciones, teléfonos inteligentes, tabletas, chatbots y otros dispositivos e interfaces asociados a las pantallas», que tantas veces el argot coloquial resume como «tiempo de pantallas».
Y por eso, en el ámbito académico y clínico se prefiere emplear el término «uso problemático, adictivo o patológico» mejor que el de «droga digital», porque «permite describir el fenómeno con rigor y cautela», pero «sin trivializarlo ni equipararlo de manera directa a las adicciones a sustancias».
¿Cada vez más adictos y menos libres?
Hecho el matiz, se mantiene la pregunta principal: ¿Por qué las «adicciones digitales» están ganando terreno a las tradicionales entre los jóvenes, mermándoles cada vez más cotas de libertad y autonomía, hasta el punto de ocupar espacios cada vez más destacados en los programas de salud pública y en la labor de entidades como la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción?
Según Elena Bernabeu, la razón se asienta sobre una combinación de factores «sociales, tecnológicos y educativos que las hacen especialmente accesibles y, en cierto modo, invisibles».
En primer lugar, porque «los entornos digitales se perciben como mucho menos peligrosos que las sustancias. Existe un imaginario social muy claro sobre los riesgos de las drogas tradicionales (basta recordar el impacto que tuvo el consumo de heroína en los años 80), mientras que el uso de redes sociales o dispositivos móviles se asocia a algo cotidiano, incluso necesario. Y esto reduce la percepción de riesgo y favorece que determinados patrones problemáticos pasen desapercibidos».
Además, el perfil del joven con un uso problemático de la tecnología no coincide con el estereotipo clásico de «adicto». «Hablamos de estudiantes integrados social y académicamente, lo que dificulta la detección temprana tanto por parte de las familias como del entorno educativo. Y a esto se suma un factor clave: la disponibilidad. Hoy en día prácticamente todos los adolescentes tienen acceso a un móvil desde edades muy tempranas, lo que convierte estos comportamientos en altamente accesibles, constantes y difíciles de limitar», explica.
Laxitud social y trampa del sistema
Más gasolina para este fuego es la escasa conciencia social, especialmente entre las familias, de la gravedad que constituye el uso problemático de lo que Robert F. Kennedy ha definido como «ecosistema digital», y especialmente del uso de las redes sociales.
Como explica la neuropsicóloga, esta laxitud de los padres y de la sociedad en su conjunto «hace que no se ponga suficiente énfasis en la educación digital de los menores, no solo en relación con la posible adicción, sino también respecto a otros riesgos asociados: el ciberacoso, la construcción de la autoestima en función de la validación externa, o el malestar emocional derivado de la comparación constante con estándares idealizados, por ejemplo».
Y lo que es peor: no es que las familias y la sociedad hayamos bajado la guardia, es que, como constata esta docente universitaria, «el uso de dispositivos está plenamente integrado en la actividad académica (plataformas virtuales, materiales online, comunicación digital con los profesores)», de modo que «el uso excesivo puede quedar fácilmente justificado por las demandas académicas, lo que dificulta aún más la identificación de un posible patrón problemático».
El algoritmo del perro de Pavlov
Y el gran problema es que, de base, «el diseño de los algoritmos en redes sociales no es neutro», recuerda esta experta en neuropsicología. Al contrario, «está estrechamente relacionado con el funcionamiento del circuito de recompensa cerebral y se apoya, de forma explícita o implícita, en principios de la psicología del aprendizaje para maximizar el tiempo de uso y la interacción».
Algo así como si el célebre conductista Pavlov hubiese dejado de experimentar con su perro, la comida y la campanilla, y hubiese comenzado a diseñar aplicaciones cargadas de likes, estadísticas de visualización, mensajes privados y notificaciones.
Parece como si el célebre conductista Pavlov hubiese dejado de experimentar con su perro, la comida y la campanilla, y hubiese comenzado a diseñar apps cargadas de likes, estadísticas de visualización y notificaciones.
En esencia, los algoritmos de las redes sociales, y de otras aplicaciones tan comunes como Spotify, Duolingo, EjerciciosEnCasa o YouTube Shorts, operan mediante un bucle constante que se retroalimenta: «Registran las conductas del usuario (qué mira, cuánto tiempo, qué «le gusta»...) y, a partir de esa información, ajustan el contenido que presentan para aumentar la probabilidad de nuevos acceso o interacciones», explica Elena Bernabeu.
Y no es en absoluto aleatorio. Este patrón es prácticamente el mismo que se emplean en los programas de «refuerzo variable» descritos en la psicología conductual, y que son «especialmente potentes para generar hábitos persistentes mediante refuerzos intermitentes, porque no sabemos cuándo llegará la 'recompensa' (un contenido especialmente atractivo, un like, un comentario...), y esa incertidumbre es la que mantiene la conducta».
Sistema dopaminérgico de recompensa
Y aquí, como si los usuarios fuésemos ratas de laboratorio entrenadas para pulsar un botón que nos permite obtener alimento o una sensación de placer, es donde entra en juego «el sistema dopaminérgico de recompensas».
Como explica Bernabeu, «cada notificación, cada señal de aprobación social o cada contenido altamente estimulante puede activar este circuito, asociado a la anticipación de recompensa y al aprendizaje motivacional. La dopamina está implicada en la experiencia de recompensa, está relacionada con el deseo, la motivación y la anticipación de la recompensa».
Es decir, que no sólo, ni siquiera principalmente, genera placer, sino que impulsa a buscar aquello que podría resultar gratificante. «En este sentido, el diseño algorítmico actúa como un amplificador: incrementa la frecuencia y la intensidad de esos estímulos, facilitando que el usuario vuelva una y otra vez», añade.
El impacto en la adolescencia
El matiz, como cantaba Mecano, viene después, o mejor dicho, viene antes, al exponerse a este tipo de estímulos conductistas durante la adolescencia, porque en ese momento del desarrollo «estos procesos cobran una especial relevancia», explica Bernabeu.
«El cerebro en esta etapa presenta una elevada sensibilidad hacia la recompensa y la novedad, mientras que los sistemas encargados del control ejecutivo y la autorregulación (ligados en gran medida a la corteza prefrontal) todavía están en desarrollo. Esta asimetría genera un cierto desequilibrio: una fuerte orientación hacia la gratificación inmediata junto con una menor capacidad para regular el comportamiento con vistas al largo plazo».
En este contexto, la experta no duda en denunciar que el diseño de muchas plataformas digitales «encaja de forma especialmente eficaz con esta vulnerabilidad».
La gratificación inmediata, rápida, frecuente y con un fuerte componente social, «actúa como un potente incentivo que refuerza patrones de uso repetitivo y dificulta habilidades como la espera, la desconexión o la autorregulación», alerta.
Mientras las grandes tecnológicas dicen estudiar cómo implementar filtros de protección a los menores, y los Gobiernos expresan su preocupación o plantean prohibiciones difícilmente aplicables, quienes pagan las facturas y entregan los dispositivos, es decir, las familias, son las que continúan teniendo el verdadero poder –y deber– de proteger a sus hijos.
Y no sólo desde el lamento, sino desde la acción propositiva. Porque, como señalaba en la misma declaración Robert F. Kennedy, «esta advertencia de los daños no es sólo una alerta, sino también una invitación para que todos (adultos, jóvenes, adolescentes y niños) disfrutemos de un mundo más abierto, más allá de los confines de las pantallas».